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Después de unas declaraciones que parecían sugerir lo contrario, finalmente Irán respondió con fuerza a las provocaciones de Israel. El régimen iraní no había atacado después del asesinato del líder de Hamás el pasado julio, pero la muerte del líder de Hezbolá y la invasión israelí de Líbano han forzado a Teherán a responder con un nuevo bombardeo con misiles sobre territorio israelí. El primero de la historia lo había llevado a cabo en abril, después del ataque de Israel al consulado iraní en Damasco.
Irán no tenía mucha más opción: con Hamás y Hezbolá debilitadas, la inacción hubiera sido un golpe fatal para el Eje de la Resistencia, que conforman junto el resto de aliados chiíes que tampoco han respondido. Pero no está claro que haya acertado. Israel tiene ahora el pretexto perfecto para volver a golpear suelo iraní, y hace seis meses ya demostró que puede destruir sus defensas aéreas. Es posible que el Estado hebreo ataque las infraestructuras petroleras o incluso las nucleares, mientras el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu apunta en su discurso a un cambio de régimen en Irán.
El fracaso de la “paciencia estratégica” de Irán
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