Etiopía vuelve a la guerra. El 20 de septiembre, siete grupos armados que hace cuatro años se mataban entre sí sellaron la llamada Alianza de las Fuerzas Populares Etíopes por la Supervivencia. Tres días después, las fuerzas de Tigray, uno de los firmantes más importantes, tomaron los aeropuertos de Mekele, Aksum y Shire, en esta región del norte del país. El objetivo común es derrocar al primer ministro Abiy Ahmed y establecer un Gobierno provisional en Adís Abeba que reconfigure la balanza de poder.
Sin embargo, la coalición rebelde nace coja porque persigue un mismo objetivo con distintos medios, grados de presión y fines. La variedad de grupos étnicos que participan, sus intereses y los objetivos de cada milicia van más allá de derrocar a un Abiy Ahmed cada vez más centralista. Mientras unos buscan el poder en un Estado etíope que es federal y multiétnico, otros aspiran a la secesión, aunque sea a largo plazo.
El nuevo estallido tiene tanto apoyos internacionales como el potencial de desestabilizar el Cuerno de África. Y hunde sus raíces no solo en las guerras de los últimos años, sino en una historia de coexistencia forzosa y de afán expansionista interno en el Estado independiente más antiguo de África y uno de los más antiguos del mundo.
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