Arabia Saudí tampoco se ha librado de la guerra en Oriente Próximo. El conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán se ha extendido a la ofensiva israelí en Líbano y a los ataques iraníes al Golfo, y ha vuelto a intensificarse en la República Islámica y el estrecho de Ormuz. Como parte de esa escalada, los hutíes de Yemen lanzaron misiles el pasado 13 de junio contra Arabia Saudí tras acusar a Riad de haber bombardeado un aeropuerto bajo su control.
El reino saudí ya había sido blanco de ataques con drones iraníes en su territorio. Sin embargo, las consecuencias de estos ataques han sido mucho menos graves que en países vecinos, tanto a nivel de infraestructuras como de proyecciones económicas. Además de ese menor impacto, la guerra ha puesto de manifiesto una ventaja geográfica que Riad había subestimado durante años y, con ella, una oportunidad histórica: ocupar el liderazgo que sus rivales regionales están dejando vacante.
La burbuja del Golfo
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no tardó en extenderse más allá de la República Islámica. Los aeropuertos de Dubái y Abu Dabi fueron blanco de misiles y drones iraníes. En Baréin, una base militar estadounidense fue atacada directamente, con explosiones visibles desde la capital, Manama. En Kuwait, los ataques contra el aeropuerto internacional causaron varios heridos. Catar tampoco se libró, con explosiones en el cielo de Doha. A esto se sumó el cierre del estrecho de Ormuz, que interrumpió las exportaciones de petróleo de la gran mayoría de los países de la región y disparó los costes de exportación.
Con todo, lo que se derrumbó de fondo es más difícil de reconstruir: la imagen de estabilidad sobre la que estos países habían construido sus modelos económicos. Desde Emiratos Árabes Unidos hasta Catar, todos venían apostando por el turismo, las inversiones extranjeras y los grandes eventos para transformar sus ciudades en centros atractivos y lujosos y depender menos del petróleo. Esa imagen de lujo y seguridad ha quedado en entredicho por los ataques, y con ellos la confianza de los inversores extranjeros.
Arabia Saudí tampoco se libró. Pese a su neutralidad declarada, el territorio saudí se ha visto impactado por misiles iraníes. Como sus vecinos, el reino saudí depende de su imagen de país seguro y de la estabilidad regional para alcanzar los objetivos de diversificación y modernización de su proyecto Visión 2030. Su acercamiento a Estados Unidos, necesario para acceder a sistemas de defensa antimisiles, lo expuso también a los ataques de drones iraníes, comprometiendo el desarrollo y las inversiones a largo plazo.
Sin embargo, Arabia Saudí no se vio tan afectada por estos ataques como el resto del Golfo. La presencia de puertos e instalaciones energéticas en la costa occidental del país, así como el oleoducto Este-Oeste y los corredores de transporte por carretera y ferrocarril, dieron al reino la posibilidad de eludir el estrecho de Ormuz para transportar importantes flujos de petróleo y mercancías.
El resultado fue notable: las exportaciones de petróleo saudíes se mantuvieron en mayo entre el 60% y el 70% de sus niveles anteriores a la guerra, frente a una caída del 80% en Irak o del 60% en Kuwait. Además, el precio del barril, que rozaba los 120 dólares —el doble de antes del conflicto—, le permitió una mayor resiliencia que a sus vecinos. Con todo ello, el reino saudí consiguió proyectar mayor estabilidad.
Una posición de fuerza
Esa resiliencia tiene una explicación tanto geográfica como política. La geográfica es que Arabia Saudí se ha convertido en la gran alternativa al bloqueo del estrecho de Ormuz. China importa un 40-45% de su petróleo a través del estrecho de Ormuz, y otros países como Japón e India también canalizan buena parte de sus compras de crudo por esta vía. Por eso, cuando el estrecho quedó bloqueado, estos países —y muchos otros que dependen de las exportaciones de la región— encontraron en el reino saudí su alternativa a gran escala. El oleoducto Este-Oeste, que conecta los yacimientos petrolíferos del Golfo con el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, se convirtió en la única vía capaz de mantener el suministro energético mundial.
Esta alternativa no compensó toda la pérdida de flujo respecto a antes de la guerra, pero las exportaciones saudíes sólo cayeron un 25%, una cifra muy inferior a la de sus vecinos. Esta resiliencia revela una oportunidad para Arabia Saudí: la diversificación de sus puntos de exportación, gracias a su ventaja geográfica y a una infraestructura ya existente, tiene el potencial de convertirlo en un centro logístico seguro para la región. Esa oportunidad no es pasajera. Mientras persista la amenaza iraní sobre el paso libre de Ormuz, el mundo seguirá teniendo interés en apoyarse en Arabia Saudí para no volver a correr el riesgo vivido durante la guerra, un incentivo que el reino podrá capitalizar reforzando esa infraestructura.

La otra ventaja de Arabia Saudí es política. Cuando Washington y Tel Aviv le presionaron para que se decantara por un bando, dando a entender que todos eran aliados contra el régimen iraní, Riad pudo resistirse. Ese margen de maniobra es el resultado de una diversificación diplomática llevada a cabo en la última década: alianzas con China y las potencias asiáticas, vínculos más flexibles, acercamientos con países hasta entonces hostiles, y un papel como mediador en conflictos regionales. Esa autonomía hoy le permite no depender de un bando en particular, y no pagar un precio tan alto por los impactos de la guerra.
Mientras el resto del Golfo, también golpeado por la guerra, no recibió un apoyo real de Estados Unidos, Arabia Saudí pudo elegir. El propio ministro de Exteriores saudí lo resumió en abril: “Nuestros intereses están en Occidente, pero también los encontramos en Oriente”. Riad sigue necesitando a Washington para sus sistemas de defensa antimisiles, pero eso no le impide jugar la carta de la ambivalencia y negarse a seguir a Occidente en una guerra contraria a su interés principal: la estabilidad. No aliarse no significa oponerse, y la posición que Arabia Saudí se ha construido de manera independiente sin ser hostil.
Un vacío por llenar
La guerra, además, debilitó a varios actores regionales al mismo tiempo, abriendo una ventana de oportunidad para que Arabia Saudí ocupe ese nuevo vacío. Israel, militarmente dominante pero cada vez más aislado diplomáticamente, está encerrado en una lógica de conflictos sin fin. A esto se suma una creciente tensión con la Administración Trump, que ha intentado frenar las operaciones militares israelíes.
Estados Unidos, por su parte, inició una guerra con repercusiones regionales sin consultar a sus aliados del Golfo, pese a la importancia que estos conceden a la estabilidad. Washington no les ayudó cuando eran blanco de misiles y drones iraníes, comprometiendo su imagen de garante de seguridad como pilar de esas relaciones. Esa pasividad pone en riesgo unas alianzas históricas que ya no se dan por sentadas.
Irán, el enemigo por excelencia, está en crisis tras los ataques estadounidenses e israelíes en su territorio. Su recuperación tomará tiempo, tiempo que Arabia Saudí puede aprovechar para avanzar hacia el liderazgo regional. Por último está Emiratos, el principal rival saudí en el Golfo, que se neutralizó a sí mismo: abandonó la OPEP en abril, acumula tensiones con Riad y se alineó con Israel a contracorriente de la región. Así, por primera vez en décadas, el centro de gravedad en Oriente Próximo está vacante, y Arabia Saudí reúne el peso económico, la autonomía diplomática y la posición geográfica como para ocuparlo.
Tres pasos hacia el liderazgo saudí
Arabia Saudí ha sido un ganador de esta guerra sin combatirla, pero convertir una victoria silenciosa en liderazgo regional exige acciones que todavía no ha tomado. El primer paso es político. Estados Unidos e Israel se han convertido en actores dispuestos a interrumpir la estabilidad de Oriente Próximo con tal de cumplir sus intereses, lo cual va contra los intereses saudíes. La respuesta de Riad no será una ruptura con Washington, sino una redefinición de la alianza, apoyándose en la estrategia del multialineamiento, que tendrá que reforzar. Esa autonomía es la base de su posición de fuerza, y sólo se mantendrá si la ejerce.
El segundo paso es físico. Irán está debilitado, pero no eliminado, y Teherán sabe dónde golpear: cerrar el estrecho de Ormuz y atacar a las infraestructuras energéticas de los países de la región. La ventaja geográfica que salvó a Arabia Saudí durante la guerra no es permanente por sí sola: exige inversión para reforzar su seguridad y su eficiencia. El reino tendrá que invertir en su costa oeste, blindar sus infraestructuras críticas y garantizar su seguridad marítima. El tercer paso es asumir el vacío que dejan los demás: el centro de gravedad regional, hoy vacante, abre una puerta de oportunidad, y Arabia Saudí tendrá que construir ese liderazgo con la misma rapidez con la que sus rivales lo están perdiendo.
Para ampliar:
El reino de Arabia Saudí y la hegemonía de Oriente Medio, de David Hernández Martínez (Catarata)

Este libro no sólo repasa la historia de Arabia Saudí, bajo control de la Casa de Saúd desde 1932, sino que analiza su evolución para comprender mejor el mundo árabe y musulman de las últimas décadas. David Hernández, investigador y colaborador de El Orden Mundial, muestra el panorama del país y de la región, y cómo las políticas del reino impactan tanto en su propia pervivencia como en su peso internacional.