Qué busca Trump atacando Irán

El presidente estadounidense quiere someter al régimen y frenar su programa nuclear. Al mismo tiempo, la intervención refuerza su imagen interna, consolida a Israel en Oriente Próximo y golpea el suministro chino de petróleo
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Qué busca Trump atacando Irán
Donald Trump y su equipo de seguridad nacional en la sala de crisis de la Casa Blanca el pasado 21 de junio de 2025. Fuente: Daniel Torok/Casa Blanca (Flickr)

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“Una gran armada se acerca a Irán, lista para atacar y mucho más grande que la que llevó a cabo el ataque a Venezuela”. Esas fueron las palabras de Donald Trump el 28 de enero, en medio de unas negociaciones con el régimen de los ayatolás que siguen estancadas. El impasse de las últimas semanas ha permitido al presidente estadounidense movilizar el portaaviones USS Abraham Lincoln desde el mar del Sur de China, con noventa aeronaves y más de 5.000 efectivos, junto a tres destructores. A ello se unirá el USS Gerald R. Ford, el buque más moderno de la flota estadounidense, antes desplazado al Caribe. Es el mayor despliegue aéreo desde la guerra en Irak en 2003 y se suma a las bases estadounidenses en Oriente Próximo, que concentran entre 30.000 y 40.000 soldados.

El régimen iraní atraviesa su momento de mayor debilidad de los últimos años. A nivel interno enfrenta una crisis económica marcada por la inflación, la depreciación del rial y el deterioro del nivel de vida, acrecentada por las sanciones estadounidenses. El descontento estalló en protestas a gran escala desde finales de 2025, donde la represión por parte de la Guardia Revolucionaria ha dejado miles de muertos y ha ampliado de forma irremediable la brecha entre el Estado y una sociedad cada vez menos identificada con la revolución islámica. A nivel regional, el Eje de la Resistencia encabezado por Teherán, que incluye a milicias como Hamás, Hezbolá o los hutíes, está muy debilitado tras tres años de guerra con Israel y ataques de Estados Unidos. 

Con ese contexto propicio, Trump está repitiendo la doble fórmula que usó con Venezuela. Por un lado, negociar, exigiendo condiciones que sabe que Teherán no puede aceptar: terminar su programa nuclear tanto civil como militar, limitar sus misiles balísticos y retirar el apoyo a sus milicias aliadas en la región. Por otro lado, preparar un ataque aprovechando ese tiempo, para después justificar la intervención por la falta de acuerdo. No sería el primer ataque: el pasado junio, Estados Unidos se unió a la guerra de doce días liderada por Israel atacando instalaciones nucleares y militares iraníes.

Trump tiene varios objetivos atacando Irán. Primero, someter al régimen y frenar su programa nuclear. Entre los principales objetivos está el arsenal de drones y misiles iraníes, pero también el aparato represivo y de seguridad, concentrado en la Guardia Revolucionaria, y el propio líder supremo, Alí Jamenei, que lleva semanas en un búnker en Teherán. A su vez, con ello busca consolidar a Israel en la región, perjudicar a China al frenar parte de suministro de petróleo y consolidar su liderazgo interno de cara a las midterms. Aunque el magnate ha concedido un ultimátum de diez días para alcanzar el acuerdo, el vicepresidente J. D. Vance señalaba que la vía diplomática había llegado a su límite natural.

Someter al régimen iraní y frenar su programa nuclear

Irán es la última pieza del dominó que la Administración Trump quiere derribar para consolidar su dominio sobre Oriente Próximo, con Siria en proceso de reconfiguración política, las milicias aliadas del régimen debilitadas y varios países árabes normalizando relaciones con Israel.

Por ello, un ataque de Washington se dirigiría a alterar los equilibrios internos del propio sistema político iraní. Trump quiere un nuevo Irán doblegado e incapaz de desafiar a Israel y Estados Unidos en la región. Parte de esta estrategia nace de la propia animadversión entre Teherán y Washington y de la frustración de Trump por no haber alcanzado todavía un acuerdo nuclear. Pero no va a ser fácil: Irán no es Venezuela y el contexto interno, con una oposición fragmentada, exiliada y sin fuerza, imposibilita un aperturismo con Ali Jamenei al frente.

El despliegue militar de Estados Unidos en Oriente Próximo

En un contexto de debilidad interna marcado por el estancamiento económico y las protestas ciudadanas, un ataque estadounidense sacaría a relucir la debilidad del régimen y podría intensificar tensiones ya presentes dentro de las élites. Junto a los sectores ideológicos vinculados a la Guardia Revolucionaria, existen corrientes más pragmáticas —incluidos mandos militares y cuadros estatales— que priorizan la estabilidad del Estado sobre la continuidad ideológica. La desaparición o debilitamiento del liderazgo supremo abriría una pugna por la sucesión y podría empujar a parte del aparato a posiciones más aperturistas por mera supervivencia. Washington ya ha mostrado en Venezuela que prioriza la estabilidad y el acceso a recursos estratégicos antes que la implantación de una democracia.

En este nuevo escenario, Trump tiene la excusa para responder tanto a las demandas de las protestas, que fueron la razón inicial de sus amenazas de intervención, como a sus objetivos estratégicos: un régimen en transición colaborativo permitiría frenar el programa nuclear iraní, asegurar la cooperación en torno al estrecho de Ormuz y limitar los envíos de petróleo a China.

El programa nuclear sigue siendo el principal obstáculo para Trump. El presidente quiere acabar con la capacidad nuclear iraní, tanto con fines militares como civiles, lo que implica frenar la producción, detener el enriquecimiento y ceder las reservas existentes. Aunque Irán aceptó en 2015 varias restricciones bajo el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), para Trump fueron insuficientes y abandonó el acuerdo durante su primer mandato.

Casi diez años después, el programa nuclear se ha convertido en una garantía de supervivencia para el régimen y Estados Unidos buscará destruirlo mediante una operación militar, como ya hizo durante la guerra de doce días con ataques a distintas instalaciones nucleares —donde el régimen cuenta con uranio enriquecido muy por encima de lo necesario para fines civiles—.

Descabezar a Irán para consolidar la región

Tras acabar con el programa nuclear y generar presiones internas que abran una transición controlada, los efectos de un ataque estadounidense no se limitarían a Teherán. Un Irán más vulnerable permitiría a Israel consolidar su influencia en Oriente Próximo y a Estados Unidos contar con un escenario regional favorable.

La política de Israel respecto a Irán alcanzó una nueva fase en junio de 2025, cuando por primera vez en la historia se produjo un enfrentamiento directo entre los dos países. Desde entonces, el Estado hebreo ha demostrado su disposición a apuntar a los núcleos de poder del régimen iraní y a ampliar el alcance de sus operaciones en caso de reanudarse el conflicto. Esta dinámica genera una tensión evidente para Washington: mientras la Casa Blanca preferiría una acción limitada, con bombardeos quirúrgicos y operaciones puntuales, el parlamento israelí y el aparato de defensa israelí están preparados y no temen una operación más amplia.

Por su parte, las monarquías del Golfo mantienen una postura indecisa. Fueron los primeros en promover negociaciones en junio, aunque un Irán más débil puede beneficiar a sus propios intereses estratégicos dado que Arabia Saudí y Turquía compiten con Teherán por influencia regional. Pese a esto, los temores a que un ataque desencadene más inestabilidad en toda la región están presentes, mientras que Trump no parece tener un plan claro para el periodo posterior a la intervención. Un vacío de poder o un caos interno como los que siguieron a las guerras en Irak o Libia es contraproducente para sus economías.

Asegurar el oro negro

El petróleo es elemento central en cualquier cálculo sobre Irán. El país, tercer productor de gas natural y séptimo de petróleo, controla el estrecho de Ormuz, un estrecho paso por donde transita alrededor del 20% de la producción mundial de crudo. El régimen podría cortar el grifo si se siente amenazado, un riesgo que Estados Unidos quiere limitar. 

Al neutralizar Irán, Washington busca controlar las rutas de aprovisionamiento del golfo Pérsico. Además, dominar el corredor tiene un efecto adicional: China, principal comprador del petróleo iraní, se vería afectada por la interrupción del suministro de crudo barato. En un contexto de guerra comercial con Pekín, asestar un golpe a su aprovisionamiento de crudo es otro aliciente estratégico. 

Estados Unidos ya es un exportador neto de petróleo y Trump considera que el mercado energético juega a su favor, con una abundante oferta global de petróleo, un crecimiento moderado de la demanda y un aumento sostenido de la producción. De este modo, si consigue llevar a cabo una operación rápida, la perturbación del mercado podría mantenerse contenida sin que los costes inmediatos para los consumidores estadounidenses se disparen demasiado.  

Ante el pronóstico de un ataque, sin embargo, Irán ya ha anunciado que responderá a cualquier intervención estadounidense o israelí y una de sus bazas es el cierre de Ormuz. En las últimas semanas ya ha realizado maniobras militares en la zona. Mientras tanto, los rumores sobre un posible ataque ya ha provocado subidas en los mercados, alcanzando niveles similares a los del junio pasado, tras los bombardeos en la guerra de los doce días.

Por tanto, aunque el contexto actual de mercado ofrece cierto espacio a Estados Unidos para tolerar un aumento temporal del petróleo, cualquier escalada que afecte al suministro en el largo plazo supondría un riesgo tanto para la economía global como para la estabilidad política interna de Estados Unidos.

Mejorar su posición interna

Como ha ocurrido desde su vuelta a la Casa Blanca, la acción exterior de Trump en los últimos meses también persigue de fondo reforzar su posición doméstica y consolidar su liderazgo dentro del Partido Republicano.

De cara a las elecciones de medio mandato de noviembre, una intervención militar exitosa en Irán servirá para reforzar su autoridad, especialmente en un contexto interno marcado por polémicas como el caso Epstein, el despliegue de la Guardia Nacional en ciudades santuario y la brutal actuación del ICE en Minnesota. Derrotar o debilitar a la teocracia iraní permitiría a Trump presentar la campaña como un éxito ante sus votantes: eliminar la amenaza nuclear, fortalecer a Israel y replegar fuerzas en Oriente Próximo, alineándose con su discurso de centrarse en los intereses nacionales y evitar conflictos prolongados en el extranjero.

Ahora bien, el empuje interno puede resquebrajarse por completo si en vez de una operación rápida el ataque desata una guerra que se prolongue en el tiempo. Dentro del Partido Republicano ya existe reticencia a una nueva campaña en la región, y las experiencias de Irak o Afganistán siguen muy presentes en la política del país.

Por otra parte, la retórica del presidente desde enero ha disparado las expectativas sobre la magnitud de la intervención. Aceptar un acuerdo limitado o de mínimos reduciría su credibilidad, como ocurrió con las amenazas sobre Groenlandia. Y no actuar tras sus advertencias reforzaría la percepción de vulnerabilidad frente a aliados y adversarios internacionales.

Una oportunidad y muchos riesgos

Trump busca aprovechar una oportunidad estratégica difícilmente repetible: la debilidad interna del régimen iraní, su limitada capacidad de disuasión regional y el despliegue militar estadounidense crean un contexto en el que el presidente puede tener ventaja. 

Sin embargo, las condiciones que hicieron posible una intervención rápida en Venezuela no se repiten en Irán, un país mucho más preparado militarmente y con un aparato estatal sólido. Si la acción se prolonga dando lugar a una escalada progresiva, los beneficios para Trump caen en picado.

El riesgo más evidente es el energético. Una perturbación en el estrecho de Ormuz transformaría una operación militar concreta en una crisis económica global, con efectos directos sobre precios y una fuerte oposición dentro y fuera del país. Incluso los aliados de Estados Unidos muestran reservas: el Reino Unido, por ejemplo, ha bloqueado el uso de la base Diego García, situada en pleno océano Índico y tradicional punto de lanzamiento de ataques sobre Oriente Próximo, para un posible ataque sobre Irán. El ultimátum de diez días de Trump a Irán para desencallar la situación será la vara de medir para los próximos días, aunque el precedente de verano de 2025 muestra que los plazos se rompen rápidamente: esa vez, la moratoria de dos semanas nunca se respetó, y Estados Unidos tardó menos de 48 horas en bombardear el país.

Celia Hernando

Madrid, 2000. Graduada en Estudios Internacionales por la UAM y Máster en Geopolítica y Estudios estratégicos por la UC3M. Interesada en la geopolítica, la seguridad energética y el proceso de ampliación de la UE.

Jara Monter

Monzón, 2000. Graduada en Periodismo y Humanidades y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos, ambos por la UC3M. Interesada en la geopolítica, la seguridad, Oriente Próximo y la vinculación entre política, cultura y dinámicas sociales.