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“Si Dios quiere, Israel no existirá dentro de veinticinco años. Hasta entonces se sentirá amenazado por nuestro espíritu de lucha, heroísmo y yihad”. El ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de Irán, pronunció estas palabras en 2015. Aunque todavía tiene una década de margen, está lejos de cumplir esa promesa. Desde los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, el riesgo de una escalada entre los dos países es más alto que nunca. Sin embargo, Irán se ha mostrado cauteloso, parapetado detrás de sus aliados regionales: el Eje de la Resistencia. Esa prudencia demuestra que, en el fondo, la prioridad geopolítica de la República Islámica siempre ha sido sobrevivir.
Irán suele presentarse como una excepción regional. El país, de mayoría persa y chií, destaca en una región principalmente árabe y suní. Aunque ese sentimiento de excepcionalidad es importante, no determina tanto la geopolítica de Irán como se puede pensar. Lo hacen mucho más su condición de heredero del Imperio persa y su historia marcada por el intervencionismo. El Irán actual, surgido de la Revolución islámica de 1979, se caracteriza por señalar a Estados Unidos e Israel como sus enemigos principales, pero también por la compleja red de alianzas, enemistades y las competiciones geopolíticas que ha trazado en los últimos años en la región. Acusando grandes debilidades internas, el régimen se sostiene entre su ambición por consolidarse como potencia y su miedo a desaparecer.
Irán: una historia de intervencionismo
Irán deriva de uno de los imperios más poderosos de la historia: el Imperio persa. Este hecho ya no marca su organización política, que es la de la República Islámica, pero sí su visión del exterior y sus aspiraciones geopolíticas. Su ubicación entre el Mediterráneo y Asia oriental, con acceso a mares y estrechos estratégicos, ha contribuido a su rica composición interna. Aunque la mayoría de la población es persa y chií, también existen numerosas minorías étnicas, como los kurdos, turcomanos, azeríes o baluchíes, y religiosas, en especial musulmanes suníes. Irán también ha estado en el foco de potencias como el Imperio otomano, Rusia, el Reino Unido o Estados Unidos, lo que ha llevado a invasiones, enfrentamientos o al intervencionismo en su política interna. Sin ir más lejos, los británicos y soviéticos forzaron la abdicación del sah Reza Pahlaví en favor de su hijo durante la Segunda Guerra Mundial por su apoyo a la causa nazi.
Como en otros países, la riqueza de Irán en hidrocarburos ha sido más una maldición que una ventaja. Es el segundo país con más reservas de gas natural, 34 billones de metros cúbicos, y el tercero en petróleo, con 208.600 millones de barriles. Sin embargo, el crudo fue el principal motivo del intervencionismo que sufrió el país en la época moderna. Los primeros yacimientos se descubrieron en 1908 y pronto los británicos se hicieron con el control de la producción a través de la Compañía Anglopersa del Petróleo. Durante décadas, la mayoría de los beneficios de esta creciente producción terminaron en manos británicas. Esto cambiaría con la llegada al poder del nacionalista Mohamed Mossadeq como primer ministro en 1951.
La primera decisión de Mossadeq fue nacionalizar la producción de petróleo. Esta afrenta contra los intereses británicos, junto a su enemistad con la dinastía gobernante de los Pahlaví y las alianzas que trazó con el Partido Comunista lo pusieron en el punto de mira. En 1953, el MI6 y la CIA orquestaron un golpe de Estado que instauró la larga dictadura de Mohamed Reza Pahlaví, quien sería el último sah de Persia. Un régimen autoritario, marcado por la represión, la falta de libertades y la voluntad del sah de asemejarse a sus socios occidentales. En los años setenta, los clérigos chiíes lograrían capitalizar el descontento de la población y, tras un 1978 plagado de protestas cada vez más masivas, la revolución capitaneada por el ayatolá Ruhollah Jomeini acabó con el régimen del sah e instauró la actual República Islámica en 1979.
Si bien este tipo de intervencionismo sobre Irán ha disminuido con los ayatolás en el poder, las tensiones y enfrentamientos con otros países han seguido siendo una constante. A nivel interno, el régimen iraní siente que debe parapetarse ante las amenazas que plantean Dáesh o grupos secesionistas como los baluchis de las regiones fronterizas con Pakistán. De hecho, Irán sufrió el pasado enero el atentado más mortífero de su historia, un ataque de Dáesh en la ciudad de Kermán que dejó 84 muertos. También mantiene una disputa con Azerbaiyán, que reclama parte del noreste de su territorio, de mayoría azerí. A nivel internacional, Irán identifica como sus grandes enemigos a Estados Unidos e Israel. Para confrontarlos y sobrevivir frente a ellos, busca asegurar sus sistemas defensivos, pero también expandir su influencia y consolidarse como potencia regional. Paradójicamente, ese rechazo a la intervención de otros le ha hecho intervencionista.
El gran Satán: la relación con Estados Unidos
“En esta revolución, el gran Satán es Estados Unidos, que reúne a otros demonios descaradamente”. Cuando se habla de Irán se suele remarcar el excepcionalismo chií y persa como factor definitivo de su política exterior. Y si bien es un elemento importante, pesan mucho más su rechazo a Occidente y al sionismo israelí. Aquellas palabras del ayatolá Jomeini son buena prueba de ello. En 1979, Irán pasó de ser uno de los mayores aliados de Estados Unidos en Oriente Próximo —le permitía un acceso privilegiado a su petróleo, le compraba armas y buscaba asemejarse a él— a señalarlo como su gran antagonista. Washington no sólo había intervenido en Irán y sostenido al sah, sino que el modelo liberal que dice defender es totalmente contrario al integrismo y al conservadurismo promulgado por Jomeini.
Desde entonces, Estados Unidos ha seguido acumulando afrentas. La primera fue el apoyo al régimen de Sadam Huseín en la larga guerra entre Irak e Irán en los años ochenta. Otra fue el derribo del vuelo de pasajeros de Iran Air con un misil. Murieron 290 personas. Aunque se trató de un error, Washington tardó en reconocerlo y obstaculizó la investigación, algo que los iraníes todavía no han perdonado. Con todo, Estados Unidos jugó a dos bandas durante esa etapa: mientras apoyaba a Irak, enviaba armas, algo que no se supo hasta años después. Era una forma de explorar una posible alianza que nunca se materializó.
El siguiente pico de tensión llegó durante la guerra contra el terror a principios de los 2000, en la que Estados Unidos incluyó a Irán en el “eje del mal”. Fueron años de retórica bélica y de bloqueos y sanciones por el programa nuclear iraní. Teherán había empezado a desarrollarlo a finales de los años noventa, durante la recuperación de posguerra. Camuflado de programa civil, pretendía lograr las condiciones para construir el arma atómica, una gran garantía de seguridad y poder geopolítico para el país. Por un lado, Irán reduciría la probabilidad de una guerra con Estados Unidos, otra potencia nuclear. Por otro, se igualaría a Israel, su gran enemigo regional, que sí tiene armas nucleares de forma no oficial. Esto llevó a que Estados Unidos e Europa lanzaran una batería de sanciones, como el bloqueo a la exportación de petróleo o la desconexión del sistema de conexiones interbancarias Swift, dañando gravemente la economía iraní.
En 2015 se abrió una breve distensión con la firma del acuerdo nuclear, por el que Irán se comprometió a abandonar el programa a cambio del levantamiento de las sanciones. Sin embargo, Donald Trump retiró a Estados Unidos en 2018 y recuperó la retórica agresiva. Desde entonces, las relaciones siguen tensas. El mayor pico de tensión de la era Trump llegó en 2020, con el asesinato en Irak del general iraní Qasem Soleimani. Hoy en día la piedra angular de la relación es la ofensiva en la Franja de Gaza. Ambos se reprochan sus respectivos apoyos a Israel y a Hamás, pero coinciden en que no quieren una gran guerra regional. Además, han intentado apaciguar sus tensiones con intentos sucesivos por retomar el acuerdo nuclear, de momento sin éxito. Tras el giro de Trump, Irán desconfía de Estados Unidos, por lo que ha continuado con el programa. Según Washington, Teherán estaría muy cerca de conseguir la bomba atómica.
El pequeño Satán: la relación con Israel
Irán también mantuvo unas relaciones muy fluidas con Israel durante la dictadura del sah. Ahora, sin embargo, aboga por su destrucción. Para la República Islámica, Israel es un error histórico a enmendar. Entiende que el Estado judío ocupa de forma ilegal territorio árabe y musulmán y que, por lo tanto, uno de sus cometidos es hacerlo desparecer. Para ello, Irán ha intentado igualarse en capacidades militares a Israel y, sobre todo, ha patrocinado a actores subsidiarios para proyectar su poder geopolítico y usarlos como escudo ante el Estado judío y Estados Unidos. Esta red, conocida como el “Eje de la Resistencia”, incluye a grupos armados de Líbano, Palestina, Irak, Siria y Yemen, así como al régimen sirio de Bashar al Asad, al que la red apoyó durante la guerra civil siria.
Hezbolá es el actor más importante del grupo. La milicia chií libanesa se fundó en 1982 con el apoyo de Irán frente a la invasión israelí de Líbano. Consiguieron expulsar a los israelíes del territorio en el año 2000, pero las tensiones han continuado: Israel volvió a invadir Líbano en 2006 y los ataques transfronterizos son habituales. Hoy en día Hezbolá controla el sur de Líbano y es uno de los grupos armados más poderosos de Oriente Próximo, en buena medida gracias a la ayuda financiera y armamentística iraní. Desde los ataques del 7 de octubre de 2023, los enfrentamientos con Israel se han disparado y el riesgo de una nueva guerra es más alto que nunca.
Irán también apoya a Hamás, la milicia islamista suní palestina que controla la Franja de Gaza. Esta conexión muestra a la perfección que el antisionismo es mucho más importante que el chiísmo para trazar alianzas. También explica que el riesgo de una guerra entre Irán e Israel se haya disparado. El Gobierno de Benjamín Netanyahu la ha buscado de forma activa, atacando suelo iraní. En abril las fuerzas israelíes bombardearon el consulado iraní en Damasco, asesinando al general Mohamed Zahedi. Irán respondió bombardeando territorio israelí por primera vez, un ataque que Israel logró contener rápido. Y meses después llegó uno de los ataques más graves: el asesinato en Teherán del líder de Hamás, Ismail Haniya.
Hasta ahora, Irán ha mantenido su estrategia de parapetarse en su red proxy. Un grupo que, por otra parte, no siempre obedece sus intereses, sino que tienen agenda propia. Irán ha represaliado los ataques a su consulado y se espera que lo haga con el ataque a su capital, pero en el fondo se ha mostrado cauteloso ante Israel desde el 7 de octubre. Detrás está el interés en mantener la paz regional, pero también una debilidad ante el Estado judío. La República Islámica no se ve tan fuerte como para resistir una guerra a gran escala con Israel. Además, contradiría años de estrategia de política exterior a través de actores subsidiarios. Así, si bien seguirá siendo el principal apoyo de la causa palestina en la región, a Irán le está costando mostrarse como un rival fuerte ante un Israel que se siente impune con el respaldo de Estados Unidos.
Los otros frentes
El papel internacional de Irán va más allá de la enemistad con Estados Unidos e Israel. También mantiene relaciones complejas con el resto de países de la región y otras potencias que en algunos casos han cambiado de forma drástica. Irak es un ejemplo claro. La relación ha pasado de ocho años de guerra con el régimen de Sadam Huseín en los años ochenta a tener al actual Gobierno iraquí, controlado por la mayoría chií del país, como uno de sus principales socios regionales. Los ayatolás iraníes también mantienen una buena relación con Siria, pese a que el régimen de Al Asad sea de ideología panarabista y secular.
Esta red de alianzas que ha tejido Irán le es útil para competir con sus dos grandes enemigos, pero también de cara a otras potencias rivales. Un buen ejemplo es Turquía, con el que mantiene una tensión histórica: los imperios persa y otomano chocaron muchas veces en el pasado. Sin embargo, sus herederos se han limitado a competir de forma menos agresiva. Aunque se hayan enfrentado en escenarios como Siria, comparten causas como la lucha contra Dáesh y, especialmente, la cuestión del Kurdistán. Los dos países tienen amplias minorías kurdas que reclaman mayor autonomía o un Estado independiente. Por otro lado, el afán expansionista de Irán también le ha llevado a romper relaciones con países como Baréin, que les acusó de influir en su política interna, o a tener disputas con Emiratos Árabes Unidos. Por el contrario, mantiene una relación fluida con Catar, otro actor clave en la geopolítica regional.
La influencia de Irán también la ha enfrentado con Arabia Saudí. Mientras que Riad se ha posicionado como líder del mundo suní, Teherán lo ha hecho con el chií. En 2011, Irán se convirtió en el principal apoyo de los hutíes, la minoría chií que habita el oeste de Yemen y que lanzó una guerra civil contra el régimen de Alí Abdalá Salé, apoyado por Riad. Los dos países llegaron a romper relaciones, escenificando una de las mayores competiciones geopolíticas entre potencias regionales. En ello también influía la buena relación de los saudíes con Estados Unidos, especialmente en la venta de petróleo y la compra de armas. Sin embargo, iraníes y saudíes caminan hacia la distensión: volvieron a normalizar relaciones en 2023. Pero los hutíes siguen en el Eje de la Resistencia. De hecho, sabotearon el comercio internacional atacando el estrecho de Bab al Mandeb en respuesta a los ataques de Israel sobre Gaza en 2023.
La distensión con Arabia Saudí muestra que Irán también se guía por la gran característica de las relaciones internacionales actuales: el pragmatismo. Siempre con la idea de sobrevivir, el único objetivo irrenunciable de la República Islámica es la enemistad con Estados Unidos e Israel, con los que sólo va a aceptar reducir la tensión. El resto de competiciones se pueden adaptar según el contexto. Esto también resulta evidente en los acuerdos con Rusia. Irán se ha convertido en uno de los principales proveedores de armamento al régimen de Vladímir Putin durante la guerra de Ucrania, especialmente con drones. Sin embargo, esto no significa que sean un bloque unido con Rusia, con la que mantiene una relación clásica de desconfianza. Como muchos otros países, Irán se servirá de estas alianzas puntuales si las considera provechosas.
La debilidad interna del régimen
El afán de Irán por sobrevivir no se entiende sin su debilidad interna. Esa percepción viene por las décadas marcadas por el intervencionismo y la retórica agresiva de países como Estados Unidos. El sentimiento de excepcionalidad en la región, unido al hecho de ser enemigo del país más poderoso del mundo, ha favorecido que el régimen iraní se refuerce, buscando la continuidad de su modelo. Sin embargo, en la actualidad esa obsesión por la supervivencia también está marcada por sus debilidades internas. La República Islámica ya no es un régimen tan joven y se le empiezan a notar las costuras.
El principal reto a futuro del régimen de los ayatolás es la sucesión del líder supremo. Alí Jamenei tiene 86 años, pero aún no ha designado a un sucesor claro. Los dos principales candidatos eran su hijo, Mojtaba Jamenei, un perfil nada apreciado por la población por la vinculación con su padre, y el presidente Ebrahim Raisí, uno de los perfiles que más sonaba. Sin embargo, Raisí falleció a mediados de 2024 en un accidente de helicóptero, lo que forzó a celebrar unas elecciones muy controladas por el régimen. El ganador, el reformista Masoud Pezeshkian, es un civil que no puede proyectarse como sucesor. Así, es probable que la muerte de Jamenei abra una lucha interna de facciones que debilitará al régimen y en la que la Guardia Revolucionaria, el cuerpo militar encargado de defender la Revolución, puede tener un papel central.
El otro gran reto que amenaza la continuidad de la República Islámica es el descontento. En 2022, la muerte de la joven Jina Mahsa Amini tras ser detenida por no llevar bien puesto el velo islámico desató la mayor oleada de protestas desde 1979. Las manifestaciones aunaron las reivindicaciones feministas contra las imposiciones de la moral islámica con la denuncia a la represión y falta de libertades impuestas por el régimen de Jamenei. Aunque las manifestaciones fueron reprimidas y silenciadas, simbolizan una creciente oposición a las políticas de los ayatolás que podría desestabilizar a medio-largo plazo. Imaginar el fin de la dictadura del sah fue impensable durante décadas, pero cayó de forma abrupta. Lo mismo podría pasar con los ayatolás, aunque, de la misma manera, el régimen sucesor no tiene por qué ser más democrático.
Ante la incertidumbre del futuro, Irán seguirá apostando por fortalecerse frente a las amenazas del exterior. Pero lo hará con cautela. Lo evidencian el cambio de rumbo frente a Arabia Saudí, la llegada de un reformista a la presidencia y, sobre todo, la reticencia a responder a las provocaciones de Israel. En ese equilibrio entre asentarse como potencia y evitar verse involucrado en grandes conflictos, Irán se arriesga a exponer todas sus debilidades.







