El 11 de septiembre de 2001, uno de los cuatro aviones secuestrados por Al Qaeda para atentar en Estados Unidos nunca alcanzó su objetivo. El vuelo 93 de United Airlines se dirigía al Capitolio, el corazón de la democracia estadounidense, pero la rebelión de sus pasajeros provocó que el aparato se estrellara antes en un campo de Pensilvania. La sede del Congreso se salvó. Dos décadas después de aquello, sin embargo, el Capitolio sufrió un nuevo ataque, aunque ya nada tenía que ver con el islamismo extremista. Porque en enero de 2021 no fueron terroristas extranjeros, sino ciudadanos estadounidenses, quienes asaltaron ese mismo edificio para tratar de anular unas elecciones. El enemigo ya no venía de fuera. Estaba dentro.
Los atentados del 11S dejaron una profunda herida en Estados Unidos que, lejos de sanar, se fue cronificando. Hacia fuera, la respuesta mediante la denominada guerra contra el terror desangró al país en dos conflictos interminables y miles de millones de dólares gastados. El resultado de la invasión de Afganistán y la guerra ilegal en Irak fue el deterioro de la hegemonía estadounidense y un derramamiento de sangre en Oriente Próximo que dejó un mayor sectarismo en la región y el surgimiento de grupos terroristas internacionales como Dáesh.
Pero el daño más profundo se produjo dentro: el miedo se instaló en la sociedad estadounidense, alimentó la sospecha hacia el diferente y levantó una maquinaria de vigilancia y control que terminaría apuntando a sus propios ciudadanos. La misma lógica del nosotros contra ellos que Bush dirigió al exterior acabó fracturando el país por dentro. Y todo ello con la peor crisis económica en un siglo como telón de fondo, que generó una fractura social difícil de enmendar.
Suscríbete a EOM para seguir leyendo este artículo
Lo que pasa en el mundo te afecta. Comprenderlo es más necesario que nunca
Continuar
Anual · Cancela en cualquier momento