“Esta guerra lleva tanto tiempo que incluso en algunas partes de Ucrania la gente se siente alejada de ella”. A Veronika Velch (Ivano-Frankivsk, 1987) no deja de sorprenderle cómo influye la cotidianidad de la guerra en las personas, pero no solo en el día a día de un ciudadano que normaliza ir al trabajo bajo el sonido de una sirena antiaérea. También fuera de sus fronteras, donde descubre con inquietud que una parte del mundo piensa que la guerra que vive su país desde hace cuatro años y medio ya ha terminado.
La militarización del mundo y el aumento de los conflictos armados han desplazado el interés por la invasión rusa de Ucrania. Por ello, organizaciones como Amnistía Internacional siguen documentando los crímenes y violaciones de derechos humanos que se cometen en un país donde el uso de los misiles y los drones elevan a diario el número de civiles muertos. Una cifra que supera las 16.400 y que el pasado julio registró el mayor número de muertes desde abril de 2022.
Velch es directora de Amnistía Internacional en Ucrania desde abril de 2024. Abogada y doctora en Relaciones Internacionales, esta defensora ucraniana de los derechos humanos y experta en comunicación de crisis trabajó antes en grupos de presión en Washington para mejorar el suministro de ayuda y armamento a Kiev. Además, fue parte de la estrategia comunicativa que consiguió la liberación del exmarine estadounidense Paul Whelan, encarcelado en Rusia acusado de ser un espía y que en 2024 fue parte del intercambio de prisioneros más numeroso desde la Guerra Fría. En la actualidad, lidera a un equipo de Amnistía Internacional que trabaja documentando crímenes y elaborando informes que sirvan para denunciar lo que ha supuesto esta guerra para su país y el mundo.
¿Cómo trabaja Amnistía Internacional para documentar violaciones de derechos humanos o crímenes de guerra?
En el ámbito de los derechos humanos tienes que trabajar sobre el terreno, compartir la misma experiencia y ser testigo de lo que ocurre para entender hacia dónde avanzar. En la sección de Ucrania de Amnistía Internacional trabajamos en dos frentes: documentar los crímenes de guerra y preservar los mecanismos democráticos del Estado de derecho.
Cuando ocurre algo tenemos que ir al lugar donde sucedió, buscar a las personas, recopilar su información y documentar su experiencia. Después el proceso se vuelve todavía más riguroso. Por ejemplo, cuando ves en las noticias que un jardín de infancia de Járkov ha sido impactado, en Ucrania puede salir la noticia de que se trataba de un arma rusa, pero si eres una organización internacional tienes que demostrarlo. Tenemos que ir allí, hablar con los padres, hablar con determinados organismos en Kiev y verificarlo mediante pruebas digitales, reconstruyendo, por ejemplo, cómo se desplazó el misil. Solo después podemos afirmar con credibilidad que ese lugar fue alcanzado por un misil ruso. De lo contrario, nuestro valor añadido sería muy limitado.
Trabajamos sobre muchos temas. Por ejemplo, el año pasado tuvimos un proyecto sobre los niños ucranianos que han muerto en la guerra. Es algo muy duro porque, aunque para muchos son números, cuando tienes que hablar con una familia cuyos hijos han sido asesinados les haces volver a experimentar lo ocurrido, pero para documentarlo es la única manera. Por supuesto, existen normas, protocolos y metodologías que hay que seguir para ser objetivos y no traumatizar de nuevo a una persona.
¿Qué diferencias han visto entre las violaciones de derechos humanos en Ucrania y en otros países?
Esta es una guerra nueva y, por desgracia, evoluciona constantemente. Por un lado, están los misiles balísticos. Por otro, están los drones y su nivel de uso, que es aterrador, porque están directamente relacionados con el uso de la inteligencia artificial en el campo de batalla. Los drones combinados con misiles balísticos son extremadamente peligrosos.
Tenemos regiones, por ejemplo, cerca de Jersón o Zaporiyia, donde hay vídeos aterradores en los que un dron intenta alcanzar a un niño que está jugando en un parque y lo persigue hasta estallar. Cuando ves eso entiendes que hay una persona controlando ese dron en ese momento, intentando matar a un niño o un civil. Rusia está llevando a cabo un safari humano con drones contra personas, y el uso de drones va a desempeñar un papel fundamental en el futuro porque están en todas partes.
¿Cómo se investigan los crímenes cometidos con un dron?
Es muy difícil. Podemos rastrearlo y observar lo que ha pasado, pero no podemos deducir directamente lo que ocurrió. Por ejemplo: a veces vemos que una persona está atravesando un territorio ucraniano para intentar escapar y es alcanzada. En esos casos normalmente es un dron ruso operando en Ucrania, pero también tendríamos que plantear si pudo ser un ataque ucraniano. En el ámbito de los derechos humanos a veces hay que hacer todo tipo de suposiciones, incluso las más duras. Aunque otras es cuestión de sumar dos y dos. También existen diferentes técnicas y sistemas de seguimiento de los operadores rusos. Además, hay vídeos que publican rusos como logros en sus canales de Telegram que facilitan el trabajo.
“En el ámbito de los derechos humanos intentamos evitar usar la palabra ‘genocidio’, pero realmente estamos viendo uno”
¿Por qué se ha perdido el miedo a compartir este tipo de crímenes por redes sociales?
Porque se sienten orgullosos de ello y existe un odio enorme hacia los ucranianos. Es un crimen de odio. En el ámbito de los derechos humanos intentamos evitar usar la palabra “genocidio”, pero realmente estamos viendo un tipo de genocidio. A veces es sencillo para la policía o los servicios de inteligencia ucranianos encontrar información sobre ellos. Puedes simplemente abrir un canal ruso de Telegram y encontrarte con alguien diciendo: “Mira, acabo de matar a esta persona”.
¿Cómo se convive con la presencia permanente de esa amenaza?
Es algo completamente surrealista, pero la vida normal continúa. A veces llevo a mis hijos al colegio y al pasar por un puente hay una brigada intentando derribar un dron. O pensemos en el invierno, que es un buen ejemplo de cómo está cambiando la guerra en Ucrania. Rusia ha empezado a crear un sistema destinado a hacer que la vida de los civiles ucranianos sea tan miserable que lleguen a morir de frío. Ya tuvimos un invierno así el año pasado y este esperamos que vuelva a ocurrir, porque Rusia está atacando con drones y misiles el sistema energético ucraniano y las instalaciones de combustible.
El invierno en Ucrania es muy duro. No tienes calefacción; no tienes agua; ni siquiera puedes tirar de la cadena del váter; tienes dos perros y tienes que sacarlos dos veces al día; no hay ascensor; sales a la calle y no funcionan los semáforos. Eso es el tipo de miseria que Rusia está intentando provocar, aumentando el sufrimiento de los civiles y atacándolos directamente. Hace unos años atacaron guarderías y hospitales infantiles donde se estaban realizando operaciones. El patrón es muy claro.
Ahora mismo, incluso vivir en Kiev es complicado porque la ciudad se ha convertido en uno de los principales objetivos. Siempre ha sido un símbolo para ellos y cada dos noches se producen enormes ataques con misiles balísticos. Aunque un dron puede impactar contra algo y explotar, el daño es más limitado. El año pasado un dron alcanzó el colegio de mi hijo, explotó y fue grave, pero tuvimos suerte: los niños no estaban allí. Cuando se trata de un misil balístico, no puedes hacer gran cosa. Solo ir a un refugio y esperar.
¿Cuentan con datos sobre cómo ha afectado a los civiles este conflicto?
Desde febrero de 2022 hemos documentado alrededor de 16.400 civiles muertos y 48.600 heridos. Esto incluye a unos ochocientos niños muertos y trescientos heridos. Solo durante los últimos seis meses de este año han muerto 1.396 civiles y han resultado heridas 7.978 personas, un aumento del 37% respecto al mismo periodo de 2025. En julio de 2026 registramos el mayor número de civiles muertos desde abril de 2022. Ha aumentado un 114%, y esto se debe a los misiles balísticos, porque impactan contra edificios residenciales, lo que provoca que se derrumben y muera la mayoría de personas que viven ahí.
Una vez Amnistía Internacional hace una denuncia pública, ¿cómo consiguen que esos informes terminen con una denuncia judicial efectiva?
El problema de todo esto es que recopilamos información e investigaciones, pero la justicia llega con mucho retraso. Hasta que no exista un mecanismo judicial con su propio tribunal es muy complicado. Para nosotros no se trata de documentar cada una de las historias individuales, que sería imposible, sino recopilar una enorme cantidad de datos y demostrar que existe un patrón, un enfoque sistemático en los crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos por Rusia. Ese es nuestro valor añadido.
Ahora mismo gran parte de nuestro trabajo es de defensa y concienciación. No pedimos armas, por supuesto, pero nuestros informes a veces sirven de base para quienes piden que se ayude a Ucrania a defenderse. Lo que documentamos en nuestros informes puede convertirse en una base para las investigaciones futuras. En el presente podemos intercambiar información con la Fiscalía General de Ucrania, que tiene sus propios casos.
Luego está la Corte Penal Internacional, con la que podemos compartir informes. Necesitamos empezar a ver que las personas que ya tienen órdenes internacionales de arresto son detenidas y llevadas ante la justicia. Hubo nazis que intentaron escapar y esconderse y al final fueron encontrados. O casos de Yugoslavia treinta años después. Llevó tiempo en algunas ocasiones, pero cuando llegue, tenemos que estar preparados.
Una de esas personas con orden de captura de la Corte Penal Internacional es Vladímir Putin, pero difícilmente va a comparecer. Además, hoy Estados Unidos lidera un boicot contra el organismo que ha agravado la crisis del derecho internacional. ¿Puede haber justicia a través de los mecanismos actuales?
El problema es que el sistema que tenemos fue diseñado después de la Segunda Guerra Mundial. Está lejos de ser perfecto, pero imagina que decidimos que ya no funciona, que está roto. Entonces, ¿quién crearía uno nuevo? Los más poderosos. ¿Quién estaría en esa mesa? ¿Donald Trump? ¿Netanyahu? ¿Probablemente Putin?, porque son los más fuertes. ¿Crees que permitirían que Ucrania se sentara en esa mesa? Cuando uno de los Estados más poderosos viola las normas, todo se viene abajo. Y ahora todo se está viniendo abajo.
Pero no estamos en condiciones de cambiar el sistema. Estamos en condiciones de mantener lo que tenemos, intentar estabilizarlo y después buscar una solución. Es como un paciente inestable al que estamos intentando mantener con vida. Si dejamos de hacer todo eso, morirá. Pero eso no significa que podamos reanimarlo cuando tengamos unas condiciones mejores. Lo que necesita el sistema que tenemos ahora mismo es la voluntad de las personas, y esa voluntad no existe en un mundo en el que hay cada vez más guerras.
El año pasado el fiscal general de Rusia prohibió a Amnistía Internacional, calificándola de “organización indeseable”. ¿Cómo investigan lo que ocurre cuando un país toma una decisión así y les prohíbe acceder, por ejemplo, a los territorios ocupados en Ucrania?
Separaría Rusia de los territorios ocupados. Rusia es una historia diferente, pero los territorios ocupados los tratamos como el resto de Ucrania y trabajamos en ellos. Es la parte más difícil porque tenemos que encontrar el equilibrio adecuado entre no poner a nadie en peligro y conseguir información. Por ejemplo, en Crimea todavía hay gente dispuesta a hablar incluso corriendo riesgos. Hay personas también que se reúnen con nosotros en un tercer territorio. Otras que, cuando investigamos el adoctrinamiento de los niños ucranianos y de los profesores, consiguen hacer fotos de los libros o de los nuevos planes de estudio.
El mundo digital también nos ayuda mucho. Por ejemplo, hay personas que han acudido a nosotros y nos han dicho: “Tengo una propiedad en una zona de Donetsk y ahora veo que la están vendiendo por internet”. Hay muchos casos así. La ocupación es simplemente otra forma de guerra. Nosotros nunca les animamos a entregarnos información, pero muchos lo hacen y tenemos que protegerlos, en especial a los civiles y los prisioneros de guerra.
“Prácticamente el 100% de los prisioneros de guerra ucranianos que han regresado han sido torturados de alguna forma, incluida la incomunicación”
¿Cómo ha sido el trato de los prisioneros de guerra en este conflicto?
El año pasado trabajamos en un gran informe sobre el trato que reciben los prisioneros de guerra ucranianos en cautividad rusa. Prácticamente el 100% de los que han regresado han sido torturados de alguna forma, incluida la incomunicación. Algunas de estas prácticas pueden constituir crímenes de guerra o de lesa humanidad, como las ejecuciones. Podemos trabajar con una amplia base de datos porque los intercambios de prisioneros se producen con regularidad y accedemos a esas personas justo después de que salgan de cautividad.
También visitamos las colonias penales donde están recluidos los prisioneros de guerra rusos capturados en Ucrania, donde hay un lugar específico para los extranjeros procedentes de todo tipo de lugares: Brasil, Guatemala, Sri Lanka, Bangladesh, Ghana… Son personas que se unieron a las Fuerzas Armadas rusas, fueron capturados y ahora están atrapados en Ucrania. Hay personas que no se incorporaron al ejército ruso por motivos militares, sino que estaban descontentos en sus países, Rusia les daba un visado, firmaron para trabajar como constructores, por ejemplo, y terminaron en el frente. Muchos llevan años cautivos.
¿No son reclamados por sus países?
Muchos quedan en un limbo. Hace algún tiempo empezamos a enviar cartas a las embajadas y la mayoría no reaccionaron. Tenemos acceso a estas personas para controlar el trato que tienen, y es el adecuado que corresponde en una colonia penal. Cuando hablas con ellos y comparten sus historias, algunas veces te conmueve lo que escuchas, porque entiendes que estas personas viven así por motivos económicos. Tienen hijos en sus países de origen a los que quizá nunca vuelvan a ver. No quieren volver a Rusia porque podrían terminar muertos, pero tampoco pueden volver a su país aunque quisieran porque podrían acabar en prisión por ser considerados mercenarios o haber ingresado al ejército de un país que ha iniciado una guerra de agresión. Toda esta situación demuestra cómo está conectado el mundo.
De hecho, en su última visita a la Casa Blanca, Volodímir Zelenski le ofreció a Trump la tecnología de drones ucraniana para el conflicto con Irán a cambio de más misiles Patriots. ¿Cómo ha impactado en la guerra en Ucrania la aparición de otros conflictos?
De manera profunda. Los medios y sistemas de defensa aérea están disminuyendo porque Estados Unidos los necesita en Oriente Próximo para derribar drones iraníes. Pero con estos nuevos conflictos por todo el mundo, Ucrania sabe cómo librar la guerra moderna y por tanto se vuelve más necesaria que nunca. Ha aumentado el valor de su potencial militar, sus capacidades y sus conocimientos, lo que ayuda a transformar su posición: de ser un objeto a también un sujeto de la política internacional. La gente dice: “Los ucranianos saben cómo luchar, han recibido formación y tienen tecnología”. Ucrania es ahora un gran centro militar y dispone de mucha tecnología defensiva que fue creada para defender a su población.
“Ucrania está en una situación muy mala: por los bombardeos rusos, por el apoyo de Corea del Norte y por la escasez de sistemas de defensa aérea”
El ejército ucraniano atacó en julio un buque de carga comercial iraní en el mar Caspio al que acusó de transportar equipo militar a Rusia, e Irán prometió represalias. ¿Puede la relación entre ambos conflictos empeorar la conflictividad internacional?
Sí. De hecho ya está empeorando y demuestra cómo evoluciona la guerra. La cuestión es cómo ayuda Estados Unidos a Ucrania. Ahora mismo el país está en una situación muy mala: por los bombardeos rusos, por el apoyo de Corea del Norte y por la escasez de sistemas de defensa aérea y la falta de voluntad para compartirlos. Estamos en una fase de la guerra en la que Rusia recibe de Corea del Norte una enorme cantidad de misiles, mientras que Ucrania no puede igualar esa capacidad con sus sistemas de defensa aérea. Esto se debe a que Estados Unidos tiene sus propias necesidades militares y Europa está cada vez más preocupada, especialmente después de que un misil ruso cayera en Polonia.
Desde el comienzo de la guerra, e incluso antes del cargo que ostenta ahora, usted ha tratado de construir vínculos entre Washington y Kiev. La relación entre ambos países ha pasado por muchos altibajos durante estos años. ¿Cómo la describiría ahora?
En las relaciones internacionales siempre hay altibajos. Creo que las relaciones entre Ucrania y Estados Unidos son más estables que hace un año. Para Ucrania fue un jarro de agua fría cuando se percibió que no recibiría el mismo nivel de apoyo que antes, pero incluso eso provocó que Europa se uniera más y que Ucrania empezara a producir sus propias armas y a desarrollar su propia defensa.
Cuando Putin visitó Alaska [en agosto de 2025], sentí que se me partía el corazón. No podía imaginarme aquello. Tiene una orden de arresto de la Corte Penal Internacional y, aun así, estaba caminando por una alfombra roja en Estados Unidos. Pero es un país independiente y puede hacer lo que quiera. Fue difícil cambiar esa perspectiva y no considerar a nadie un traidor. Cada país tiene sus propios intereses, pero Ucrania interesa al mundo democrático: que sea estable, que pueda mantenerse y que sobreviva a esta guerra.
¿Está Washington haciendo lo suficiente para ello?
Estados Unidos sigue, de alguna manera, comprometido con ayudar a Ucrania. Quizás no con la misma intensidad, pero sigue existiendo un sector de las élites que tiene muy claro que Rusia y su régimen autoritario constituye una enorme amenaza incluso para los intereses nacionales. Y no van a ignorarlo aunque la maquinaria de propaganda rusa funciona en todas partes.
Con esta situación en el terreno y en los despachos, ¿hay posibilidad de que se reactive la vía de la negociación entre Rusia y Ucrania a medio plazo?
A menos de que cambie algo sustancial, yo no veo esa posibilidad en los próximos dos años. Se acercan los meses de invierno, así que hasta el próximo verano no creo que vaya a ocurrir nada. Rusia intentará congelar a Ucrania y quebrar su voluntad. Los ucranianos resistirán y no se rendirán, pero el problema es que van a morir muchas personas inocentes. Todo esto es absurdo.
¿Imagina algún final al conflicto?
En algún momento podría producirse una congelación temporal, pero Ucrania va a seguir luchando durante mucho tiempo y probablemente otros países acabarán involucrándose. No estoy hablando necesariamente de la OTAN, pero esto es muy sencillo: cuando tienes un abusón en el colegio y no consigues detenerlo, mañana habrá otros dos. Los ucranianos están resistiendo con mucha fuerza, y eso está provocando la militarización del mundo. Las personas que viven en guerra son las más contrarias a ella y ojalá todo fuera diferente y pudiéramos cómo mejorar la educación o el sistema sanitario, pero por desgracia vivimos en un mundo en el que tenemos que fabricar armas y salir a matarnos unos a otros.