Cómo se disputan China y Estados Unidos los estrechos del mundo

Las dos potencias rivalizan en cuellos de botella marítimos como Malaca, Panamá o Ormuz. Allí se ponen a prueba el despliegue militar, la presión económica y las alianzas de ambos países
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Cómo se disputan China y Estados Unidos los estrechos del mundo

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Seis meses después de iniciar su guerra con Irán, y sin signos de que el conflicto pueda terminar con una victoria para Estados Unidos, Donald Trump ha declarado el estrecho de Ormuz como «nuevo territorio estadounidense». Esto se podría ver como otro exabrupto expansionista del magnate, como ya ha hecho con Groenlandia o Venezuela, pero realmente se trata de un gesto de urgencia. Controlar uno de los estrechos más importantes del mundo significaría una victoria en su guerra con Irán, que cada día le resulta más costosa políticamente. Pero Ormuz no es solo un frente militar. Cerca de un 20% del comercio global de petróleo cruza este estrecho, y su cierre ha impactado en los mercados energéticos y la estabilidad económica internacional. 

Los estrechos son el cuello de botella de una ruta de circunnavegación que conecta los grandes centros productivos y de consumo del mundo. En torno al 90% de los bienes que se comercializan en el mundo, como alimentos, energía o manufacturas, se mueven por el mar. Para China, esas rutas son el eje de su poder exportador y de su Nueva Ruta de la Seda, aunque Pekín invierte cada vez más en diversificar sus infraestructuras terrestres para no depender de los estrechos marítimos. 

Para Estados Unidos, de la misma forma, los estrechos son importantes enclaves comerciales y energéticos, pero también funcionan para su influencia militar: mantiene cerca de 750 bases en más de ochenta países, y muchas de ellas —como la de Singapur o Baréin— están situadas en estrechos clave y tienen como objetivo que esas rutas sigan abiertas bajo sus términos.

Tras varios años de guerra comercial, ambas potencias saben que una parte importante de su lucha por la hegemonía internacional se decidirá en estrechos y canales como el de Malaca, Panamá o Ormuz. El primero, como el principal embudo de la estrategia global de Pekín; el segundo, como la ficha clave de la superioridad estadounidense en América; y el tercero como la gran arteria energética del mundo.

Malaca: el estrecho del que depende la economía china

Ningún paso es tan vital para Pekín como el estrecho de Malaca, la ruta más corta entre el océano Índico y el Pacífico. Por ahí circula cerca de un 80% del crudo que importa China y transita una cuarta parte del comercio marítimo mundial. Es también el escenario donde las dos estrategias de las grandes potencias chocan con más claridad.

Mapa geopolítica Malaca

Este estrecho comparte soberanía entre Indonesia, Malasia y Singapur, y su administración recae en los tres países por igual. Para China, la amenaza no es que alguno de los tres países cierre el paso, sino que, en caso de conflicto, Estados Unidos decida bloquearlo, el llamado dilema de Malaca.

Estados Unidos, por su parte, juega su carta de red de alianzas. Desde principios de los dos mil operan en la base naval de Changi, en Singapur. El secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, reforzó esa red en 2026 con acuerdos de defensa con Malasia, Singapur y un renovado acuerdo con Indonesia que amplía el entrenamiento conjunto y la vigilancia del estrecho de Malaca. Washington queda con presencia militar en los tres países que controlan las dos orillas de Malaca. 

Pero esa red tiene grietas. En agosto de 2026, Estados Unidos tuvo que dejar el Pacífico sin portaaviones tras el inicio de la guerra con Irán. Esto ha alimentado la desconfianza de los países de Malaca, justo cuando el propio Pentágono promueve un «realismo flexible» que priorice intereses compartidos sobre alianzas duraderas. Pero estos países lo que buscan es un compromiso sostenido. Indonesia, de hecho, mantiene buenas relaciones con Pekín, y tanto Singapur como Malasia insisten en que no habrá cambios en el tránsito sin el acuerdo de los tres países que lo rodean. 

Frente a esta presencia militar, en los últimos tiempos China ha multiplicado sus inversiones para reducir su dependencia de Malaca, al tiempo que ha modernizado su flota como forma de asegurar esas mismas rutas alternativas. Así, Pekín ha invertido miles de millones en corredores e infraestructuras que esquiven el estrecho, mediante estrategias como el collar de perlas y la Nueva Ruta de la Seda.

Aquí destacan el puerto de Myanmar, donde una empresa china controla el 70% de su propiedad, y el corredor económico China-Pakistán, financiado por Pekín desde 2015. Pero por el momento ninguno sustituye del todo la vía marítima. La apuesta más novedosa mira al Ártico. En agosto de 2026, Pekín inauguró la primera ruta semanal en esta región, capaz de conectar Reino Unido y China en la mitad de tiempo al tiempo que se evitan los principales cuellos de botella del mundo. Pero esta ruta solo es navegable en las etapas más cálidas del verano. Cuantos más caminos tenga China para mover su comercio, menos depende de un estrecho que no controla.

Panamá: el paso que define la hegemonía de Estados Unidos

Si Malaca es la vulnerabilidad china, Panamá es la tensión estadounidense. Por el canal corre cerca del 40% de todo el tráfico de contenedores de Estados Unidos y es clave en su política de seguridad regional desde que se inauguró en 1914, con la doctrina Monroe en pleno apogeo. Durante casi todo el siglo XX fue un territorio bajo soberanía estadounidense: la Zona del Canal existió como colonia hasta que el tratado de 1977 devolvió paulatinamente el control a Panamá, que lo recuperó por completo en 1999.

El mapa del canal de Panamá

Sin embargo, el giro hemisferista de Donald Trump ha devuelto a América Latina su consideración de patio trasero a través de una política activa que busca imponer los intereses estadounidenses y reducir la influencia china. Ahí se enmarcan la amenaza de recuperar el canal de Panamá, presiones a Perú por el puerto de Chancay y denuncias a inversiones chinas en Chile y Brasil.

China ha sido, en los últimos años, el segundo país con más presencia en el canal después de Estados Unidos, con cerca del 21% del tráfico de carga. Esa presencia ha crecido desde 1997, cuando empresas chinas empezaron a operar los puertos de Balboa y Cristóbal, y se intensificó desde que el país centroamericano rompió relaciones con Taiwán. Tras su vuelta a la Casa Blanca, Trump ha presionado con fuerza para revertir esta situación: a principios de 2025, Panamá decidió retirarse del proyecto de la Franja y la Ruta. Un año después, el Tribunal Supremo del país le retiró la concesión de los dos puertos del canal a las empresas chinas asentadas en la región. Como respuesta, China retuvo en sus puertos cerca de setenta buques con bandera panameña.

Pero Panamá no ha roto del todo con Pekín y ha buscado equilibrar la situación en el choque entre ambas potencias. Unas semanas después de la anulación de la concesión, el presidente panameño José Raúl Mulino trató de rebajar la tensión: «No nos interesa tener un problema con China». En los meses siguientes ambos gobiernos han sostenido reuniones de alto nivel para desescalar el conflicto. En julio de 2026, acordaron renovar el Acuerdo sobre Transporte Marítimo, que da a la flota panameña —una de las más grandes del mundo— trato preferencial.

Ormuz: la guerra llega los estrechos

Ningún paso concentra tanto la atención global actualmente como el estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra circulaba una quinta parte del petróleo comercializado. Irán había amenazado con cerrarlo en cada crisis con Occidente durante décadas, sin llegar a cumplirlo. Esta vez sí lo hizo: Irán estaba bajo ataque militar directo en su propio territorio, y el cierre del estrecho se convirtió en la única represalia que le quedaba.

Mapa de la geopolítica del estrecho de Ormuz

El Golfo ha sido un lugar estratégico para Estados Unidos desde 1948, cuando la Marina estadounidense se instaló en Baréin. La estrategia era garantizar seguridad a cambio de petróleo. Esto llevó a la creación de bases militares en la región, como Al Udeid en Catar o Al Dhafra en Emiratos Árabes Unidos.

Sin embargo, la guerra en Ormuz ha cambiado esto. Washington pone en riesgo a sus aliados del Golfo con las represalias de Irán al atacar a estos países, como los sucedidos en Baréin o Al Udeid en Catar. El presidente Trump calculó mal la situación desde el inicio. Esperaba una victoria rápida y no creía que Irán cerraría el estrecho en represalia. Ahora, Irán negocia con Omán para repartirse el estrecho en dos tramos y decidir juntos quién puede cruzar. Trump ha sido excluido de esta ecuación.

China, mientras tanto, se aprovecha estratégicamente de la guerra para afianzarse más en una región donde ya actuó como garante del acuerdo que restableció las relaciones entre Arabia Saudí e Irán en 2023. Desde entonces, ha seguido ganando protagonismo: Arabia Saudí fue el tercer mayor receptor de contratos de construcción chinos bajo la Franja y la Ruta en 2025, con cerca de 20.000 millones de dólares, y China es hoy la cuarta fuente de inversión extranjera directa en EAU, con miles de millones invertidos solo en la zona industrial de Khalifa, en Abu Dabi. Además, fondos soberanos como el saudí PIF y el emiratí ADIA invierten directamente en empresas chinas de IA, mientras que Pekín aporta la tecnología y la ingeniería para levantar centros de datos en la región, aprovechando la energía barata del Golfo para alimentar esa infraestructura digital. Ahora, y después de ver misiles caer sobre bases estadounidenses, los países del Golfo han comenzado a mirar aún más hacia China.

La situación en Ormuz muestra las dos estrategias de Estados Unidos y China. Washington intentó mantener su poder en la región mediante la fuerza, pero hoy ya no controla un estrecho que antes de la guerra funcionaba con normalidad. China aprovecha para hacer algo que Estados Unidos no puede: mantener buenas relaciones con Irán y con Arabia Saudí al mismo tiempo, pese a que ambos son rivales regionales. Esa confianza que gana en el Golfo, sumada a su inversión económica y a su papel como interlocutor entre rivales, le ha permitido ganar un importante terreno mientras Estados Unidos se enfrasca en un nuevo conflicto. 

Los estrechos y la guerra comercial

Ninguna de las dos potencias tiene hoy una estrategia que funcione en los tres estrechos a la vez. Estados Unidos puede imponerse con presión directa donde su capacidad de influencia es sólida, como en Panamá, pero esa misma fórmula no es replicable en todos lados: en Malaca depende de socios que no quieren elegir bando, y en Ormuz meses de guerra han erosionado la confianza que sostenía su presencia. China responde con paciencia, diversificación e inversión. Los tres casos son, en el fondo, la misma disputa vista desde ángulos distintos.

Este patrón se repite en otros pasos. En Bab al Mandeb, China tiene una base militar propia en Yibuti, pero se ha mantenido al margen de las operaciones contra los hutíes, dejando que Estados Unidos actúe solo. En el estrecho de Taiwán ocurre lo contrario: es China quien coquetea con una incursión militar, mientras que Washington divaga en la promesa de defender la isla. Y en el Ártico, China no se conforma con esperar: junto con Rusia empuja activamente por una ruta alternativa.

Ninguno de estos pasos puede definir un ganador hegemónico. Pero juntos muestran por qué los estrechos son clave en la guerra comercial y la disputa hegemónica de ambos países, al converger en ellos la fuerza militar, el comercio y la tecnología.

Miranda Guerra Valencia

Medellín, 2002. Politóloga de la Universidad EAFIT, Colombia. Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos por la UC3M. Interesada en temas de conflicto, seguridad y medioambiente.

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