Década tras década, en el mundo se ha extraído más agua de la que los sistemas hídricos podían reponer. Las consecuencias ya son más que palpables: tanto los recursos superficiales, que se renuevan cada año, como las reservas de agua dulce almacenadas en acuíferos, glaciares, suelos y humedales, se han reducido un 50% a nivel per cápita en el último medio siglo, y su recuperación puede requerir décadas o incluso siglos.
Frente a otras regiones, Europa partía con ventaja ante esta situación. Su clima templado, la influencia del Atlántico, una extensa red de ríos y abundantes reservas de agua subterránea la han situado históricamente entre las regiones con mayor disponibilidad de agua dulce del mundo. Además, es la región con mayor seguridad hídrica, avalada por el acceso a servicios de agua potable y saneamiento, eficiencia en el uso y disponibilidad total de agua. Sin embargo, el Viejo Continente empieza a dar síntomas de agotamiento. La escasez de agua, que lleva tiempo afectando al sur, sobre todo en verano, ahora también se extiende a las cuencas fluviales del centro y norte de la región.
EL ESTRÉS HÍDRICO EN EUROPA
Consumo de agua como porcentaje de los recursos hídricos renovables (verano, 2023)
El estrés hídrico en Europa
Consumo de agua como porcentaje de los recursos hídricos renovables (verano, 2023)

El 32% de la población de la Unión Europea sufre ya escasez de agua durante alguna estación, tal y como indica la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA). Ríos como el Rin o el Danubio protagonizan cada vez con más frecuencia episodios de caudales excepcionalmente bajos que interrumpen el transporte fluvial, dificultan la navegación y afectan a la actividad económica de las regiones que atraviesan.
Si bien la situación sigue siendo más grave en el Mediterráneo, donde hasta el 30% de la población ya sufre escasez de agua todo el año —llegando a alcanzar el 70% en verano—, la alta densidad de población en áreas urbanas del centro del continente, combinada con altos niveles de extracción para el suministro público de agua, energía e industria, está aumenta presión sobre el resto de las cuencas fluviales de Europa.
Y la situación, por sí sola, no va a ir a mejor. A la escasez estructural se suma el cambio climático y el aumento de las temperaturas, que a su vez generan episodios más largos y frecuentes de sequías y olas de calor y trastocan los regímenes de precipitaciones: insuficiente nieve en invierno y lluvia en verano, o incluso lluvias torrenciales que generan escorrentías rápidas y dificultan el almacenamiento y la recarga de acuíferos.
La sobreexplotación, en el centro
El agua no es un recurso infinito. Aunque el ciclo hidrológico —la lluvia, la infiltración en el suelo o el deshielo— la renueva constantemente, esa capacidad de reposición tiene un límite. Si bien las lluvias reponen cada año los caudales de ríos y embalses, no ocurre lo mismo con las aguas subterráneas. Muchos acuíferos se recargan tan lentamente que, una vez sobreexplotados, pueden tardar décadas o siglos en recuperar sus niveles naturales.
Precisamente, las aguas subterráneas son de especial importancia para Europa. Cerca del 65% del agua potable y el 25% del agua para irrigación de la región proviene de acuíferos. Sin embargo, el 26% de la superficie de acuíferos europeos se encuentra en mal estado: están sobreexplotados, contaminados o ambos, de acuerdo a los datos recopilados por una investigación periodística europea encabezada por Datadista. Y los más afectados son aquellos de países con grandes explotaciones agrícolas, como España, Francia, Bélgica o Países Bajos.
Entre otros, la contaminación, la salinización y otras formas de degradación de la calidad del agua son los principales motivos que han reducido la proporción de agua que se puede utilizar de forma segura para el consumo o la agricultura.
De hecho, el consumo humano de agua (el suministro público) apenas asciende al 21% del total de agua extraída anualmente en territorio europeo, según la AEMA. Por contra, la mayor parte del consumo corresponde a la producción eléctrica y la refrigeración (33%), seguida de la agricultura (31%) y la industria manufacturera (14%).
Sin embargo, extraer agua no es lo mismo que consumirla. Buena parte del agua utilizada para refrigerar centrales eléctricas, por ejemplo, vuelve posteriormente a los ríos, aunque a una temperatura superior. La agricultura, y especialmente el regadío, consume una proporción mucho mayor de los recursos.
Es precisamente ahí donde se concentra uno de los principales desafíos para el sur de Europa. España es el país con mayor superficie de regadío de la Unión Europea. Le siguen Italia, Grecia, Portugal y Francia. Paradójicamente, son también las regiones con menor disponibilidad de recursos hídricos y donde las sequías son cada vez más frecuentes. Cuando ríos y embalses no bastan para sostener la demanda, la extracción se desplaza hacia los acuíferos, agravando el problema.
España ilustra bien ese dilema. Hasta el 80% del total de agua extraída en el país se destina a la agricultura. Gracias a décadas de inversiones hidráulicas, a la especialización agrícola y al impulso de la Política Agraria Común, el país se ha consolidado como el principal exportador comunitario de frutas y hortalizas. Sin embargo, mantener la producción obliga a recurrir a trasvases, ampliar la desalación o intensificar el uso de acuíferos, mientras el cambio climático reduce la disponibilidad de agua y tensa la complicada gestión.
La cuestión ya no es solo de ingeniería hidráulica, sino también de hidropolítica: qué usos deben priorizarse durante los periodos de escasez, hasta qué punto es sostenible mantener determinados cultivos o ampliar nuevas superficies de regadío, y si un modelo agrícola concebido para un clima más húmedo puede seguir siendo rentable en una Europa que cada vez dispone de menos agua.
El agua, la otra factura del turismo masivo
La escasez de agua convierte su gestión en una cuestión política. Cuando el recurso deja de ser suficiente para todos, administraciones y gobiernos deben decidir qué usos priorizar. Y en el sur de Europa, el turismo es uno de los principales ejemplos de ese dilema.
Cada verano, millones de visitantes se concentran en el Mediterráneo, la región turística más visitada del mundo y, al mismo tiempo, una de las que soporta un mayor estrés hídrico. El aumento temporal de la población dispara la demanda de agua precisamente cuando las precipitaciones son mínimas, los ríos registran sus caudales más bajos y la agricultura necesita más recursos para el regadío. Además, a esto se suma que el consumo medio de un turista puede llegar a ser hasta seis veces superior al de un residente, sumando servicios y recreación.
La consecuencia es una competición creciente por un recurso finito. El litoral mediterráneo español, el sur de Italia o las islas griegas deben repartir el agua entre residentes, explotaciones agrícolas y una población flotante que, en algunos destinos, multiplica varias veces la población habitual.
El resultado es que los cortes y restricciones de agua son cada vez más frecuentes en algunos de los principales destinos turísticos del Mediterráneo, especialmente en islas donde la disponibilidad de agua es ya de por sí limitada. En Grecia, por ejemplo, siete islas han tenido que declarar este año el estado de emergencia por sequía y en una de ellas, la isla de Astypalea, donde la población se quintuplica en temporada alta, incluso se ha restringido el uso del agua para la agricultura, priorizando el sector turístico.
El país que vendió su verano: por qué España no puede vivir sin turistas
No es algo excepcional. En Sicilia, que en 2024 vivió la peor crisis de agua en su historia, los cortes de agua se prolongaron hasta el otoño, pero los hoteles no se vieron apenas afectados. En las Canarias, que dependen casi enteramente de la desalinización, islas como Lanzarote cuentan con calendarios de cortes de agua para ciertos municipios en temporada alta, además de restricciones de uso para explotaciones agrarias y llenado de piscinas.
En otros lugares como Cataluña sí que se ha optado por imponer cuotas al consumo turístico durante los picos de sequía. Específicamente en fases de emergencia, como ocurrió en 2024, se impuso un umbral de 100 litros por plaza turística, equivalente al consumo doméstico de los ciudadanos catalanes. Otras iniciativas proponen, al igual que una tasa turística, una tasa por consumo excesivo de agua o incentivos por uso sostenible del recurso.
A medida que el cambio climático reduce la disponibilidad de agua y el turismo sigue creciendo, este tipo de decisiones serán cada vez más habituales. Sin embargo, apagar fuegos en picos de sequía e incentivar el ahorro individual entre la población y los turistas es apenas un remiendo. El problema del agua no es coyuntural, sino profundamente estructural.
La Agencia Europea de Medio Ambiente advierte de que la escasez hídrica continuará intensificándose en las próximas décadas, especialmente en el sur de Europa y en las zonas más pobladas. Para mediados de siglo, los escenarios muestran una expansión del estrés hídrico a nuevas cuencas del continente. Episodios antes puntuales, como ver grandes ríos como el Rin o el Danubio con caudales drásticamente reducidos en verano, ya son cada vez más frecuentes. Y el problema no es solo el agua, sino todo lo que hay detrás: generación de energía, industrias o cultivos que sostienen la economía y el modo de vida del continente.
Ante ello, reducir el consumo es clave. También cerrar todas aquellas extracciones ilegales, mejorar la reutilización de aguas regeneradas, modernizar los sistemas de riego para hacerlos más eficientes o incluso transicionar hacia cultivos más sostenibles con el recurso.
En realidad, la gestión hídrica es solo una pieza más dentro de un reto mucho mayor. Las medidas de ahorro y la eficiencia tecnológica son indispensables, pero se quedan cortas si no van acompañadas de una transformación de fondo. Afrontar la escasez hídrica en Europa exige dejar de actuar a golpe de crisis y acometer un verdadero cambio de modelo agrario, territorial y de desarrollo rural. En juego está el músculo industrial del continente y la viabilidad de un modo de vida que no puede seguir ignorando los límites del planeta.

