Cuando el escritor estadounidense Ingersoll Lockwood escribió la serie de libros de Baron Trump, nunca pensó que más de un siglo después sus historias sobre un niño arrogante alimentarían la teoría conspirativa de que Donald Trump es un viajero en el tiempo. Para algunos usuarios de redes sociales, las aventuras del pequeño Baron y el país que narran esconden paralelismos evidentes con el actual presidente. El libro no sería una ficción: los planes del republicano para Estados Unidos se vendrían cocinando desde entonces.
Más allá de la anécdota, Donald Trump no necesita una máquina del tiempo para parecerse a los políticos del siglo XIX. Su visión de la política exterior, muy centrada en la expansión territorial y la competición geopolítica, así como sus reformas internas, en las que grandes empresarios como Elon Musk ganan poder, recuerdan al contexto de ese siglo. Un viaje al pasado que amenaza con recortar derechos y aumentar las desigualdades en Estados Unidos, pero también con destruir un orden internacional liberal ya debilitado.
El regreso del imperialismo clásico
“No le dimos el canal de Panamá a China, se lo dimos a Panamá y lo vamos a recuperar”. Estas declaraciones de Trump son una de las muchas amenazas de expansión territorial que ha pronunciado en las últimas semanas. Apenas se había instalado en la Casa Blanca y ya ha disparado las tensiones con Panamá, al que exige la devolución del canal que estuvo décadas bajo su control; Canadá, a la que ha amenazado con la anexión, o Dinamarca, por las ambiciones sobre Groenlandia, territorio bajo control efectivo danés.
Con estas declaraciones, Trump ha devuelto el expansionismo territorial a la política exterior estadounidense. Una estrategia que fue central en la construcción de Estados Unidos. El siglo XIX fue la era de la conquista del oeste, de la guerra con México, tras la que se anexionaron los territorios de Texas, Arizona o California, o de las compras de Louisiana y Alaska. También fue el siglo en el que el secretario de Estado John Quincy Adams desarrolló la doctrina Monroe de “América para los americanos”, por la que Estados Unidos se erigió como la potencia geopolítica regional y se reservó el derecho de interferir en los asuntos de sus países vecinos. Un modelo que Trump parece dispuesto a replicar hoy en día.
Esta visión imperialista se extiende a la gestión de conflictos como los de Gaza y Ucrania. En su primer encuentro con un líder extranjero, el israelí Benjamín Netanyahu, Trump anunció su intención de convertir Gaza en un destino turístico, desplazando a sus habitantes asediados por la guerra a los países vecinos. También pretende terminar la invasión rusa negociando directamente con Vladímir Putin, lo que hace temer a Ucrania que se ignore su voluntad o que se ponga sobre la mesa la cesión de territorio. Unos movimientos que recuerdan al reparto de África entre los imperios europeos en la Conferencia de Berlín de 1884 o al acuerdo Sykes-Picot de 1916, por el que británicos y franceses se repartieron Oriente Próximo.
Una nueva edad dorada empresarial
El final del siglo XIX en Estados Unidos se conoce como la gilded age. Fue una ‘edad dorada’ de gran desarrollo económico e industrial en la que se amasaron grandes fortunas y se desarrolló el tejido productivo del país. Las conexiones entre los empresarios y el poder político han sido una constante en Estados Unidos, pero en aquella época fueron muy significativas, con gigantes del ferrocarril como Andrew Carnegie o Cornelius Vanderbilt, o de la banca y las finanzas, como J. P. Morgan, o el petrolero John. D. Rockefeller. Millonarios que influían en la política y la opinión pública a través de la extorsión, la presión económica y la influencia en medios de comunicación. En su discurso inaugural, Trump prometió una nueva “edad dorada” para Estados Unidos, una estrategia que parece seguir ese guión decimonónico.
Los barones del siglo XXI son los magnates tecnológicos como Elon Musk. El dueño de SpaceX, Tesla o la red social X ha conseguido ser parte de la Administración Trump: dirige el recién creado Departamento de Eficiencia Gubernamental, con el que pretende recortar drásticamente el gasto de la Administración. Otros como Mark Zuckerberg, CEO de Meta; Jeff Bezos, fundador de Amazon y dueño del Washington Post, o Peter Thiel, cofundador de Paypal, se han alineado con Trump, a la vez que difunden tesis de la derecha radical y aseguran sus intereses económicos. El propio Trump encarna la idea del CEO presidente, por la que los empresarios se presentan como mejores gestores que los políticos.
Todos estos empresarios forman parte del ecosistema de Silicon Valley, donde se están desarrollando buena parte de las tecnologías del futuro: los coches eléctricos, la inteligencia artificial, los avances en computación y digitalización o la carrera espacial. Así, son protagonistas de la actual revolución tecnológica e industrial, lo que les asegura años de influencia política no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Como ocurrió en la edad dorada del siglo XIX, el poder desmedido de los grandes magnates promete desarrollo económico, pero a costa de acrecentar las desigualdades entre ricos y pobres, deteriorar las instituciones democráticas y aumentar la polarización social.
Trump y el regreso de la fuerza
El Premio Nobel de la Paz es posiblemente una de las ambiciones más excéntricas de Donald Trump. El argumento que enarbolan sus seguidores es que es un presidente que no inició ninguna guerra en su primer mandato y que pretende acabar con las existentes. Sin embargo, esto no quiere decir que el uso de la fuerza no esté presente en su Administración. Su visión de las relaciones internacionales es la de la “paz a través de la fuerza”, es decir, la pacificación del mundo a través de la amenaza velada de conflicto o de sanciones económicas o aranceles. No es una doctrina exclusiva de Trump, pero sí una que el republicano aplicó en su primer mandato y que promete retomar de forma más amplia en este segundo.
Los aranceles a Canadá y México son prueba de ello. En vez de renegociar los términos de sus vínculos comerciales, Trump ha optado por una política ofensiva, con la que fuerza a sus vecinos a adaptarse a sus demandas. Un proteccionismo que remite al del presidente William McKinley, que gobernó entre 1897 y 1901 y al que Trump admira. Lo mismo ocurre con Irán, al que ya presiona para renegociar un acuerdo nuclear, o con la milicia palestina Hamás, a la que promete exterminar si no libera a más rehenes israelíes. Esta doctrina, aunque pueda resultar efectiva, recupera una visión del mundo propia de la geopolítica clásica del siglo XIX, en la que imperaba la ley del más fuerte y los periodos de paz eran cortos y escasos.
El orden internacional liberal construido tras la Segunda Guerra Mundial es una excepción histórica, una utopía para los habitantes del siglo XIX. Relegó la conquista y los conflictos entre Estados a un segundo plano y puso en el centro el multilateralismo y la cooperación internacional, dos cosas que Donald Trump desdeña abiertamente. Lo prueba su salida del Acuerdo de París para la lucha contra el cambio climático o el cierre de la Usaid, el programa de ayuda humanitaria estadounidense. Su regreso a la Casa Blanca consolida el debilitamiento de ese orden, que lleva años dando señales de ser un enfermo terminal, y amenaza con devolvernos a un mundo más peligroso e incierto que creíamos haber dejado atrás.