—¿Tú de dónde eres?
—De Irak.
—Ah. ¿Suní o chií?
—Iraquí.
Es un diálogo habitual para Adnan, iraquí exiliado en España. No es que no quiera responder a la pregunta de la religión: es que no sabe responderla. Ignora si es suní o chií. Su madre era de familia chií, pero su padre era suní. En realidad no: su padre era comunista y ateo. Aunque a veces, para molestar a los esbirros de Sadam Huseín, celebraba alguna fiesta religiosa chií, especialmente las prohibidas por sus connotaciones políticas. No podían detenerlo: en su ficha policial constaba que era suní y no creía en nada.
Los chiíes creían en su religión; los suníes no tanto. Ese era el estereotipo general durante la dictadura de Sadam, reflejado en el chiste: ¿en qué se diferencia una mezquita suní de una chií? En que la suní está vacía.
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