En el barrio de Parque Avellaneda de Buenos Aires, entre las avenidas Santiago de Compostela y Asturias, se encuentra el Estadio Nueva España. Es la sede de un equipo de fútbol único en Argentina: el Club Deportivo Español. Fundado el 12 de octubre de 1956, el Deportivo Español fue creado para agrupar bajo una misma camiseta a la comunidad española que había emigrado al país sudamericano.
Siete décadas después, a miles de kilómetros de distancia, un nuevo club irrumpe con la lógica inversa. En Alcalá de Henares, en la Comunidad de Madrid, este modesto equipo de fútbol regional concentra a decenas de aficionados en sus gradas. Su nombre es el Club Argentino de Fútbol, y su camiseta ―celeste y blanca― no deja lugar a dudas: representa a la creciente comunidad argentina en España.
Los casos de ambos clubes reflejan la conexión que mantienen españoles y argentinos con el fútbol. Pero el balompié, a su vez, revela los profundos vínculos entre ambos países. Desde Maradona hasta Messi, pasando por Di Stéfano, Kempes, Menotti, Bilardo o Simeone, España ha acogido a las grandes figuras del fútbol argentino. Del mismo modo, Argentina recibió a las grandes estrellas del fútbol español durante la Guerra Civil. Uno de ellos, Isidro Lángara, se convertiría en el ídolo de San Lorenzo de Almagro.
A lo largo de las décadas, el balón ha ilustrado la cercanía entre ambos países. Pese a su rivalidad sobre el césped, ahora plasmada en la final del Mundial, España y Argentina son dos aliados más allá del terreno de juego. A ambos les une mucho más que la pasión por el balón: una historia definida por los lazos culturales, los flujos migratorios y las reclamaciones territoriales contra el Reino Unido.
España y Argentina: una relación forjada por la migración
El principal punto de conexión entre España y Argentina es la migración. Argentina concentra la mayor comunidad española en el extranjero, y España, a su vez, alberga la diáspora argentina más numerosa del mundo. Hoy en día, 543.971 personas de nacionalidad española habitan en territorio argentino, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). La mayoría son hijos y nietos de españoles que nunca regresaron. De hecho, Argentina es el país que más peticiones ha registrado para obtener la nacionalidad española desde que, en 2022, entrara en vigor la Ley de Memoria Democrática en España, que permite solicitar la nacionalidad a los descendientes de padres y abuelos de origen español.
En España, la población nacida en Argentina se ha cuadruplicado en poco más de dos décadas, pasando de 111.705 personas en 2002 a 450.883 en 2025. Sin embargo, el origen de este crecimiento es distinto al de la comunidad española en Argentina, la cual se explica sobre todo por la ascendencia familiar. En este caso, responde a la creciente llegada de inmigrantes argentinos en los últimos años, principalmente a Barcelona. La Ciudad Condal es el municipio de España que más argentinos acoge, con 48.258. Buena parte de ellos cuenta con pasaporte italiano, el país de donde llegaron más inmigrantes a Argentina hace un siglo.
LA DISTRIBUCIÓN DE LOS ARGENTINOS EN ESPAÑA
Residentes nacidos en Argentina por municipio (2025)
Nacidos en Argentina que residen en España por municipio
(2025)


Este intercambio refleja la evolución de los flujos migratorios entre España y Argentina. Entre 1880 y 1930, en la primera gran oleada migratoria, más de dos millones de españoles desembarcaron en territorio argentino. La mayoría provenían del norte de España, principalmente de Galicia, Asturias y País Vasco. Fruto de esa herencia, “gallego” se convirtió en un término habitual en Argentina para referirse a los españoles. Durante este período, la inmigración española hacia Argentina respondió a la complicada situación interna que vivía España. En el norte, la tierra estaba fragmentada en pequeñas parcelas que resultaban insuficientes para sostener a las familias campesinas. Al mismo tiempo, la lenta y tardía industrialización resultaba insuficiente para absorber la mano de obra procedente de las zonas rurales.
Por el contrario, Argentina experimentaba uno de los mayores crecimientos económicos a nivel global con la implantación del modelo agroexportador a partir de 1880. El país se convirtió en el granero del mundo gracias a la exportación de alimentos baratos y materias primas al Reino Unido, que a cambio enviaba manufacturas y capital. Las inversiones británicas facilitaron el desarrollo del ferrocarril y la modernización del Estado argentino. Entretanto, la Campaña del Desierto liderada por el presidente Julio Argentino Roca incorporó al territorio argentino millones de hectáreas de manos indígenas en la Pampa y la Patagonia. El aumento de superficie cultivable y la necesidad de mano de obra favorecieron la llegada de millones de personas de Europa, especialmente de Italia y de España.
La segunda gran ola migratoria se produjo tras la guerra civil española. Pese a que acogía la mayor comunidad española en América Latina, el Estado argentino apenas acogió 2.500 exiliados españoles, mucho menos que los 20.000 refugiados que llegaron a México al finalizar el conflicto. El Gobierno argentino, encabezado por Roberto Marcelino Ortiz, se mantuvo neutral respecto a la guerra, en contraste con el presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, que apoyó la causa republicana. Sin embargo, Argentina se convertiría en uno de los principales destinos para los españoles durante la posguerra. Entre 1946 y 1956, más de 200.000 españoles emigraron hacia Argentina huyendo de la miseria. Como resultado, en 1960, el censo argentino registraba 715.685 residentes españoles, el 27,5% de su población extranjera.
Esta tendencia se ha invertido en las últimas décadas. Los argentinos comenzaron a emigrar a España con el comienzo de la dictadura militar en 1976. Sin embargo, la inmigración argentina se ha disparado a raíz de la crisis económica que ha sufrido Argentina en las últimas dos décadas. El primer ciclo migratorio se desarrolló durante el corralito, iniciado en 2001, que buscaba evitar la fuga masiva de depósitos de Argentina. El estallido de la crisis financiera, entre 2008 y 2014, ralentizó la llegada de inmigrantes argentinos a España. Sin embargo, el gran repunte llegó a raíz de la pandemia de la covid-19, coincidiendo con un gran aumento de la inflación, la pérdida de poder adquisitivo y los controles cambiarios.
LA EVOLUCIÓN DE LA DIÁSPORA ARGENTINA
Residentes en España nacidos en Argentina
La evolución de la diáspora argentina en España
Residentes nacidos en Argentina


Una historia y una identidad compartidas
La relación entre España y Argentina también viene marcada por sus vínculos históricos. El territorio argentino formó parte del Imperio español desde el siglo XVI, primero bajo el Virreinato del Perú y, desde 1776, como el Virreinato del Río de la Plata, con capital en Buenos Aires. El periodo colonial propició la difusión de la lengua española, la religión católica, el sistema judicial y administrativo, el diseño urbano y las jerarquías sociales. Las capas más altas de la sociedad quedaron integradas por criollos, descendientes de españoles nacidos en América. De hecho, el principal líder de la independencia argentina, José de San Martín, tenía padres españoles, e incluso participó en la batalla de Bailén contra el ejército napoleónico antes de unirse a la causa independentista.
La independencia argentina en 1816 supuso una ruptura política con España, pero no alteró los lazos culturales entre ambos países. Desde entonces, ese pasado compartido ha definido las relaciones entre los dos Estados. Con la caída del imperio colonial en América, España impulsó la idea de la hispanidad. Ese concepto, popularizado por el obispo Zacarías de Vizcarra y Ramiro de Maeztu, apelaba a la identidad compartida entre España y las naciones hispanoamericanas, basada en el idioma español y en la religión católica. Al mismo tiempo, Argentina cimentó su identidad nacional en “lo hispano”, en contraposición a “lo anglosajón”, en un intento de contrarrestar la influencia británica en el país y el expansionismo de Estados Unidos en América.
Los vínculos políticos y culturales, que se potenciaron con el aumento de la inmigración española en Argentina, se tradujeron en un apoyo diplomático entre ambos países. Prueba de ello fue la ayuda que brindó Argentina a la España franquista durante los dos primeros mandatos del presidente argentino, Juan Domingo Perón, entre 1946 y 1952. En contra de las recomendaciones de Naciones Unidas, Argentina fue el único país de la ONU que no retiró su representación diplomática de España en 1946. De hecho, Perón elevó la legación argentina en Madrid al rango de embajada. De igual manera, ambos Gobiernos firmaron un convenio bilateral que permitió a España importar toneladas de alimentos en el momento de mayor aislamiento de la autarquía franquista. A cambio, exportaba los materiales que demandaba la industria argentina, y Franco fomentó la migración de trabajadores españoles hacia Argentina.
Para rubricar esa relación, la primera dama argentina, Eva Perón, viajó en 1947 a España, en la única visita de una figura de Estado internacional durante el boicot de Naciones Unidas a la dictadura franquista. Al año siguiente, España y Argentina suscribieron el protocolo Franco-Perón, que pretendía reducir el impacto negativo que tuvo la exclusión española del Plan Marshall. Pese a que las relaciones se deterioraron, Franco le devolvería el favor a Perón y lo acogería en España durante su exilio, debido al golpe de Estado que había forzado la caída de su Gobierno y que trajo consigo la proscripción del peronismo en Argentina. Lo mismo le sucedería a Isabel Perón, su tercera esposa, quien le sucedió en la presidencia tras su muerte en 1973 y quien terminaría residiendo en Madrid tras el inicio de la dictadura militar argentina en 1976.
Precisamente, España y Argentina vivirían dos transiciones democráticas casi simultáneas entre finales de los años setenta y principios de los ochenta. La restauración de la democracia en Argentina en 1983 coincidió con la consolidación del sistema democrático en España bajo el primer Gobierno de Felipe González. Sin embargo, los modelos de transición que llevaron a cabo fueron diferentes. El caso español se caracterizó por una transición pactada desde las propias élites del régimen franquista, que coordinaron su reforma desde dentro. En cambio, la transición argentina representó una ruptura con la dictadura militar anterior, impulsando el Juicio a las Juntas que condenaría a los máximos responsables del régimen.
En cualquier caso, estos procesos de democratización abrieron una nueva etapa de acercamiento entre ambos países. Con González al mando, España buscaba reconstruir su imagen de puente entre Europa y América Latina. El resultado de esta estrategia fue la creación en 1991 de las Cumbres Iberoamericanas, una cita que reúne a los jefes de Estado y de Gobierno de diecinueve países de América Latina y de los tres de la península ibérica: España, Portugal y Andorra. Entretanto, la llegada de Carlos Menem al poder en Argentina propició una ola de privatizaciones y de inversión masiva de empresas españolas en Argentina, como Telefónica, Banco Santander, BBVA o Repsol, que se hizo con la propiedad de la petrolera estatal YPF. De esta manera, España se convirtió en el país europeo con mayor inversión extranjera en Argentina.
Gibraltar y Malvinas: dos reclamaciones contra un mismo Estado
Con todo, uno de los principales puntos de encuentro entre España y Argentina son sus reivindicaciones territoriales en Gibraltar y las islas Malvinas. Ambos enclaves están bajo soberanía del Reino Unido con el estatus político de territorios británicos de ultramar y forman parte de la lista de territorios no autónomos pendientes de descolonización de Naciones Unidas. Sin embargo, sus disputas se remontan al siglo XVIII.
Gibraltar pasó a formar parte de los dominios británicos con la firma del Tratado de Utrecht de 1713, que ponía fin a la guerra de Sucesión española, y que cedía al Reino Unido el control de la ciudad, el puerto y el castillo de Gibraltar. Hoy en día, España considera que Gibraltar es una colonia británica dentro de su territorio. Además, sostiene que el Tratado de Utrecht no le otorgaba a los británicos jurisdicción sobre el istmo, que fue ocupado unilateralmente por Londres y que hoy alberga el aeropuerto de Gibraltar.

En cuanto a las Malvinas, el Reino Unido —junto a Francia— fundó su primer asentamiento en el archipiélago en Puerto Egmont en 1766. España protestó, ya que consideraba que las islas pertenecían a sus posesiones coloniales en América. La presión española llevó a Francia a abandonar su enclave, pero los británicos fueron expulsados a la fuerza por los españoles en 1770, lo que estuvo a punto de desencadenar una guerra hispano-británica. El Reino Unido recuperó su asentamiento al año siguiente, pero lo abandonó en 1774 por razones económicas, aunque sin renunciar a su soberanía.
De esta manera, España administró las Malvinas hasta 1811, cuando las autoridades abandonaron las islas tras iniciarse el proceso de independencia del Virreinato del Río de la Plata. Desde entonces, Argentina se considera heredera de los derechos españoles sobre el archipiélago, siguiendo el principio uti possidetis iuris. De hecho, durante la década de 1820, el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata tomó posesión formal de las islas y nombró a Luis Vernet comandante político y militar de las Malvinas.
Sin embargo, en 1833, dos buques de guerra británicos desalojaron por la fuerza a la guarnición argentina e instauraron su propia administración. De ahí en adelante, el Reino Unido ha ejercido el control efectivo de lo que denominan las Falkland Islands. Al igual que en Gibraltar, Londres defiende que es la población local —menos de 4.000 personas, de origen británico en su mayoría— la que debe decidir su estatus político. De hecho, en 2013, el Gobierno británico respaldó el referéndum convocado por las autoridades locales, en el que el 98,8% de los isleños votaron a favor de permanecer como territorio británico de ultramar. Sin embargo, ni Argentina ni Naciones Unidas reconocieron la votación. Por el contrario, Argentina sostiene que la ocupación británica viola su integridad territorial.

Los conflictos de Gibraltar y las Malvinas han unido a España y a Argentina frente al colonialismo británico. En 1965, el régimen franquista votó a favor de la resolución 2065 de la Asamblea General de Naciones Unidas, que reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre el Reino Unido y Argentina sobre las islas Malvinas. Por entonces, España buscaba plantear el contencioso de Gibraltar ante la ONU como un conflicto de descolonización pendiente de resolver, lo que le llevó a aplicar la misma lógica jurídica para el caso de Malvinas. Al mismo tiempo, Argentina ha apoyado de forma recíproca las reclamaciones españolas sobre Gibraltar, invocando el principio de integridad territorial de los Estados.
Pese a ello, con el paso del tiempo, el Gobierno español ha mantenido una postura ambigua en torno a la disputa por las Malvinas. España respalda las negociaciones entre Argentina y el Reino Unido para encontrar una solución pacífica y definitiva al conflicto de soberanía sobre las islas. Sin embargo, ha evitado pronunciarse a favor de las reclamaciones territoriales del Estado argentino para no perjudicar sus propios intereses estratégicos.
El ejemplo más paradigmático fue la postura que adoptó España durante la guerra de las Malvinas en 1982. El entonces presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, adoptó una posición de neutralidad, refiriéndose al conflicto de las Malvinas como algo “distinto y distante” al contencioso de Gibraltar. Por entonces, España estaba a punto de ingresar en la OTAN y no quería perjudicar sus aspiraciones de entrar en la Comunidad Económica Europea ante un veto del Reino Unido. Sin embargo, España también optó por no procesar a los comandos argentinos detenidos en el marco de la operación Algeciras, un plan encubierto de la Armada argentina para hundir un buque de guerra británico en la base naval de Gibraltar.
Dos países condenados a entenderse
No obstante, las relaciones entre España y Argentina se han visto enturbiadas por algunos episodios de conflicto. Durante la era Kirchner en Argentina, los vínculos bilaterales estuvieron marcados por las tensiones diplomáticas. El primero se produjo en 2010, cuando la jueza María Romilda Servini de Cubría abrió un caso para investigar los crímenes del franquismo en Argentina. Para ello, aplicó el principio de jurisdicción universal que ya había usado el juez español, Baltasar Garzón, contra los militares de la dictadura argentina en España. El Gobierno español, presidido por Mariano Rajoy, manifestó que los crímenes juzgados ya prescribieron en España y que estaban amparados por la Ley de Amnistía de 1977.
Sin embargo, el principal punto de fricción fue la decisión de la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, de expropiar YPF, la filial argentina de Repsol, en 2012. La decisión llevó al Ejecutivo español a retirar a su embajador en Buenos Aires, a lo que la mandataria respondió no asistiendo a la Cumbre Iberoamericana celebrada en Cádiz meses después. Tras dos años de tensiones, España y Argentina resolvieron sus disputas con un acuerdo de compensación económica entre Repsol y el Estado argentino.
En los últimos años, los choques entre ambos países se han intensificado con el ascenso al poder de Javier Milei en 2023. El presidente argentino desató una crisis diplomática con España en 2024 después de que, durante un acto de Vox en Madrid, calificara de “corrupta” a Begoña Gómez, la mujer del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. La respuesta del Gobierno español fue retirar de nuevo a su embajadora y exigir una disculpa pública al líder libertario, que nunca se materializó.
Aunque España nombró un nuevo embajador en Argentina, las diferencias políticas e ideológicas siguen siendo profundas, también en el ámbito internacional. Los desacuerdos más evidentes han sido las posiciones de España y Argentina en torno al conflicto entre Israel y Palestina y a la relación con Estados Unidos. Mientras que Milei se ha posicionado como uno de los principales aliados del Estado israelí y de Donald Trump, Sánchez se ha convertido en el líder de la Unión Europea que ha condenado con mayor firmeza el genocidio israelí en Gaza. Asimismo, ha rechazado aumentar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB anual y le negó a Washington el uso de las bases militares en Morón y Rota para atacar a Irán.
Sin embargo, la sintonía entre España y Argentina es inevitable pese a estas fricciones entre sus Gobiernos. Los flujos migratorios de antes o de ahora, los lazos culturales a ambos lados del Atlántico, los paralelismos históricos con dictaduras o reclamos territoriales y los intereses comunes convierten a Madrid y Buenos Aires en dos aliados inseparables. Por eso, más allá de la final del Mundial, ni España ni Argentina podrán trasladar su rivalidad fuera del campo. Ambos países están condenados a entenderse.