Irán está viviendo la oleada de protestas más multitudinarias desde 2022. Ese año, la muerte de la joven de 22 años Mahsa Amini, tras ser detenida por la Guardia Revolucionaria por no llevar correctamente el velo, desató una serie de protestas masivas que se extendieron por todo el país. Esta nueva serie de manifestaciones dura ya más de 15 días y se ha replicado por todo el país.
Aunque el detonante inicial ha sido el aumento del coste de vida y el empeoramiento de las condiciones económicas, las protestas se han transformado en demandas políticas más profundas, especialmente después de la fuerte represión ejercida por la Guardia Revolucionaria. Hasta la fecha, las organizaciones de derechos humanos han podido constatar 28 manifestantes asesinados entre el 28 de diciembre y el 3 de enero, aunque otras fuentes apuntan ya a cientos de ellos.
Así, las protestas se enmarcan en un contexto sociopolítico e histórico más amplio: el descontento generalizado de la población, ligado a décadas de represión brutal, múltiples crisis económicas y un régimen frágil y debilitado, especialmente tras el estallido de la guerra en Gaza en octubre de 2023. De hecho, el precio de los alimentos en Irán se ha triplicado en los últimos cuatro años y su moneda, el rial iraní, ha perdido tres cuartas partes de su valor.
¿Quién gobierna el país?
Tras la revolución de 1979, Irán se convirtió en una república islámica en la que el poder real reside en el líder supremo. Desde 1989, ese cargo lo ocupa Alí Jamenei. Aunque existen instituciones electas como el presidente y el parlamento, su influencia está limitada por el control del régimen sobre los candidatos y las leyes. El líder supremo es jefe de Estado, máximo líder religioso y militar y controla directamente órganos clave como el Consejo de Guardianes, la judicatura y el Consejo de Conveniencia, lo que le otorga un poder prácticamente absoluto.

Además, el régimen cuenta con la protección de la Guardia Revolucionaria, principal protagonista de la represión que ha vivido el país en los últimos días. Este cuerpo es una institución militar de Irán encargada de proteger el sistema de la revolución de 1979 contra cualquier amenaza externa e interna y asegurar la continuidad del régimen, y no responde ante el Gobierno iraní sino ante el líder supremo.
Como resultado, el gobierno electo liderado por Masoud Pezeshkian no puede frenar las decisiones del líder supremo, y la oposición política, incluyendo figuras en el exilio como Raza Pahlavi, hijo del último monarca iraní, carecen de poder real dentro del país.
Mientras las élites del régimen y las fuerzas de seguridad permanezcan cohesionadas, la República Islámica tiene capacidad para sobrevivir a las protestas mediante la represión, como ya ha demostrado en otras ocasiones.
Los Kurdos y el mapa étnico de Irán
Por otra parte, y aunque el régimen teocrático defienda un Irán homogéneo, la realidad es que el país es un mosaico étnico complejo: persas, azeríes, kurdos, luros, árabes y baluchíes conviven en distintas regiones, con religiones, lenguas y aspiraciones propias, muchas veces marginadas por el poder central.

Si bien las protestas que hoy sacuden el país se originaron en Teherán a raíz del cierre masivo de comercios en el Gran Bazar debido a la situación económica, pronto se han extendido por la mayoría del país y han sido respaldadas por minorías como la kurda, una de las más reprimidas por el régimen iraní. De hecho, Mahsa Amini, la mujer asesinada en 2022, era de origen kurdo.
Los kurdos son el pueblo sin Estado más grande del mundo, y se encuentran repartidos entre Irán, Irak, Siria y Turquía. La población kurda iraní se concentra especialmente en el noroeste, pero abarca las provincias de Azerbaiyán Occidental, Kurdistán, Kermanshah, Ilam y partes de Hamadan y Lorestán. En las movilizaciones de 2026, la represión volvió a concentrarse de forma significativa en esas regiones: de los 28 fallecidos confirmados hasta el 3 de enero, 13 se registraron en las provincias de Ilam y Lorestán.
Una potencia regional en decadencia
Gracias a su posición geográfica y sus recursos, Irán se ha erigido en una potencia en Oriente Próximo, donde es la gran excepción: en una región mayoritariamente árabe y suní,el país tiene una mayoría persa y chií.
Su territorio conecta rutas comerciales y da acceso al golfo Pérsico y al estrecho de Ormuz, donde se concentran dos tercios del petróleo mundial y un tercio del gas, incluidos los campos más grandes del planeta.

En este contexto, Irán aparece como el tercer productor mundial de gas y el séptimo de petróleo, aunque en reservas ocupa el segundo y cuarto puesto, lo que le da un peso enorme sobre los mercados energéticos.
Además de sus recursos naturales en forma de hidrocarburos, Irán también ha desarrollado en los últimos años un importante programa nuclear que ha despertado el recelo de la comunidad internacional. El programa quedó limitado temporalmente tras el acuerdo de 2015, pero se reactivó tras la retirada de Estados Unidos en 2018 —durante el primer mandato de Donald Trump— y la restauración de sanciones económicas. Aunque oficialmente está destinado a la energía civil, el enriquecimiento de uranio por parte de Teherán responde a fines de disuasión y negociación regional, especialmente frente a la presión de Israel.

El Estado hebreo, junto con Estados Unidos, es el gran enemigo histórico del Irán de los ayatolás. Frente a ellos, pero también ante Arabía Saudí, la otra potencia regional de mayoría suní, el régimen iraní tejió durante los últimos años una red de apoyo con milicias como Hezbolá, Hamás y los Hutíes, que, junto con otros regímenes afines como el de Bashar al Asad en Siria, conformaron el llamado Eje de la Resistencia, permitiéndole proyectar su poder geopolítico en la región.
Sin embargo, desde el comienzo de la guerra en Gaza, la escalada de tensiones en Oriente Próximo y la caída del régimen sirio a principios de 2025, esta alianza se encuentra muy debilitada.
La reconfiguración del poder en Oriente Próximo
El conflicto regional que atraviesa Oriente Próximo desde octubre de 2023 ha llevado al Irán de Jamenei a su momento más débil desde 2009. Además de los problemas internos, en los últimos dos años, las milicias aliadas —Hezbolá, Hamás y los hutíes de Yemen— han quedado devastadas frente a los ataques de Israel en la región.
Su programa nuclear se ha visto también afectado por los ataques israelíes, especialmente tras la llamada “guerra de los 12 días” en el verano de 2025 y que también contó con la participación de EE.UU.
Así, la nueva geopolítica de Oriente Próximo se caracteriza por un Irán cada vez más aislado, con una Siria en plena transición, una Arabia Saudí y una Turquía enfrentadas por la influencia regional y unos Emiratos Árabes Unidos cada vez más alineados con Israel y Estados Unidos. A ello se suma la cautela de aliados tradicionales de Irán, como Rusia y China, que priorizan sus propios intereses y evitan implicarse directamente en un nuevo conflicto regional.

Las sanciones económicas relacionadas con el programa nuclear, y en particular las impuestas por EE.UU. y Consejo de Seguridad de la ONU en septiembre de 2025, también agravan la situación, limitando la capacidad de maniobra interna y externa del régimen. Esto no ha hecho más que aumentar la presión sobre una población ya afectada por la inflación, el desempleo y la escasez de bienes básicos.
La presencia militar de EE.UU. en Oriente Próximo
A raíz de las protestas, Estados Unidos ha condenado firmemente los ataques contra los manifestantes y ha avisado que no descarta intervenir en el país. El régimen iraní ha asegurado que en ese caso responderá contra Israel y las bases estadounidenses en la región, acusando a las potencias extranjeras de orquestar las movilizaciones con el objetivo de desestabilizar al país.
No sería nada nuevo. EE.UU. cuenta con una fuerte presencia militar en Oriente Próximo. Son más de 40.000 efectivos repartidos en una decena de países del entorno, ya sea en bases permanentes, misiones, centros de soberanía compartida o infraestructuras de nueva construcción. El pasado junio, esta infraestructura le permitió llevar a cabo varios ataques aéreos contra Irán en el marco de la operación Martillo de Medianoche, un bombardeo sin precedentes contra tres instalaciones nucleares iraníes. Ante la escalada, Irán respondió atacando la base estadounidense de Al-Udeid, en Catar.

Si Donald Trump decide intervenir, lo más probable sería una operación similar a la del verano pasado, con ataques concretos contra objetivos estratégicos, como instalaciones o cuarteles de la Guardia Revolucionaria.
Sin embargo, una ofensiva militar contra Teherán podría ser contraproducente para Estados Unidos. La mayoría de los estadounidenses no aprueba nuevas guerras en Oriente Próximo y una acción militar podría provocar represalias contra las fuerzas aún desplegadas en la región.
Además, muchos de los activos del régimen iraní se encuentran en el corazón de los centros urbanos. Un ataque estadounidense podría tener un efecto disuasorio en las movilizaciones y suscitar el rechazo de parte de la sociedad iraní, que se opone a una intervención extranjera.
Aunque esté debilitado, el régimen sigue controlando un formidable aparato represivo y ha logrado superar protestas anteriores mediante la fuerza. Las movilizaciones de 2022 se sofocaron con un saldo de más de 500 muertos. Sin embargo, con una juventud que se ha distanciado del espíritu de la Revolución de 1979 y del islam político, nuevas movilizaciones son solo cuestión de tiempo.

