El primer mapa de América: la reliquia cartográfica de España que estuvo desaparecida más de tres siglos

En 1500, Juan de la Cosa cartografió por primera vez el continente. Su obra se convertiría en el mapa más importante del patrimonio histórico español
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Mapa de Juan de la Cosa

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En un tercio de siglo, el mundo conocido por los europeos creció más que en el cualquier otro momento de la historia. Los portugueses doblaron el extremo sur de África, el cabo de Buena Esperanza, buscando la tierra de las especias en 1488; Cristóbal Colón llegó a América en 1492 cuando se dirigía a las Indias Orientales; y la expedición iniciada por Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano completó la primera vuelta al mundo en 1522.

Entre medias, un navegante y cartógrafo cántabro recibió el encargo de mapear el Nuevo Mundo para dar cuenta de los últimos descubrimientos a los Reyes Católicos. Así fue como la carta de Juan de la Cosa —el nombre con el que pasaría a la historia— se convirtió en el año 1500 en la primera representación cartográfica de América y a la postre en el mapa más importante del patrimonio histórico español.

El obispo Juan Rodríguez de Fonseca, responsable de las expediciones al Nuevo Mundo, eligió a De la Cosa para recopilar los hallazgos producidos entre 1492 y 1500 por estar «más familiarizado con las regiones de América que con las estancias de su casa» —viajó siete veces al continente y acompañó a Colón en al menos dos de sus travesías—. En este sentido, uno de los puntos más llamativos del mapa es su grado de actualización: refleja la llegada de Vasco da Gama a la India en 1499 y la de Yáñez Pinzón a Brasil en el mismo 1500.

 

Carta náutica de Juan de la Cosa

 

La carta de Juan de la Cosa es la joya de la corona de la exposición del Museo Naval de Madrid, mide 93 centímetros de alto por 183 de ancho y está realizado en pergamino de piel de ternera. Para destacar el Nuevo Mundo el mapa emplea dos escalas: una normal para el mundo antiguo o conocido y otra más exagerada para América y el Caribe. A pesar de ello, hicieron falta varios años más para que los colonizadores europeos comenzaran a darse cuenta de que estaban ante un continente desconocido y no una extensión de Asia.

Aunque la carta náutica distorsiona las distancias y las latitudes del Nuevo Mundo, sorprende su nivel de detalle en el trazado del continente africano —obra de los portugueses, lo que demuestra el fluido intercambio de información con la Corona de Castilla— y su riqueza de topónimos —contiene hasta 1.485 nombres—. Pero por lo que más destaca la obra de Juan de la Cosa es por su decoración: el mapa no escatima en colores e ilustraciones de inspiración bíblica y legendaria, accidentes geográficos, monumentos o monarcas.

«No es un mapa para navegar, sino para contemplar, y cuenta con toda esa información de última hora que no era accesible más que para los estratos altos de la sociedad», afirma José María Moreno, jefe del Área de Investigación del Museo Naval. A pesar de su incalculable valor geopolítico, a la carta de Juan de la Cosa se le pierde la pista a partir de 1511.

Tres siglos en paradero desconocido

No sería hasta 1853 cuando se volvería a tener noticias de la pieza, concretamente cuando el Barón de Walckenaer, un entomólogo francés, consigue hacerse con ella en una subasta en París. Su paradero durante los tres siglos anteriores aún es incierto, aunque Moreno apunta a «las guerras napoleónicas» del siglo XVIII como explicación de su salto a Francia.

Primer mapa de América
José María Moreno, jefe del Área de Investigación y responsable de las Colecciones de Cartografía e Instrumentos Científicos del Museo Naval, frente al mapa de Juan de la Cosa

El Barón de Walckenaer había atesorado una gran biblioteca y se movía en un círculo de eruditos que se reunían en su casa para comentar sus obras. Así fue como Alexander von Humbolt, un científico prusiano, volvió a identificar y reproducir la carta de Juan de la Cosa más de 300 años después.

Pero fue un intelectual coruñés, Ramón de la Sagra, el que dio aviso a la reina española en ese momento, Isabel II, para que pujara por la carta cuando la colección de Walckenaer salió a subasta tras su muerte en 1853. La oferta del Ministerio de Marina español, 4.321 francos, superó las de la Biblioteca Nacional de Francia y el Museo Británico y el mapa de Juan de la Cosa volvió a España.

Desde su llegada al Museo Naval, la pieza solo ha vuelto a abandonar su emplazamiento actual en cuatro ocasiones: en 1936, cuando fue trasladado a Valencia durante la Guerra Civil; en 1952, cuando formó parte de una exposición de la Real Sociedad Geográfica en Madrid; en 1958, para la exposición del IV centenario de la muerte de Carlos V también en la capital española; y en los años setenta a Nueva York.

De forma excepcional volvió a salir del Museo Naval, dependiente del Ministerio de Defensa, en 1987 para ser sometido a un estudio de rayos ultravioletas en el Museo del Prado, el cual confirmó que databa del siglo XVI. Sin embargo, el mapa nunca ha sido restaurado y presenta un deterioro avanzado, por lo que se ha decidido que será sustituido por una copia en los próximos años.

Una cartografía «de palacio»

La carta de Juan de la Cosa está basada en los mapas portulanos medievales, cartografías que se usaban para navegar y marcaban la ubicación de los puertos, las distancias entre ellos y las direcciones para dirigirse de uno a otro. La diferencia es que este primer mapa de América se adentra también en tierra firme.

En el él, cadenas montañosas, puertos, ciudades y ríos se mezclan con figuras mitológicas o bíblicas como los Reyes Magos, la reina de Saba, islas «de caníbales» e incluso monstruos humanoides que habitaban tierras lejanas y desconocidas para los europeos. Esta combinación refleja la visión del mundo de principios del siglo XVI, cuando realidad y leyenda se fusionaban frecuentemente.

Juan de la Cosa
Retrato de Juan de la Cosa expuesto en el Museo Naval de Madrid

Las múltiples referencias bíblicas son también una influencia de los mapas portulanos elaborados por la escuela cartográfica mallorquina, de mayoría judía y por aquel entonces rival de los talleres de Génova y Venecia.

A diferencia de estos últimos, la cartografía «de palacio» obedecía al gusto por la geografía de la élite medieval y no a las necesidades de los marineros, por lo que utiliza un estilo más refinado que en algunos casos ha sobrevivido hasta nuestros días por su mejor conservación en las cortes, según explica José María Moreno.

Al mismo tiempo, la carta de Juan de la Cosa muestra una precisión sorprendente en aspectos geográficos como la ubicación del trópico de Cáncer y el Ecuador, la delimitación de la isla de Cuba —Colón defendía que era una península de Asia— o las expediciones castellanas, portuguesas e inglesas en América.

En lugar de fronteras, el mapa utiliza banderas para señalar la expansión colonial de las potencias europeas y sus rutas navales. La más fácil de identificar es la circunnavegación portuguesa de África, capitaneada por el navegante Vasco de Gama entre 1497 y 1499 y representada con barcos que se dirigen hacia la India.

La línea que separa las posesiones de Castilla y Portugal fue considerada durante mucho tiempo la fijada por el Tratado de Tordesillas en 1494. Sin embargo, el jefe del Área de Investigación del Museo Naval explica que estudios recientes han confirmado que se trata de la bula menor Inter caetera otorgada por el papa Alejandro IV en 1493 a los Reyes Católicos, la cual reconocía inicialmente más territorio a la Corona de Castilla que la línea de Tordesillas.

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El mapa contiene innumerables guiños a la historia y la leyenda popular.

 

Uno de los dibujos más curiosos, por ejemplo, es el de los Reyes Magos y el portal de Belén.

También llaman la atención las ilustraciones de las embarcaciones con las que los exploradores europeos llegaron a América.

O la forma de representar las montañas, en forma de garra de ave.

 

Es el caso de los Urales o el Himalaya.

En el caso de Sri Lanka, que en el mapa recibe el nombre de Taprobana, la isla aparece rodeada de gemas y joyas.

 

Se trataba de un lugar donde el imaginario popular ubicaba tesoros ingentes y montañas de oro puro y, por tanto, de un destino ansiado por los navegantes de la época.

Por último, en la esquina superior derecha aparecen dibujados un blemio y un cinocéfalo, monstruos con la cara en el pecho y cabeza de perro, respectivamente.

 

La leyenda europea ubicaba su hogar en los confines del mundo.

1 comentario

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    Fernando Domínguez Pousa

    Precioso mapa