“Trump se ha obsesionado con la idea de que Estados Unidos reclame nuevos territorios”: Daniel Immerwahr

El autor de ‘Cómo ocultar un imperio’ sostiene en su libro que el presidente estadounidense es ante todo un obseso de la fuerza bruta, un matón. Pero uno que también profundiza las lógicas de dominación que históricamente han marcado la estrategia internacional de la Casa Blanca
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“Trump se ha obsesionado con la idea de que Estados Unidos reclame nuevos territorios”: Daniel Immerwahr
Foto: Northwestern University (cedida)

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Estados Unidos arrebató a España su colonia en Filipinas en 1899. El episodio, que marcó el fin a cinco siglos de expansión imperial española, es de sobra conocido en estas latitudes. Mucho menos famoso es que, desde el mismo el final de ese conflicto, el país norteamericano comenzó otra sangrienta guerra colonial contra los mismos filipinos a los que había apoyado en su sueño de independencia. La masacre se extendió durante quince años y a día de hoy se mantiene como la segunda guerra más larga en la historia de Estados Unidos, sólo después de la de Afganistán. 

Daniel Immerwahr (1980), profesor en la Universidad de Northwestern (Illinois) y colaborador de The New Yorker, ha pasado gran parte de su carrera estudiando las relaciones exteriores de Estados Unidos. En ese ámbito ha destacado por analizar cómo la gran potencia estadounidense se convirtió en un imperio colonial prácticamente desde su fundación, lo amplió, lo transformó y luego lo ocultó bajo un sistema de alianzas que le ha llevado a tejer una vastísima red de bases militares en todas las esquinas del mundo. 

Hoy, el imperialismo estadounidense es motivo de críticas hacia su acepción moderna: esa pax americana que se sustenta en el intervencionismo exacerbado, el dominio cultural y la influencia económica. Sin embargo, su pasado colonial, al estilo tradicional de las antiguas potencias europeas, sigue siendo un fantasma que se diluyó bajo nuevas lógicas y que nunca ha terminado de emerger. 

Immerwahr, que se considera un “crítico de izquierdas”, ha plasmado esta idea en Cómo ocultar un imperio, editado en España por Capitán Swing en 2023. En los últimos tiempos, el académico ha tratado de explicar, apoyándose en estos conocimientos históricos, la coyuntura que atraviesa su país de la mano de Donald Trump. En esta entrevista con El Orden Mundial, realizada a través de videollamada, repasa, en muchas ocasiones con un humor afilado, los cambios que el presidente está provocando en política exterior y cómo ha dado forma a sus ambiciones expansionistas en Groenlandia y Canadá, así como las intervenciones en Venezuela e Irán o sus amenazas a Cuba. El magnate neoyorquino, asegura Immerwahr, no es un aislacionista, sino más bien un obseso de la fuerza bruta y el abuso, un matón para el que la diplomacia sólo es un escollo para alcanzar sus objetivos.

PREGUNTA – Venezuela, Irán, Cuba, Groenlandia, Canadá… ¿Estamos ante el inicio de una nueva era imperial de Estados Unidos o nunca desapareció?

RESPUESTA – Depende de cómo se mire, Estados Unidos ha sido un imperio desde su fundación. Por su nombre puede parecer que sólo es una unión de estados, pero desde que ratificó su independencia de Gran Bretaña ya era una colección de estados y territorios. Eso es cierto hoy y ha sido cierto cada día de su historia. Dicho esto, están ocurriendo cosas nuevas con Donald Trump: ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vimos a un presidente estadounidenses pedir y desear la anexión de grandes extensiones de tierra. No sé si Trump nos está llevando de vuelta a una nueva era de expansión imperial, o si es sólo una de sus piruetas, pero en las próximas dos décadas veremos la acaparación de recursos que se vivió en el periodo previo a la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial. Y si es así, estamos ante un escenario que será muy peligroso.

“Trump ha estado en contra del orden de posguerra desde que comenzó su carrera política en los años ochenta”

En su acepción moderna, el imperialismo estadounidense lleva mucho tiempo bajo la lupa de la opinión pública más crítica. Por ejemplo, con lo sucedido con las invasiones de Irak y Afganistán. ¿Hay algún factor diferente entre lo que estamos viendo ahora con Trump y las últimas décadas?

Los presidentes de las últimas décadas no han sido tímidos respecto al poder de Estados Unidos, pero el tipo de poder que han intentado lograr ha tenido generalmente una forma diferente. Estados Unidos tiene cientos de bases militares. No sabemos exactamente cuántas, pero 750 es una estimación bastante sensata. Sin embargo, en las últimas décadas el país no se había planteado ganar poder aumentando su territorio. Hay otras formas en las que ha buscado imponerse sobre otros países y hacer lo que quiere en el mundo. Y puedes llamarlas imperiales si quieres, pero no han tomado la forma del imperialismo clásico de acaparamiento de colonias. 

Estados Unidos tiene bajo control cinco territorios, millones de personas viven en ellos, pero la idea de sumar más territorios como una forma de volverse más poderoso estaba descartada. Trump tiene una visión diferente, un camino diferente hacia el poder. Y parte de eso es que se siente profundamente incómodo con el tipo de poder que nuestros presidentes han ejercido desde 1945. Trump no siente ninguna afinidad por el orden de la posguerra, y ha estado en su contra desde que comenzó su carrera política en los años ochenta.

De hecho, Trump ha destacado por su interés en figuras de la época expansionista y colonialista de Estados Unidos…

Trump se siente incómodo con el orden mundial posterior a 1945 —puedes llamarlo “orden mundial liberal” si eres fan de él o pax americana si eres un crítico—, pero está tan obsesionado con el poder que busca otras formas de alcanzarlo con modelos anteriores. Se ha sentido atraído por la doctrina Monroe, que es del siglo XIX y fue revivida a principios del siglo XX. Se siente atraído por William McKinley, que fue presidente a finales del siglo XIX. Se siente atraído por el movimiento America First de principios de la década de 1940. Todos son modelos presentes en su mente. Y aunque no fue particularmente así en su primer mandato, en su segundo mandato se ha obsesionado con la idea de que Estados Unidos reclame territorios. Al principio, enumeraba un montón: Canadá, Gaza —siempre que se pueda limpiar étnicamente de gazatíes—, la Zona del Canal de Panamá… Y también se ha centrado en Groenlandia.

Pese a su interés en figuras del pasado, Trump también ha destacado por su revisionismo histórico. ¿Está más centrado en recuperar el imperio de Estados Unidos o en construir uno propio?

Eso es lo complicado con Trump: tiene un deseo claro de dominación pero, a diferencia de los presidentes anteriores, él tiene dos caminos para eso. Uno es que quiere expandir su imperio de negocios personal; el otro, que también parece interesado en acaparar cierto poder para Estados Unidos. Los presidentes pasados no han tenido ese conflicto de intereses donde buscan expandirse personalmente además de en nombre del país. Pero Trump sí está claramente interesado en su negocio como una entidad global en crecimiento. Y para ello está haciendo un extraño juego donde toma decisiones diplomáticas en nombre de Estados Unidos que obviamente no son buenas para el país, pero que le benefician personalmente. Y eso es algo con los ciudadanos en Estados Unidos no hemos tenido que lidiar durante mucho tiempo.

En tu libro mencionas que después de varias décadas de expansión y colonialismo algo cambió tras el fin de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos ganó una gran cantidad de territorio, pero eligió no incorporarlo por varios motivos. Uno eran los movimientos de emancipación, pero también por razones tecnológicas. ¿Qué ha cambiado para Trump ahora para buscar Groenlandia, por ejemplo?

He descrito la forma que ha tomado el poder del país después de 1945 como el “imperio puntillista”. No es que Estados Unidos haya renunciado al territorio, sino que ha estado mucho más interesado en ubicaciones pequeñas, bases militares o islas en lugar de un territorio grande. Trump claramente ve las cosas de manera diferente. Si Estados Unidos anexionara Groenlandia, lo cual creo que es poco probable, ese sería el territorio más amplio que jamás haya conquistado. Y creo que parte de ello es que Trump se siente incómodo con las interacciones diplomáticas que se requieren para mantener el imperio puntillista de bases militares. 

Tener presencia en todas partes del mundo te exige estar constantemente negociando y cerrando tratos con extranjeros. A Trump eso le gusta muy poco. Hasta ahora, el poder de Estados Unidos ha dependido de mantener un esquema en el que otros países son miembros de un sistema. Miembros subordinados, sí, pero a fin de cuentas miembros. Pero Trump está interesado en la visión más exclusiva del poder. En este sentido, es interesante que los territorios que más le interesan son aquellos que puede imaginar vacíos. Allí puede dejar fuera a los extranjeros. Groenlandia es un ejemplo. También Gaza, pero sólo si no hay gazatíes en ella. Y el canal de Panamá es la parte históricamente blanca del país, la parte que no tiene tantos nativos.

¿Hasta qué punto tienen los recursos un peso importante en esta cosmovisión? En tu libro también señalas que la anexión territorial del siglo XIX respondía, en gran parte, a la necesidad de control de los recursos naturales.

Además de los recursos, el imperialismo ha sido impulsado por el deseo de controlar posiciones estratégicas. Pero lo interesante es que hay dos formas de obtener tanto posiciones estratégicas en el mapa como recursos en lugares extranjeros. Una forma es simplemente decir: “Esto es nuestro. No se permite la entrada”. La otra es comerciar y negociar. Groenlandia es un caso muy claro porque en el primer mandato de Trump, cuando comenzó a imaginar que Estados Unidos podrían anexionar el territorio, muchos señalamos que ya tiene una base militar allí y que además tiene un acuerdo que le da derecho a tener más si lo desea. No tienen limitaciones, pueden hacer lo que quieran y tienen una larga historia de eso mismo, incluyendo cosas a las que el Gobierno de Groenlandia y el danés se han opuesto.

Además, el Ejecutivo danés ya se ofreció en el caso de que Estados Unidos estuviera interesado en los minerales estratégicos que se han liberado con el cambio climático: “Estamos abiertos a los negocios. Les venderemos lo que quieran”. Así que decir que Estados Unidos tiene que reclamar Groenlandia o cualquier otro lugar porque necesitan sus recursos es confuso, porque ya tienen acceso a ellos. Ahora bien, la colonización es a menudo algo a lo que las potencias recurren cuando les preocupa no poder obtener las posiciones y recursos que quieren en un mercado abierto, especialmente cuando se están imponiendo barreras comerciales y los países se vuelven más hostiles. No sé si Trump intuye eso o si simplemente es que no le gusta el modelo de comerciar con extranjeros.

“Trump es el presidente más abiertamente racista que hemos tenido en décadas”

¿Se ha instalado en la Administración una recuperación de las tesis racistas del siglo XIX o de teorías supremacistas como el destino manifiesto?

Parece que sí. Ahora bien, sería totalmente posible tener un presidente que fuera un anexionista territorial y que creyera que Estados Unidos necesita más territorio, pero que no estuviera comprometido con las formas de racismo del siglo XIX. Pero en el caso de Trump hemos visto no sólo a alguien comprometido con formas más antiguas de ejercicio del poder, sino que también está cayendo en formas más antiguas de racismo. Es el presidente más abiertamente racista que hemos tenido en décadas. No es tímido al respecto, sino que parece orgulloso de mostrar su visión del mundo en la que la gente blanca importa más que el resto.

A nivel internacional, ¿esta nueva política exterior expansionista de Estados Unidos está alineada con los intereses de otras potencias como Rusia o China? ¿Están estos países viviendo también un momento de resurgimiento imperial?

Sí. Hace quince años, Rusia y China ya tenían ambiciones territoriales evidentes, pero estaban contenidas. Por ejemplo, si China atacaba Taiwán, habría violado las normas del orden internacional y se habría enfrentado a sanciones y a otros problemas que harían que no valiera la pena. Ya no vivimos en ese mundo. Obviamente, Rusia ha violado las normas internacionales y ha logrado persistir. Pero las normas funcionan al mantenerse por cómo hablamos y cómo actuamos, y tener al presidente de Estados Unidos hablando de sus deseos de anexionar otros países —incluso si no lo hace— erosiona la expectativa de que habrá sanciones coordinadas para cualquier país que intente este tipo de cosas. Eso hace mucho más factible para China el considerar planes de expansión territorial.

En otra parte de tu libro señalas que, tras la guerra con España, las elecciones de 1900 fueron una prueba de fuego para los imperialistas que defendían la anexión de Cuba y Filipinas, y que la superaron derrotando a los antiimperialistas en las urnas. ¿Están teniendo estos últimos movimientos de Trump algún coste electoral? ¿Le afectarán en las elecciones de mitad de mandato?

Tal vez, pero es complicado decir cómo está recibiendo todo esto la base de Trump. Es indudable que tiene mucho apoyo. No es popular entre la mayoría del país, pero tiene seguidores muy fervientes. Y las cosas que les gustan de Trump son cosas como que se va a enfrentar a la inflación y que no cree que los expertos siempre sepan qué es lo mejor. Hay muchas cosas que Trump ha prometido, que su base quiere y que han sido consistentes con lo que ha hecho, como el tema migratorio. Pero Groenlandia, por ejemplo, no formó parte de su campaña. Habría sido extremadamente difícil encontrar a alguien en la base del movimiento MAGA que pensara que si reelegíamos a Trump iba a intentar anexionarse otros países, pero su base sí aprecia las demostraciones dramáticas de fuerza y le sigue cuando hace este tipo de cosas. Lo consideran como algo caótico, que distrae, desconcertante. No sé si este tema por sí solo le va a costar a los republicanos las elecciones de mitad de mandato, pero ciertamente no ha ayudado.

¿Qué hay del Partido Demócrata? Dices en el libro que en la misma campaña de 1900 los demócratas argumentaban que el imperialismo conduce, inevitablemente, a algún tipo de despotismo en casa. Es bastante profético visto lo que está sucediendo con el ICE, pero no parece que el Partido Demócrata esté muy inclinado a sacar todo el rédito electoral a las intervenciones de Trump, como la de Venezuela.

El Partido Demócrata ha sido muy crítico con Trump respecto a Venezuela. De hecho, en este momento son críticos con todo lo que hace Trump, excepto con la medida de abolir el penique, nuestra moneda de menor valor. Pero no creo que el Partido Demócrata del siglo XXI haya hecho ese vínculo que hizo el de principios del siglo XX, de que el imperialismo en el extranjero conduce al despotismo en casa. En parte la razón es que recientemente también han apostado por el uso de la fuerza. Trump no está solo en todas las cosas que está haciendo, como montar una policía militarizada o la disposición a desplegar unidades militares en suelo estadounidense. Los demócratas participaron en la construcción del aparato militar de Estados Unidos.

Cuba lleva meses asfixiada por las sanciones y está en el punto de mira de la Administración Trump. En el libro argumentas que los acuerdos alcanzados con Cuba a principios del siglo XX le dieron a Estados Unidos todos los beneficios de la colonización sin las responsabilidades que acarrea. ¿Crees que es lo que Trump intentó en Venezuela y que lo intentará en otros lugares?

Sí, pero hay que distinguir lo que Trump quería en Venezuela de lo que ha pedido en Groenlandia. En Venezuela, Trump dijo: “Dirigiremos el país sólo para asegurarnos de que el petróleo venezolano —que él llama ‘nuestro petróleo’— se produzca en cantidades suficientes y que los banqueros se dirijan a los puertos correctos”. Pero no ha dicho: “Nos gustaría apoderarnos de Venezuela y que sea parte permanente de Estados Unidos”. Lo que parecen querer es tener el suficiente control de la economía y la política exterior para asegurarse de que Venezuela encaje en un sistema más amplio. [La Casa Blanca y Trump, no obstante, sí difundieron un mapa de Venezuela con la bandera estadounidense y el encabezado ‘estado 51’]. Pero en Groenlandia, Trump realmente quiere tomarla y ha sido claro en que no se sentiría satisfecho con la solución comercial, que Estados Unidos ya tiene.

Has defendido la idea de que Estados Unidos era y sigue siendo una especie de colección de estados y territorios. ¿Qué le pasaría a Groenlandia si tuviera éxito la anexión?

Es poco probable que Estados Unidos se anexione Groenlandia, pero si ocurriera, la isla casi con seguridad se convertiría en un territorio, no en un estado. Esto significaría que, si funcionara de la misma manera que los territorios han funcionado en el pasado, sus habitantes no tendrían derecho constitucional a la ciudadanía, a menos que se aprobase una ley especial. No tendrían derecho a votar en las elecciones presidenciales. No tendrían derecho a tener legisladores que tuvieran poder de voto en nuestro Congreso, y la Constitución —que es supuestamente la ley del país— se aplicaría sólo en parte a Groenlandia. Así que respecto a las cuestiones de gobierno más importantes, los habitantes de la isla estarían privados de sus derechos o subordinados de alguna manera.

“Llevamos décadas viendo la militarización de la vigilancia policial en Estados Unidos”

Pero no es sólo un tema exterior: a nivel interno parece que la Administración Trump ha aplicando la misma lógica, por ejemplo, en Minnesota. El ICE actúa como una fuerza de ocupación.

Y no es la primera vez que sucede. Simplemente responde a una mecánica establecida: cuantos más tanques se envían a lugares como Irak, más tanques hay disponibles y más gente está entrenada para ocupaciones extranjeras o que ha participado en ellas. Esas personas están listas para actuar si de repente hay una insurgencia interna. Por lo tanto, existe una consecuencia obvia y contraproducente del enorme despliegue militar que ha llevado a cabo el país. Todas esas cosas no son grifos que se puedan abrir y cerrar fácilmente porque todo el personal y el material sigue aquí. Los fabricantes de armas están ansiosos por vender su equipo de “uso dual”, lo que significa que no sólo venderán al Ejército, sino que quieren poder vender a un mercado más constante como los departamentos de policía. Llevamos décadas viendo este tipo de militarización de la vigilancia policial en Estados Unidos.

Volviendo al tema del racismo, hemos visto a Trump haciendo bromas xenófobas sobre la población de Groenlandia. En el libro señalas que Woodrow Wilson, presidente del país entre 1913 y 1921, tenía una suerte de naturaleza dual cuanto se trataba de lidiar con el aspecto colonial del país: el Wilson antiimperialista y el Wilson racista y paternalista. ¿Esta es la forma de pensar del movimiento MAGA más aislacionista?

No. Cuando la gente busca la mejor versión de la estrategia internacional de Estados Unidos, una visión con la que el mundo entero podría estar de acuerdo, a menudo señalan a Wilson, quien quería un mundo de naciones-Estado, no de imperios; un mundo de comercio y paz, no de guerra y amenazas. Lo complicado de Wilson era que también parecía tener un paternalismo profundamente racista y pensaba que algunas personas estaban listas para ser independientes y otras no. En el movimiento MAGA hay poco interés en la visión idealista wilsoniana: está interesado en la dominación y ve poca ventaja para Estados Unidos en un gran sistema vinculado al comercio. Wilson creía que la forma de asegurar la paz para su país era vincular a todos los países a un sistema donde Estados Unidos fueran el centro, porque los países que comercian entre sí no van a la guerra. Trump y sus votantes se han sentido oprimidos por esta política comercial, particularmente por la inclusión de China en la Organización Mundial del Comercio, porque lo han visto como una amenaza para los empleos.

De hecho, en un artículo en The New Yorker argumentas que Trump nunca ha sido realmente un aislacionista. Más bien, dices que es una especie de fanático de la fuerza bruta y el abuso, un matón. ¿Toda la nueva política exterior de Estados Unidos está centrada en esto o hay algo más?

Es la política exterior dominante. En su primer mandato, Trump había heredado la arquitectura del orden internacional liberal o pax americana. A menudo se peleaba con sus subordinados sobre qué hacer con eso porque despreciaba ese sistema. Sin embargo, no desmanteló el despliegue exterior del ejército ni cerró las bases militares. No sacó a Estados Unidos de la OTAN. Ahora parece que Trump está tratando de establecer las relaciones exteriores estadounidenses sobre una nueva base y ha sido mucho más claro al respecto. Tiene a gente a su alrededor que puede darle forma a esos instintos y convertirlos en doctrinas de seguridad nacional. Y sí, no es una lógica aislacionista porque no se trata de que el país se mantenga al margen, sino que se trata de que Estados Unidos se relacione con otros países a través de la amenaza en lugar de a través de la creación y mantenimiento de un sistema amplio.

Mirando al futuro, ¿crees que esta nueva política exterior podría revertirse, por ejemplo, si el Partido Demócrata gana las próximas elecciones? ¿O será difícil?

La primera pregunta con Trump es siempre qué cosas son reversibles y cuáles no, porque a veces simplemente se dedica a destruir cosas y luego es muy difícil reconstruirlas. Por ejemplo, Estados Unidos ha pasado mucho tiempo acogiendo a los estudiantes internacionales más talentosos en sus universidades. Trump ha hecho que la situación de los visados de esos estudiantes sea tan precaria que es difícil imaginarlos queriendo volver al país sabiendo que podrían ser expulsados a mitad de su educación universitaria. Incluso después de que Trump ya no sea presidente, seguramente pensarán que esto podría volver a suceder. 

También es posible que podamos tener a otro Joe Biden, y que ese presidente quiera restaurar todo el antiguo orden. Pero los órdenes mundiales dependen mucho de la confianza y las expectativas, y esas normas de comportamiento a largo plazo han sido gravemente erosionadas. Trump es un crítico de derechas de la hegemonía estadounidense. Yo soy un crítico de izquierdas de eso mismo. No creo que la pax americana haya sido buena para el mundo. La objeción de Trump es que ha sido mala para Estados Unidos, pero muchos de nosotros siempre hemos estado preocupados por la centralidad de Estados Unidos en todos los asuntos diplomáticos, económicos y militares del mundo. Todo esto podría llevarnos a un resultado inesperado: aunque su mandato será accidentado, Trump podría destruir la pax americana desde dentro y eso podría llevar a un sistema global más justo y democrático. No creo que pueda confiar en esto, pero lo que Trump está atacando es posiblemente algo que vale la pena atacar.

En tu artículo de The New Yorker también señalas que la aversión inicial de Trump a las intervenciones también la manifestó George W. Bush antes de ser presidente, y luego llegaron Afganistán e Irak. ¿Es un tema personalista o es algo inherente a la lógica imperialista y de potencia dominante? 

Es posible que eso sólo se sienta al ser el comandante en jefe del Ejército de Estados Unidos. Es fácil imaginar que, cuando quieres algo en un país extranjero o te preocupa el líder de algún movimiento, los mandos militares te respondan: “Mira lo que podemos hacer con nuestro poder aéreo. Sólo danos las coordenadas y tus problemas quedarán resueltos”. Bush esperaba eso. Pensó que simplemente íbamos a hacer una serie de ataques limpios y de precisión y que eso sería suficiente para cambiar el Gobierno en Irak y que ni siquiera tendríamos que poner un pie en el país. Por eso preparó un cambio de régimen pero no una ocupación, porque pensó que sería fácil. Y no fue fácil. Trump estaba muy emocionado con lo que hizo el ejército en Venezuela y lo limpio que parecía todo. Entras, coges al presidente, lo capturas…, qué cosa tan increíble. Pero esas fantasías suenan bien durante cinco minutos; luego los próximos cinco años van a ser mucho más difíciles.

¿Pueden Venezuela o Irán convertirse en las Irak y Afganistán de nuestro tiempo?

No lo sé, pero Trump es fan de la idea de que puede disciplinar a otros países con ataques aéreos decisivos. George W. Bush también era fan de esa teoría. Y mira cuál fue el resultado.

“Trump es un presidente muy cartográfico. Disfruta de que Estados Unidos haya tenido el mismo aspecto sobre el mapa durante mucho tiempo y que ahora él lo pueda cambiar”

Durante la época imperial y colonial de Estados Unidos, los mapas fueron una herramienta muy importante para la política exterior. Ahora hemos visto a Trump usar mapas de Norteamérica bajo la bandera de Estados Unidos. ¿Hasta qué punto la cartografía es importante en su visión del mundo?

Trump es un presidente muy cartográfico. Es verdad que usa inteligencia artificial para hacer mapas, pero está muy interesado en la iconografía impactante que surge al ver un mapa de manera diferente. Ha habido momentos en nuestra historia en los que el país se expandió y una forma de acercarse a eso fue volver a mapearlos. Cuando el presidente McKinley, a quien Trump admira profundamente, estaba explicando su decisión de anexionar Filipinas, dijo algo como: “Lo pensé y decidí que deberíamos añadirlo al mapa de Estados Unidos”. Existe una recompensa visual inmediata en la captura de un territorio, y a muchos aquí les parece preocupante porque Trump disfruta de estos shocks.

Entonces, ¿sólo es propaganda sin valor geopolítico?

Está relacionado. Trump tiene ambiciones anexionistas, pero también disfruta de que Estados Unidos haya tenido el mismo aspecto sobre el mapa durante mucho tiempo y que ahora él lo pueda cambiar. La mayoría de la gente no es consciente de los otros territorios que Estados Unidos tiene bajo control fuera del bloque continental, pero también es cierto que el país se encuentra actualmente en el período más largo de su historia sin cambios territoriales. Se han mantenido durante mucho tiempo con la misma forma en el mapa, excepto por las bases militares. Y por eso a la gente le es llamativo que Trump diga: “Podríamos anexionarnos Canadá. Imagina qué aspecto tendrá entonces nuestro país y nuestro mapa”.

José Luis Marín

Fuerteventura, 1990. Periodista. Máster en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos (UAM). Editor de la sección de mapas y gráficos en El Orden Mundial.

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