Se denomina Imperio español a un conjunto de territorios europeos, americanos, asiáticos, africanos y oceánicos que estuvieron bajo dominio de la Corona española y sus respectivas dinastías entre los siglos XVI y XIX. Su momento de máximo esplendor llegó de la mano de Felipe II y la unión dinástica con Portugal, un periodo comprendido entre los años 1580 y 1640 en la que todas las posesiones de ultramar portuguesas y españolas quedaron bajo control de los Habsburgo.
La construcción del Imperio español se inició en 1469 con el matrimonio entre la reina Isabel I de Castilla y el rey Fernando II de Aragón, conocidos como los Reyes Católicos, que decidieron iniciar una política expansionista evangelizadora tras la unificación de sus territorios. En ella se incluyen tanto la conquista del reino nazarí de Granada en 1492, el último enclave musulmán de la península ibérica, y la anexión del reino de Navarra en 1512 como los avances en el extranjero que acabaron dando lugar al imperio más poderoso del momento.
En concreto, los Reyes Católicos se hicieron con el control de algunos puntos en el norte de África y las Islas Canarias al sur y varios territorios europeos disputados con Francia como el reino de Nápoles. El punto de inflexión del mapa del Imperio español fue, sin embargo, el descubrimiento de América en 1492 por parte de Cristóbal Colón, un navegante genovés que convenció a los reyes para que financiaran su expedición para encontrar una ruta más corta hacia las Islas Molucas, el centro comercial de las especias, en la actual Indonesia.
Sin quererlo, Colón se encontró con un nuevo continente y transformó radicalmente el mapamundi de un día para otro. El Imperio español no tardó en colonizar vastas extensiones del nuevo territorio y a comienzos del siglo XVI, ya con Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico —nieto de los Reyes Católicos— en el trono, la derrota de los imperios azteca e inca posibilitó la ampliación del dominio español desde la actual California hasta el río Biobío en Chile.
Las nuevas adquisiciones territoriales americanas quedaron integradas en el mapa del Imperio español a través de la creación de los virreinatos de la Nueva España en 1535 en América del Norte y del Perú en 1542 en América del sur.
La figura de los virreyes, responsables de administrar y gobernar los territorios de ultramar en representación de la Monarquía española, fue clave en la colonización de América ante la enorme acumulación de territorios y la imposibilidad de establecer una gestión centralizada. Así, los virreinatos no eran considerados colonias, sino provincias del Imperio con los mismos derechos que el resto de provincias peninsulares.
Junto con América, Felipe II —hijo de Carlos V— también se expandió por Asia y el Pacífico con la conquista de Filipinas. Asimismo, y aunque en un primer momento el Tratado de Tordesillas dividió el Atlántico entre las coronas de Castilla y Portugal en 1494, la Unión Ibérica de 1580 entregó la soberanía de los territorios portugueses de ultramar —entre los que figuraban Brasil y numerosos enclaves en África y Asia— a los monarcas españoles de los Habsburgo. Ese fue precisamente el momento de máximo apogeo del mapa del Imperio español, bautizado como “la primera globalización”.
A pesar de ello, la derrota de la Armada Invencible en 1588 en los mares de Inglaterra evidenció la creciente debilidad económica y militar de la monarquía española, especialmente a partir del siglo XVII, cuando las continuas guerras en Europa contra los ingleses, Francia o los Países Bajos drenaron los recursos financieros y humanos del mapa del Imperio español. A ello se suma la excesiva dependencia de la plata americana, que desincentivó la diversificación de la economía española y debilitó en última instancia la capacidad de la Corona para mantener su dominio global.
Al mismo tiempo, las tensiones internas entre las provincias peninsulares y los territorios de ultramar fueron aumentando, imposibilitando con el paso de los años la gestión y el control de un dominio tan extenso. Así, el Imperio español comenzó a desmoronarse a principios del siglo XIX, cuando la mayoría de las colonias americanas se independizó aprovechando la Guerra de Independencia Española con la Francia napoleónica (1808-1814) y la fragilidad que atravesó la metrópoli tras la contienda. Finalmente, las pérdidas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898 marcaron el final definitivo del Imperio español como potencia global.







