Lo que los drones de Ucrania nos alertan del futuro de la guerra

Ucrania destruyó bombarderos rusos estratégicos usando drones kamikaze. No fue el primer ataque de este tipo, pero sí un moderno “David contra Goliat” encubierto y a gran escala. El mundo toma nota: las tácticas ‘low cost’ eficientes pueden equilibrar la balanza para Estados y actores menos poderosos.
GeopolíticaRusia y espacio postsoviético
Lo que los drones de Ucrania nos alertan del futuro de la guerra
Soldados ucranianos prueban un dron FPV en julio de 2023. Fuente: Armyinfo (Wikimedia Commons)

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El pasado 1 de junio parecía un domingo cualquiera en el pequeño pueblo ruso de Novomal’tinsk. Ubicado en Siberia y con poco más de mil habitantes, las temperaturas empiezan a mejorar de cara al principio del verano. La invasión rusa de Ucrania sigue su curso a miles de kilómetros, pero el zumbido de un dron volando a toda velocidad lleva la guerra hacia la cercana base aérea de Belaya. Le siguen varios más, mientras que una serie de explosiones y cortinas de humo negro suman a la confusión. 

La base está bajo ataque y no es un caso aislado. En otras zonas de Rusia se reciben las mismas alarmas: enjambres de drones FPV (first person view o teledirigidos con visión remota)  salidos aparentemente de la nada y cargados con explosivos se han lanzado contra aparatos de la aviación rusa estacionados. Horas después, Ucrania se atribuye el ataque y revela el nombre de la operación: Telaraña. El presidente Volodímir Zelenski la celebra como  “absolutamente brillante”.

Los camiones de Troya

El ataque se preparó durante un año y medio, según los Servicios de Seguridad de Ucrania (SBU, por sus siglas en ucraniano). Un total de 117 drones fueron introducidos de contrabando en Rusia, escondidos en estructuras de madera hechas a medida y cargados en falsos techos de contenedores de mercancías. Una vez cargados, fueron llevados y aparcados en lugares designados por conductores que pensaban llevar material de construcción. Todos ellos trabajaban para un empresario de origen ucraniano residente en Rusia que ahora está en busca y captura. Una vez en posición, los techos de los contenedores se abrieron a distancia y se lanzaron los drones por control remoto contra cuatro bases aéreas a cientos o miles de kilómetros del frente de batalla: Diáguilevo, Ivánovo, Olenya y Belaya. Los objetivos: superbombarderos con capacidad nuclear, algunos de ellos utilizados para atacar ciudades ucranianas con misiles de crucero.

Según el SBU, fueron alcanzados 41 aviones, lo que representa el 34% de la flota de bombardeo rusa de largo alcance. Las impresionantes grabaciones de los drones corroboran numerosos impactos, aunque el grado de destrucción es difícil de determinar. No obstante, analistas de inteligencia de fuentes abiertas (OSINT) han confirmado con imágenes satelitales que al menos doce aparatos han sido destruidos y varios otros probablemente dañados. Rusia ha tratado de restarle importancia diciendo que son daños reparables, pero los expertos coinciden en que estos aparatos son “recursos estratégicos no renovables”: reliquias soviéticas cuya producción cesó hace largo tiempo, lo cual los hace prácticamente irreparables.

La operación Telaraña no es el primer ataque ucraniano con drones a Rusia. Ya en octubre de 2022, Ucrania atacó el puerto de Sebastopol con una serie de drones navales y confirmó que estas armas abrían nuevas formas de enfocar la guerra moderna. Más recientemente, varios aparatos provocaron una enorme detonación en la base aérea de Engels-2, en el óblast de Sarátov. Sin embargo, la operación Telaraña fue la primera operación que combinó maniobras encubiertas y de drones más complejas y a gran escala.

Drones: paranoia rusa y propaganda ucraniana

Ucrania obtuvo varias victorias con este ataque. La primera, convertir la paranoia en un arma. Aunque las pérdidas materiales no cambiarán la estrategia rusa de atacar civiles, ya que aún cuenta con numerosos bombarderos, sí le obligarán a reforzar la seguridad en la retaguardia. Rusia deberá destinar más defensas, recursos y personal —en detrimento del frente— para prevenir nuevas incursiones en su territorio, así como reforzar los controles internos. Ahora cualquier contenedor, camión o persona cerca de instalaciones militares es motivo de sospecha. Sin embargo, en un país tan extenso, controlar todo es imposible.

El nuevo ataque con drones también representó una victoria propagandística y un impulso moral para Ucrania. En cambio, para Rusia fue un golpe humillante. Vladímir Putin busca controlar la narrativa del conflicto, mitigar los efectos de la guerra en el país y proyectar una imagen de invulnerabilidad. Este tipo de golpes desmontan su castillo de naipes y le obligan a reaccionar para salvar las apariencias. Al igual que tras el hundimiento del Moskvá o el ataque al puente de Crimea, la respuesta ha sido predecible: bombardeos de represalia para desviar la atención del bochorno. En efecto, la noche del 8 al 9 de junio, Rusia lanzó su mayor ataque hasta la fecha contra Kiev y otras partes del país con misiles y drones Shahed.

Sin embargo, el mayor impacto de la operación Telaraña es el mensaje que Ucrania envía a sus aliados: aún posee fuerza e ingenio para mantener la lucha. Meses después de que Donald Trump le dijera a Zelenski en la Casa Blanca que no tenía las cartas para ganar la guerra, Kiev ha revelado un as bajo la manga. En plenas negociaciones de paz en Estambul, frente a una delegación rusa envalentonada por el giro de Washington hacia una paz negociada favorable a Moscú, este ataque refuerza la posición negociadora de Ucrania: Kiev no negocia como un suplicante desesperado, sino como un actor militar capaz e innovador.

El mundo toma nota

Con todo, Ucrania ha vuelto a poner de relieve una verdad incómoda en el ámbito armamentístico: drones de poco valor usados eficazmente pueden neutralizar equipos sofisticados que valen miles de veces más. La amplia gama de drones ucranianos es responsable de entre el 60% y el 70% de los daños y destrucción causados al material bélico ruso. Según el SBU, la operación Telaraña habría provocado daños económicos por valor de 7.000 millones de dólares. Este tipo de tácticas low cost demuestran que no sólo importa el tamaño o la potencia de un arsenal. Para las defensas aéreas convencionales es más difícil interceptar drones que aeronaves de combate, al ser más pequeños, rápidos y difíciles de detectar.

El mundo ha tomado nota. Apenas dos semanas después del ataque ucraniano, y en vísperas del bombardeo contra Irán el pasado 13 de junio, Israel lanzó drones explosivos desde bases encubiertas establecidas por el Mosad en suelo iraní para neutralizar sus defensas antiaéreas y despejar el camino a los cazas. Esta versatilidad y potencial en operaciones encubiertas es atractiva tanto para Estados como para actores no estatales —desde guerrillas en Myanmar a grupos terroristas—, que con esta forma de guerra asimétrica pueden asestar golpes a costos mínimos. Ya en 2023, el Pentágono advertía en Politico que era insostenible interceptar drones hutíes de 2.000 dólares con misiles antiaéreos que cuestan hasta dos millones.

La vulnerabilidad frente a estas amenazas es cada vez mayor y obliga a los Estados a replantearse sus esquemas defensivos. La innovación en sistemas antidrones, la detección temprana y la contrainteligencia han pasado al primer plano. Israel ya decidió modificar la Cúpula de Hierro con sistemas láser para interceptar drones de Hezbolá. Taiwán prioriza el desarrollo de drones, sistemas antidrones y aplicaciones de inteligencia artificial ante un eventual conflicto con China. Incluso Trump firmó el 6 de junio una nueva orden ejecutiva para reforzar la protección del espacio aéreo estadounidense ante la amenaza de los drones.

Los países de la Unión Europea y la OTAN también han comenzado a revisar sus vulnerabilidades, especialmente ante las operaciones de sabotaje rusas. Además, el uso de sistemas básicos de inteligencia artificial en los drones ucranianos reabre el debate estratégico, legal y moral sobre el futuro de la guerra automatizada. Ucrania ha puesto sobre la mesa un dilema de seguridad para quienes confían que la lejanía o el tamaño de un país garantizan su seguridad. Si no puedes estar seguro en casa… ¿dónde?

Victor Gratacós

Málaga, 1993. Graduado en Derecho por la Universidad de Málaga y Máster en RRII por la Universitat Ramón Llull-Blanquerna, con diploma en gestión de conflictos internacionales por la Universiteit Utrecht. Experiencia en el campo de la observación de elecciones e interesado en temas de sociedad, geopolítica, derecho y seguridad internacional.