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El ataque de Irán a Israel el pasado 13 de abril ha encendido las alarmas sobre una posible guerra regional en Oriente Próximo. Teherán atacó por primera vez territorio israelí después de que Tel Aviv bombardeara el consulado iraní en Damasco y asesinara a siete personas, incluidos tres altos mandos militares. El anuncio de una respuesta del Gobierno israelí ha provocado la reacción de las principales potencias internacionales. Estados Unidos ha advertido que no participará en un contraataque y ha pedido contención al primer ministro Benjamín Netanyahu. Rusia y China se han unido a Washington llamando a la moderación.
El inédito consenso entre las tres potencias refleja una realidad clara: a ninguna le interesa una nueva guerra regional en Oriente Próximo. A todos les preocupan las implicaciones económicas y de seguridad que tendría un conflicto directo entre Irán e Israel. Sin embargo, detrás de esas inquietudes se esconden motivaciones individuales. Para Washington, Pekín y Moscú, la escalada de tensión en la región desafía ante todo sus propios planes geopolíticos. Esas reticencias hacen menos probable a priori que la guerra estalle.
Estados Unidos quiere salir de Oriente Próximo
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