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“Las monarquías del Golfo quieren que Israel destruya a Hamás, pero no pueden decirlo abiertamente. Lo piensan cuando se van a la cama por la noche, aunque digan lo contrario durante el día”. Esa frase del conocido analista estadounidense Robert Kaplan en una entrevista con El Orden Mundial resume muy bien la relativa equidistancia de Arabia Saudí, Catar, Baréin o Emiratos Árabes Unidos con la guerra en Gaza.
Estos países han condenado los ataques de Hamás, pero han sido menos contundentes al hacerlo con la ofensiva israelí, que ha dejado más de 37.000 palestinos muertos. De hecho, a raíz de la escalada entre Israel e Irán en abril, las monarquías árabes incluso se han acercado a Israel. En el fondo, temen la expansión de la influencia iraní a través de sus aliados, como Hamás y Hezbolá, y del propio conflicto en Oriente Próximo. Ahora éste apunta precisamente a una escalada en el sur de Líbano entre Hezbolá e Israel.
¿Qué quieren las monarquías del Golfo?
El mundo árabo-musulmán ha dejado de ser homogéneo frente al conflicto palestino-israelí. Muchos países siguen rechazando a Israel, comenzando por Irán y sus aliados chiíes. Sin embargo, otros lo han reconocido como Estado o han establecido contactos, incluyendo las monarquías del Golfo. Baréin y Emiratos reconocieron a Israel en 2020 con los acuerdos de Abraham, dando paso a una alianza que aislaba a Irán. Arabia Saudí y Catar se han acercado después. En septiembre de 2023 Arabia Saudí e Israel anunciaron un acuerdo inminente por el que establecerían relaciones, pero el ataque de Hamás y la respuesta israelí lo interrumpieron. Ya con el conflicto abierto en Gaza, Catar surgió como uno de los países mediadores.
En ese marco, las monarquías del Golfo tienen sus propios intereses. A Catar le interesa explotar el gas en la región, mientras que Baréin ha explorado acuerdos de libre comercio con Israel. Pero todas comparten la idea de debilitar a Irán en la región, algo que pasa por acabar con el control de Hamás en Gaza. Estas monarquías suníes siempre han tenido una postura crítica con la organización islamista. Además de ser chií, surgió escindida de los Hermanos Musulmanes, la cual Arabia Saudí y Emiratos consideran terrorista.
La última prueba para la relación de las monarquías del Golfo con Israel fue la escalada con Irán en abril. Como respuesta al bombardeo israelí contra la embajada iraní en Siria, Irán llevó a cabo su primer ataque de la historia sobre el suelo de Israel. El ataque con drones, misiles de crucero y misiles balísticos fue interceptado por el Estado hebreo con ayuda de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia e incluso Jordania. No obstante, Arabia Saudí y Emiratos también habrían ayudado aportándole información clave.
La lucha por la hegemonía regional
En el fondo del equilibrio de las monarquías del Golfo hay dos conflictos históricos por la hegemonía en Oriente Próximo. Uno es entre Irán y Arabia Saudí: la República Islámica es el máximo exponente del islam chií, y el reino saudí lo es del islam suní. En las últimas décadas, sus diferencias se han plasmado en conflictos en países vecinos donde han apoyado bandos opuestos. Los intereses comunes y la mediación de China les llevó a restablecer relaciones en 2023, pero siguen disputándose la influencia regional.
El otro conflicto histórico es entre Irán e Israel. El régimen de los ayatolás, instaurado en 1979, es contrario a la existencia del Estado hebreo, que a su vez considera a Teherán como una de sus amenazas principales. Por ello no tienen lazos diplomáticos. Por lo tanto, el acercamiento de las monarquías del Golfo a Israel le restaba influencia a Irán. A su vez, de ahí que Teherán celebrase los ataques contra Israel por parte de Hamás, uno de sus aliados principales. Desde entonces, la guerra en Gaza ha desestabilizado más la región.
Irán también ha aprovechado al resto de sus aliados en la región para hacer frente a Israel. Los rebeldes hutíes de Yemen, por un lado, optaron por lanzar ataques en el mar Rojo contra barcos de bandera occidental, interrumpiendo el transporte marítimo internacional. Hezbolá, por otro, ha intensificado su ofensiva contra Israel desde el inicio del conflicto en Gaza. Ahora la guerra podría expandirse al sur de Líbano, después de los ataques israelíes contra objetivos de Hezbolá y la amenaza de una nueva ofensiva.
Una posición incómoda
La posición de las monarquías árabes del Golfo ante la guerra en Gaza es la de un equilibrio incómodo. No se atreven a emitir duras críticas contra Israel por su ofensiva en Gaza, ya que perjudicaría sus propios intereses económicos más allá de que el acercamiento esté atravesando una etapa complicada. Pero tampoco pueden mostrar de forma explícita su deseo real de poner fin al control de Hamás en el territorio.
Para Arabia Saudí, Emiratos, Catar y Baréin, la principal preocupación es que la guerra se expanda por Oriente Próximo, involucrando cada vez a más actores. Fuera antes con Irán o ahora con Líbano, ello aumentaría la inestabilidad de la región y, por tanto, afectaría a sus intereses. Precisamente, uno de ellos es la reconstrucción de Gaza cuando acabe el conflicto. Arabia Saudí y Emiratos aspiran a liderar esa macrooperación, mientras que Catar pretende ampliar su explotación y control del gas en la región. Con esos objetivos, tanto Arabia Saudí como Catar han tratado de mediar o impulsar una solución al conflicto.
Desde entonces ha habido intentos de acuerdo, pero las monarquías del Golfo han perdido protagonismo. En febrero, varios países árabes mediados por Estados Unidos debatieron un plan que incluía un alto el fuego en Gaza, la liberación de los rehenes y el establecimiento de relaciones entre Israel y Arabia Saudí. Todo ello si el Estado hebreo se comprometía a sentar las bases para un Estado palestino. Ya en abril, Hamás propuso a Israel una tregua de cinco años a cambio de que aceptara la solución de dos Estados.
Finalmente, el Consejo de Seguridad de la ONU respaldó en junio una propuesta de alto el fuego de Estados Unidos. Las dos primeras propuestas se cayeron por el rechazo de Israel, mientras que la última está en el aire, según Tel Aviv, por objeciones de Hamás. Esta incertidumbre perjudica a las monarquías del Golfo, cuya influencia e intereses se verán perjudicados con una guerra duradera o expandida en la región.







