El pasado viernes 24 de julio España declaró por primera vez en su historia una emergencia nacional por incendios. No es para menos: los fuegos en las provincias de Ávila y Madrid, los mayores jamás registrados en España y en la Comunidad de Madrid, respectivamente, han obligado a evacuar a 100.000 personas y han calcinado 75.000 hectáreas, una superficie equivalente a la isla de Menorca.
UNA DÉCADA DE INCENDIOS EN EUROPA
2016-2026
Una década de incendios en Europa
2016-2026

Pero estos incendios no son una anomalía. España es el país de Europa que más se quema: fue el que vio más hectáreas arder en 2025, lo está siendo también este 2026 y desde 1980 es el país que ha comunicado más hectáreas quemadas al Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS, por sus siglas en inglés).
El clima mediterráneo, con veranos secos y calurosos, y una orografía compleja han favorecido históricamente la aparición de incendios forestales en la península ibérica. Como consecuencia de ese historial, España mejoró el control de sus fuegos, logró reducir su número y pareció dejar atrás sus peores años con el cambio de siglo.
Sin embargo, los grandes incendios forestales, aquellos que superan las 500 hectáreas, han entrado en acción y España ha vuelto a perder el control de sus montes. Y lo que es peor: los grandes incendios forestales son cada vez más frecuentes, más intensos y más complicados de controlar.
LA EVOLUCIÓN DE LOS INCENDIOS EN ESPAÑA
La evolución de los incendios en España

Con la última oleada de incendios como telón de fondo, estos mapas y gráficos ayudan a entender por qué España se ha convertido en el pasto europeo de las llamas.
El Mediterráneo, epicentro del cambio climático
En 2025 se quemaron en España 354.747 hectáreas. Tras nuestro país, Portugal, Italia, Grecia, Francia o Croacia completan el mapa del fuego europeo. No es una casualidad: todos ellos comparten un mismo escenario climático. La cuenca mediterránea es una de las regiones del planeta más vulnerables al calentamiento global y concentra buena parte de los grandes incendios que afectan a Europa, el continente que más rápido se calienta del mundo.
Según Copernicus, la temperatura en Europa ha aumentado 0,87 grados centígrados con respecto a la media 1991-2020, más del doble que el promedio mundial (0,44 grados). Sólo el Ártico —que no es un continente, sino un océano rodeado de tierra— se calienta más deprisa. Ambos fenómenos están estrechamente relacionados: Europa se une con el océano Ártico al norte y su rápido calentamiento altera la circulación atmosférica en el Viejo Continente, que se ha calentado en conjunto alrededor de 2,4 grados desde la era preindustrial.
EUROPA SE CALIENTA EL DOBLE DE RÁPIDO QUE EL RESTO DEL MUNDO
2016-2026
Europa se calienta el doble de rápido que el resto del mundo
2016-2026

Pero el calor por sí solo no provoca un incendio. La inmensa mayoría de los incendios forestales tienen un origen humano, ya sea por negligencias, accidentes o causas intencionadas. Lo que hace el cambio climático es transformar el contexto en el que esos incendios se producen.
El aumento de las temperaturas trae consigo veranos más largos, olas de calor más frecuentes e intensas y periodos de sequía más prolongados. La temporada de incendios se alarga, la humedad de la vegetación disminuye durante más tiempo y zonas que antes conservaban suficiente agua pasan a ser también más áridas y vulnerables al fuego. Es decir, aumenta las probabilidades de que una chispa genere un gran incendio.

Además, es un círculo vicioso, pues los grandes incendios liberan a la atmósfera cantidades ingentes de CO₂ que empeoran el efecto invernadero.
El abandono del campo, el motor del fuego
Los incendios forestales son hoy un problema mucho mayor que hace unas décadas. Y no porque haya necesariamente más incendios, sino porque tienen más probabilidades de propagarse rápidamente y convertirse en un gran incendio forestal, aquellos que superan las 500 hectáreas, como el de Burgohondo (Ávila), el más grande que ha sufrido jamás España.
El cambio climático explica parte de esa evolución, pero no toda. El otro gran factor está en el territorio. Durante el último siglo, Europa ha vivido un intenso proceso de urbanización que ha vaciado amplias zonas rurales. Y, una vez más, la península ibérica reúne las condiciones más desfavorables: una de las regiones del continente que más rápido se calienta sufre al mismo tiempo una de las mayores concentraciones de despoblación rural.

Y esa pérdida de habitantes también ha transformado el paisaje. El abandono de la ganadería extensiva en favor de la intensiva, la desaparición del pastoreo y la reducción del aprovechamiento forestal (por ejemplo, para la industria maderera) han dejado de cumplir una función que durante siglos actuó como una barrera natural frente al fuego: mantener el monte limpio y fragmentar la vegetación.
Como consecuencia de ello, España tiene hoy más superficie forestal que en los años noventa, pero ese bosque está más abandonado, acumula más biomasa y ofrece al fuego un combustible mucho más abundante.
El resultado es una terrible combinación: un clima que favorece incendios más extremos y un territorio que facilita su propagación.
El reto ya no es sólo apagar incendios
Durante décadas, la política forestal se ha centrado en reforzar la capacidad de respuesta una vez declarado el fuego. España invierte en medios de extinción cada vez más sofisticados, y amplía año tras año su dispositivo de emergencias: desde hidroaviones, helicópteros bombarderos, brigadas especializadas y sistemas de vigilancia hasta la creación de la Unidad Militar de Emergencias (UME) en 2005, concebida para intervenir en grandes catástrofes, incluidos los incendios forestales.

Sin embargo, los incendios extremos han demostrado que, cuando el fuego alcanza un determinado nivel de intensidad, la extinción por sí sola ya no basta. Cuando coinciden calor extremo, baja humedad y fuertes vientos, el fuego puede alcanzar tal intensidad que genera su propia dinámica atmosférica. Las llamas alimentan corrientes de aire, proyectan brasas a grandes distancias y pueden incluso formar enormes nubes de humo que vuelven el incendio mucho más impredecible. En ese momento, la prioridad pasa a ser proteger vidas y limitar los daños hasta que el tiempo dé una tregua.
Aun así, hasta llegar a ese punto, hay mucho que hacer, como demuestra el hecho de que la inversión en protección contra los incendios en la Unión Europea siga anclada en el 0,5% del presupuesto público desde 2018. España, en concreto, se sitúa por debajo de la media europea, con un 0,4 %.
LA INVERSIÓN EN PROTECCIÓN CONTRA INCENDIOS
% del presupuesto público (2024)
La inversión en protección contra incendios
% del presupuesto público (2024)

Y eso que el indicador de Eurostat incluye todo tipo de actividades relacionadas con la prevención y la lucha contra el fuego, desde el mantenimiento de cuerpos de bomberos regulares y auxiliares hasta la formación o los servicios de protección civil como el rescate en montaña.
Más allá de los recursos, que España arda más que gran parte del resto de Europa no es solo una cuestión de clima o de geografía. Es el reflejo de los problemas estructurales que afectan al país en su conjunto: un medio rural cada vez más despoblado, la pérdida de actividades tradicionales de gestión del monte, la temporalidad del empleo forestal o la dificultad para coordinar políticas de largo plazo sobre el territorio.
Así, la prevención exige políticas de ordenación del territorio capaces de recuperar población y actividad económica en el medio rural, mejorar las infraestructuras y la conectividad, garantizar el acceso a servicios básicos y favorecer una gestión continua de los bosques.
Aun así, ni con todas esas medidas el campo dejaría de arder. El fuego lleva formando parte del bioma español milenios, el paisaje y el clima han cambiado y los bosques de la península son mucho más propensos a incendiarse que décadas atrás. Ante esa situación, la sociedad española debe aprender a convivir con el fuego, ordenar el monte en la medida de lo posible y alejarse de los bosques, ya sea declarando zonas de alto riesgo o manteniendo perímetros de seguridad alrededor de los núcleos de población.