1815. Europa acaba de derrotar a la Francia de Napoleón Bonaparte y las potencias del continente, con los imperios austríaco y británico a la cabeza, se reúnen en Viena para recomponer las fronteras de la región y restaurar las ideas políticas del Antiguo Régimen. La Revolución francesa ha encendido las alarmas de las monarquías europeas y sus representantes buscan cerrar filas para contener los postulados de la Ilustración, pero en la mesa de negociación cada país persigue sus propios intereses, en algunos casos situados a miles de kilómetros de la capital de Austria.
Y es que, además de establecer el equilibrio de poderes que se mantuvo hasta la Primera Guerra Mundial, el Congreso de Viena convirtió al Imperio británico en el nuevo dominador del mundo y dio inicio a la Pax Britannica, un periodo de 99 años en el que los ingleses disfrutaron de una gran prosperidad económica y el control de la gran mayoría de rutas marítimas y coloniales.
Fue su enviado, el vizconde de Castlereagh, el que rechazó de hecho las aspiraciones españolas, que incluían la recuperación de Luisiana y el apoyo a su campaña bélica para apaciguar la revueltas independentistas en sus colonias americanas. Los comerciantes británicos, al fin y al cabo, eran los primeros beneficiados de la ruptura de la hegemonía española en la región. Caso contrario al de Portugal, que limitó sus exigencias al reconocimiento de su soberanía sobre Brasil y sí obtuvo el visto bueno de Gran Bretaña, dominador en la práctica del comercio exterior portugués.
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