“Al pueblo de Irán, la hora de la libertad está cerca. Cuando hayamos acabado, el gobierno será vuestro para tomarlo”. Las palabras de Donald Trump anunciando en la mañana del 28 de febrero una operación militar a gran escala contra Irán dejan claro que, a diferencia del año pasado, en esta ocasión Estado Unidos no solo busca acabar el programa nuclear persa. El objetivo es un cambio de régimen: en apenas 24 horas, el ataque ha matado, al menos, a siete de los cargos más importantes del país, incluido el líder supremo Alí Jamenei, el ministro de Defensa y el Comandante de la Guardia Revolucionaria.
En su discurso, el presidente estadounidense presentó a Irán como un enemigo existencial de Estados Unidos, remontándose a la toma de rehenes de 1979 durante la Revolución iraní y mencionando casi de pasada los atentados de Hamás de octubre de 2023 y el conflicto regional que siguió desde ese momento. Trump confirmó que los ataques buscan borrar “su industria armamentística, aniquilar su marina y asegurar que sus proxies terroristas no puedan desestabilizar la región”, al mismo tiempo que ofrecía una amnistía a los militares iraníes que depusieran las armas.
De producirse la caída de la que ha sido durante décadas una de las principales potencias regionales, Trump estará redibujando para siempre el mapa político de Oriente Próximo. En realidad, se trata de una reconfiguración que llevaba gestándose desde 2023, con el desmembramiento de tres de los cinco principales integrantes del Eje de la Resistencia —Hamás, Hezbolá, y el régimen sirio de Bashar al Asad— a manos de Israel y las dos rondas anteriores de ataques contra Irán en 2024 y junio de 2025.
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