A pesar de celebrar elecciones legislativas y presidenciales de forma regular, la República Islámica de Irán está muy lejos de poder ser considerada como algo cercano a una democracia de mínimos. Y no solo se trata de las violaciones constantes de los derechos humanos y la persecución sistemática de opositores y críticos, sino también por la propia arquitectura de la República. Todo el entramado institucional surgido de la revolución de 1979, incluidas las elecciones, está construido para legitimar al régimen y frenar cualquier tipo de alternativa real. Y aunque existe cierto equilibrio de poder entre las distintas fuerzas políticas del país, la figura de líder supremo destaca por su potestad y por amasar enormes privilegios.
Oficialmente denominado “autoridad suprema de liderazgo”, el líder supremo ejerce como jefe de Estado, jefe de las Fuerzas Armadas y máxima autoridad política y religiosa. De acuerdo con la Constitución, es un cargo vitalicio que siempre ocupa un ayatolá, un experto en la jurisprudencia del islam chií. En la actualidad el puesto lo ostenta Alí Jamenei, que sucedió a Ruhollah Jomeini, líder de la Revolución iraní de 1979.
El líder supremo es elegido por la Asamblea de Expertos, un cuerpo de 88 clérigos renovado cada ocho años por los iraníes. Sin embargo, históricamente los designios del líder supremo han primado sobre la independencia de la Asamblea, y la designación de Jamenei es prueba de ello. Cuando Jomeini lo nombró como su sucesor, llegaron a cambiar la Constitución y ascenderlo a ayatolá para que pudiera acceder al puesto. La Asamblea de Expertos simplemente dio su aprobación.
Las otras dos instituciones que se eligen mediante procesos electorales son la presidencia —el jefe del Ejecutivo que se elige en elecciones presidenciales cada cuatro años— y el Parlamento. Conformado por 290 diputados, cinco reservados para las minorías religiosas de Irán, el Poder Legislativo también se renueva cada cuatro años y es el encargado de seleccionar a los 22 miembros del gabinete de Gobierno del Ejecutivo, es decir, los ministros.
Aunque las elecciones para ambos organismos suelen ser bastante limpias y hay cierta pluralidad de fuerzas y partidos, se aplica un filtro previo a los candidatos a diputado o presidente. Por ejemplo, nunca se permite que se presenten candidatos abiertamente contrarios al régimen o a los preceptos islámicos y en los últimos años las corrientes más reformistas no han obtenido el visto bueno del régimen.
El presidente actual es el reformista Masoud Pezeshkian. Fue elegido en las elecciones anticipadas de junio de 2024 convocadas tras la muerte del anterior presidente Ebrahim Raisi en un accidente de helicóptero en el que también falleció el ministro de Asuntos Exteriores. Raisi era uno de los candidatos que más sonaban para suceder a Alí Jamenei como Líder Supremo, por lo que su fallecimiento complicó la cuestión sucesoria que hoy sigue abierta.
El órgano encargado de preseleccionar a los candidatos es el Consejo de Guardianes, una de las instituciones más poderosas del país. También ejerce de Tribunal Constitucional, con la capacidad de vetar leyes, políticas o medidas si no las consideran en línea con la Constitución. Lo conforman doce expertos juristas: seis los elige de forma directa el líder supremo y otros seis el líder del Poder Judicial —designado también por el líder supremo— previa aprobación por parte del Parlamento.
El poder de control del Consejo de Guardianes de Irán genera tensiones con el Parlamento, que ve reducida su capacidad de acción. Para mediar en las disputas que puedan surgir entre ambos está el Consejo de Conveniencia, cuyos 36 miembros son designados también por el líder supremo.







