La caída del régimen de Bashar al Asad en Siria ha dado el pistoletazo de salida a una nueva carrera diplomática y geopolítica en Oriente Próximo. Antiguo miembro del Eje de la Resistencia comandado por Irán, el desmoronamiento del oficialismo sirio ha abierto una oportunidad para Turquía, Arabia Saudí o incluso Catar para capitalizar el vacío de poder y expandir su influencia por la región. Mientras, las guerras de Gaza y Líbano han debilitado aún más a los aliados del régimen iraní y han consolidado la proyección regional de Israel, que está masacrando población civil y bombardeando objetivos en todo Oriente Próximo sin encontrar una gran oposición por parte de sus vecinos.
De esta forma, la geopolítica de Oriente Próximo ha entrado en una nueva fase en la que el gran damnificado es Irán. La influencia de Teherán en la región se levantaba sobre su red de apoyo a grupos armados y milicias en Palestina, Irak, Líbano, Siria y Yemen. Posicionado como el estandarte antiisraelí y contrario a la presencia e intereses de Estados Unidos y Occidente, el Eje de la Resistencia ha sido el bastión de Irán en su intento de moldear Oriente Próximo a su imagen.
Sin embargo, Israel ha ido fracturando las piezas de esa alianza a medida que ha ido expandiendo sus frentes por el mapa. Con Hamás desgastado por la guerra de Gaza y sin sus dos principales líderes, un Hezbolá descabezado y de igual forma debilitado por la ofensiva de Israel en Líbano y una nueva Siria sin Asad capitaneada por los rebeldes, el Eje de la Resistencia ha perdido gran parte de su poder. Así, y aunque con capacidad de conservar todavía su influencia en Irak y Yemen, Irán se ha visto obligado a replegarse y adoptar un camino que parece conducir a la militarización nacional y la revisión de su doctrina nuclear.
La caída de la influencia de Irán ha ido de la mano con la consolidación de Israel como policía de Oriente Próximo y potencia militar. Desde que Hamás atentara en su territorio en octubre de 2023, Tel Aviv ha arrasado Gaza, invadido el sur de Líbano, bombardeado Yemen y penetrado en Siria desde los Altos del Golán. Todo ello bajo la mirada permisiva de su gran aliado Estados Unidos y la postura casi indiferente de los países árabes. La incursión en Líbano, los ataques en suelo iraní, la toma del monte Hermón en Siria y, sobre todo, la falta de reacción por parte de sus vecinos han puesto de manifiesto que la mano del Estado hebreo puede alcanzar cualquier rincón de Oriente Próximo.
En paralelo al conflicto entre Israel y el Eje de la Resistencia, Turquía ha ido afianzando su influencia más allá de su frontera sur, navegando una suerte de dualidad diplomática que por el momento le permite mantener un diálogo constructivo tanto con Rusia como con Estados Unidos y la Unión Europea.
De esta forma, la pertenencia de Turquía a la OTAN no ha sido impedimento para tenderle la mano a Moscú e incluso mediar en la guerra de Ucrania, convirtiéndose en un aliado necesario para un Putin que quiere salvaguardar sus bases militares en Siria, pero también para una Europa que ve en Ankara el puente de vuelta de los refugiados sirios.
Recep Tayyip Erdoğan, el presidente turco, quiere reconstruir la influencia de su país en lo que fue el Imperio otomano y convertir a Turquía en la potencia regional que haga contrapeso a Israel. En Siria, concretamente, ha sabido jugar sus cartas y ha apoyado firmemente la ofensiva rebelde que ha derrocado a Asad mientras aumenta la presión sobre los territorios kurdos del norte del país. Así, Ankara se ha asegurado un papel privilegiado en la mediación acerca del futuro de Siria con el resto de potencias regionales y en la política externa del nuevo Gobierno.
El mapa del Kurdistán: la reclamación del mayor pueblo sin Estado del mundo
Otro país que también ha sido muy hábil a la hora de jugar la carta diplomática ha sido Catar. El pequeño Estado del Golfo ha sido el principal mediador en la guerra de Gaza, aunque con una posición no del todo neutral. Catar no solo ha garantizado su apoyo constante a Palestina, dando además asilo a líderes de Hamás en su capital, sino que también ha mantenido relaciones con Irán, posicionándose como uno de los principales canales de diálogo entre este y Estados Unidos y Occidente.
En este sentido, el papel de Catar como mediador y el buen entendimiento del que goza con la mayoría de capitales de la región entronca con sus ingentes reservas de hidrocarburos y su proyección mediática —el canal de televisión Al Jazeera es propiedad de la familia real y el Gobierno—, activos que es capaz de transformar en poder blando y una agenda geopolítica propia.
Pero mientras que Catar se ha presentado como valedor de la causa palestina entre los países árabes, la posición de los demás ha destacado por su pasividad. Arabia Saudí, otra de las grandes potencias de la región, había iniciado un lento y cuidadoso proceso de normalización de sus relaciones con Israel impulsado por Estados Unidos. Sin embargo, este se ha visto truncado por la guerra al tener como condición para el reconocimiento del Estado hebreo una cláusula que Netanyahu no está dispuesto a aceptar: un Estado palestino.
Riad —reconciliada con Irán desde 2023— está marcando distancias con Estados Unidos en los últimos años, buscando siempre mantener alto el precio del petróleo y nutrir su cartera de clientes mientras trata de encontrar un difícil equilibrio entre Israel y los países árabes. Y con Turquía, Catar o Emiratos Árabes Unidos en claro auge, Arabia Saudí aboga por seguir disputando a Irán el liderato de la nueva geopolítica de Oriente Próximo y el mundo musulmán, una estrategia en la que Siria es ahora el gran botín en juego.
Estas nuevas dinámicas han dejado fuera a Egipto y Jordania, los dos Estados que más frontera comparten con Palestina e Israel. Los más de dos millones de palestinos desplazados y el nivel de destrucción que Israel ha llevado a cabo en Gaza se presentan como una nueva crisis de refugio a las puertas de ambos países. Ambos mantienen una postura similar a las monarquías del Golfo, abogando por el diálogo, la negociación y la diplomacia, pero por su posición geográfica han movilizado sus herramientas diplomáticas para intentar disuadir cualquier escenario de desplazamiento a sus territorios.
Egipto, que vive la peor situación económica de su historia reciente, es consciente de la presión que Israel —con el que mantiene un tratado de paz— está ejerciendo en el Sinaí, donde el Gobierno egipcio ha aumentado la presencia militar para cubrirse las espaldas. Así, con un ojo puesto en Gaza y otro en la nueva Siria, el presidente egipcio, Abdelfatá al Sisi, ha comenzado el 2025 intentando mantenerse al margen para evitar que los frentes abiertos de la región salpiquen dentro de sus fronteras.