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“Nunca sería posible perdonar a Arabia Saudi”. El ayatolá Jomeini, líder supremo de Irán, parecía sentenciar las relaciones con sus vecinos. Eran los años ochenta y comenzaba una guerra fría por liderar Oriente Próximo y el mundo musulmán. El conflicto entre la República Islámica chií, que busca expandir su revolución, y la monarquía suní, hogar de las ciudades sagradas de La Meca y Medina, ha hecho temblar la región y amenazado la seguridad internacional. El tono subió hasta la ruptura de relaciones en 2016, tras la ejecución en Arabia del clérigo chií Nimr al Nimr y el asalto a la Embajada saudí en Teherán.
Sin embargo, todo cambió en marzo de 2023. Irán y Arabia Saudí acordaron restablecer relaciones tras más de dos años de negociación y bajo la mediación reciente de China, nueva potencia extranjera en la zona. También se comprometieron a cooperar en materia de seguridad, comercio o cultura en Oriente Próximo. El pacto, que incluye una invitación al presidente iraní Ebrahim Raisí a visitar Arabia, favorecería el fin de la guerra de Yemen o de las crisis políticas en Irak y Líbano, y reduciría la tensión en el estrecho de Ormuz.
Dos viejos rivales ante un mundo distinto
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