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“Nuestro compromiso con la seguridad de Israel es férreo”, sostuvo el 10 de abril el presidente estadounidense Joe Biden ante los indicios de que Irán y sus aliados preparaban un ataque “inminente”. Ese ataque llegó en la noche del 13 al 14, en forma de cientos de drones y misiles. El ayatolá Alí Jamenei había afirmado que “Israel debe ser y será castigado” después del bombardeo del pasado 1 de abril contra la Embajada iraní en Damasco.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, lleva varios meses buscando una guerra contra Irán y sus aliados regionales, pero ahora ha ido más allá. El ataque de la semana pasada golpeó una instalación protegida por el derecho internacional y mató a tres comandantes de la Guardia Revolucionaria Islámica. Esta provocación pretende forzar una respuesta de Irán, como finalmente ha ocurrido.
Abriendo ese nuevo frente, Israel busca alejar la atención pública de la Franja de Gaza después de las críticas internacionales por la muerte de siete cooperantes de la ONG World Central Kitchen, que han estropeado la relación incluso con Estados Unidos. El Ejército israelí parece estar retirándose de Gaza, lo que permitirá negociar la liberación de los rehenes con Hamás, calmando así las protestas en Israel, cada vez más graves. Con este giro hacia una guerra regional, Netanyahu busca recuperar al mismo tiempo el apoyo internacional e interno. Irán es consciente de esta estratagema, pero no puede ignorar la provocación.
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