Entre las fronteras que marcan la convulsa actualidad de Oriente Próximo se erigen bases militares con bandera estadounidense. Puertos que buscan proteger los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb, instalaciones preparadas contra misiles balísticos, edificios de entrenamiento, defensa y proyección, y buques por todas las aguas de la región que Washington mantiene y amplía como piezas clave en su tablero de ajedrez.
EL DESPLIEGUE MILITAR DE ESTADOS UNIDOS EN ORIENTE PRÓXIMO
El despliegue militar de EE.UU. en Oriente Próximo

La gran potencia cuenta con despliegue militar en más de una decena de países en Oriente Próximo, ya sea en bases permanentes, misiones, centros de soberanía compartida o infraestructuras de nueva construcción. En total son entre 40.000 y 50.000 militares estadounidenses destinados en la región y desplegados en más de una veintena de bases militares, que se han convertido en objetivos potenciales tras la escalada en los ataques contra Irán.
Estados Unidos mantiene acuerdos de cooperación militar con estos países desde hace décadas. En su mayoría, se firmaron en torno a las guerras del Golfo, como son los casos de Kuwait y Baréin. De hecho, el acuerdo con Kuwait se firmó en 1991, tras la invasión del pequeño país por parte de Irak. Hoy en día Kuwait tiene el estatus de aliado principal no perteneciente a la OTAN, además de albergar numerosas bases permanentes y más de 13.000 militares estadounidenses.
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Por su parte, el ejército estadounidense opera en Baréin mediante el Acuerdo de Cooperación en materia de Defensa firmado en 1991, pero ya existía un acuerdo anterior y Washington mantenía presencia naval desde 1948. En la actualidad, el Estado insular acoge a la Quinta Flota de la Armada estadounidense, cuyo despliegue se encarga de patrullar las aguas del mar Arábigo con buques antiminas y buques de combate.
En cualquier caso, ni Kuwait ni Baréin fueron los primeros países en cooperar militarmente con Estados Unidos. Omán fue el primer país del golfo Pérsico en establecer una asociación explícita, firmando un acuerdo en 1980 que daba permiso a la potencia norteamericana para utilizar sus bases e instalaciones. Esta cooperación fue clave para las operaciones militares en Afganistán, pero desde entonces la presencia militar estadounidense en el país ha menguado y en la actualidad es muy limitada.
A pesar de su estrecha colaboración militar, quién tampoco acoge a un elevado número de tropas estadounidenses es Israel. Sólo un centenar de militares están destinados en el Estado hebreo y las instalaciones estadounidenses en el país se limitan a emplazamientos con radares antimisiles y a una base aérea construida en 2017. De manera similar ocurre con otros aliados importantes, como Egipto, en el que también hay en torno a un centenar de soldados estadounidenses y con el que la colaboración se enfoca más a la investigación.
En la vecina Siria, Estados Unidos instaló bases militares en zonas rebeldes opuestas al antiguo régimen de Bashar al Asad. Así, Siria es el único país con el que la cooperación militar no ha sido de la mano del Gobierno, sino sobre todo de fuerzas kurdas en su lucha contra Dáesh. Tanto en Siria como en Irak es posible que el ejército estadounidense ocupe instalaciones preexistentes o temporales no declaradas por motivos de seguridad.
Al otro lado del estrecho de Bab al Mandeb, Estados Unidos mantiene presencia en Yibuti desde 2003 y cuenta con acceso tanto al aeropuerto como al puerto desde la base de Camp Lemonnier. Esta es la única base militar con capacidad de combate que Washington mantiene en África, y se encuentra a escasos kilómetros de la única base militar que China tiene en el extranjero. La base de Yibuti es, además, clave en la proyección estadounidense hacia el continente africano y sobre todo hacia el mar Rojo: la parte de la región en la que Estados Unidos más ha utilizado e incrementado sus fuerzas en los últimos años.
Ya en 2023, Estados Unidos aumentó su presencia en la región. El objetivo era disuadir y derrotar a los actores que amenazan tanto a Israel como a la propia economía internacional, desde Irán, Hamás y Hezbolá hasta los hutíes en Yemen. Esto se ha traducido en más aviones de guerra, más buques y más armamento antimisiles para contribuir a la defensa de la Cúpula de Hierro israelí y a la navegación a través del mar Rojo. Pero también en mayores ataques contra las fuerzas estadounidenses, sobre todo perpetrados por los hutíes mediante aviones no tripulados y misiles.
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Siguiendo con esta tendencia, con la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca el número de ataques y operaciones ha incrementado considerablemente. Más allá de los bombardeos contra Irán el pasado junio —a los que Irán respondió atacando la mayor base estadounidense en la región: Al Udeid, en Catar—, el presidente estadounidense ha reconfigurado ese despliegue naval.
Trump ha aumentado la presencia de buques destructores en el Mediterráneo este, desplazado portaaviones desde Malaca hasta el mar Arábigo y lanzado la operación Rough Rider en el mar Rojo contra los hutíes en Yemen. Esta última, que presume de haber alcanzado un millar de objetivos hutíes, también ha provocado la muerte de más de 200 civiles yemeníes y de al menos otros 68 civiles migrantes provenientes del continente africano. Es decir, en dos meses de operación, ha superado las víctimas civiles que habían provocado los anteriores 23 años de acción militar estadounidense en Yemen.

