En octubre de 2016, la web de encuestas FiveThirtyEight publicó dos mapas de Estados Unidos. En el primero, solo votaban los hombres: Donald Trump ganaba las elecciones presidenciales con 350 votos electorales frente a los 188 de Hillary Clinton. En el segundo, solo lo hacían las mujeres: Clinton arrasaba con 458 votos, mientras Trump se quedaba en 80.
La reacción de algunos seguidores de Trump no fue preguntarse por qué su candidato despertaba tanto rechazo entre las mujeres. Fue plantear que quizá las mujeres no deberían votar. En cuestión de horas, #RepealThe19th comenzó a circular en Twitter (actual X). La consigna reclamaba derogar la enmienda que desde 1920 prohíbe limitar el voto por razón de sexo. Aunque la etiqueta había aparecido esporádicamente antes, la campaña de 2016 la convirtió en una demanda política reconocible: ante un grupo social que dificultaba la victoria de Trump, algunos de sus partidarios no intentaron persuadirlo, sino cuestionar su derecho a decidir. Diez años después, la idea ya no vive únicamente en un hashtag.
En marzo de 2026, el pastor nacionalista Dale Partridge anunció la publicación de 19 Reasons to Repeal the 19th Amendment, un libro con el que pretende impulsar la derogación del sufragio femenino. Partridge sostiene que la participación política de las mujeres ha perjudicado a Estados Unidos y espera generar durante los próximos años un movimiento capaz de revertir la enmienda. Entre el hashtag de 2016 y el libro de 2026 hay algo más que una década de distancia. Hay un proceso de construcción política. Una idea que comenzó circulando como provocación electoral ha adquirido portavoces estables, argumentos religiosos, productos culturales y conexiones con personas situadas cerca del poder.
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