Al final de la Guerra Fría, en Estados Unidos se popularizó el término “Estado canalla”. Hacía referencia a países violentos, impredecibles y con retórica antiestadounidense. En ese contexto, la gran potencia global se había quedado sin su mayor enemigo y necesitaba identificar a otros cuya belicosidad pudiera amenazar el orden internacional basado en la hegemonía occidental. Corea del Norte, Irán, Siria, Irak, Afganistán o Rusia constituían un grupo cambiante del que Estados Unidos tenía que cuidarse para mantener su poder.
La paradoja actual es que el país que mejor encaja en la definición de Estado canalla es Estados Unidos. Con un Donald Trump impredecible, de retórica autoritaria y política exterior agresiva, Washington está destruyendo todo lo que construyó. Pese a las décadas calmando amenazas externas, desde los países del Eje del Mal hasta la competición con China, ahora está cavando la tumba del orden internacional liberal que lidera. Ahora bien, con su hegemonía en decadencia, Estados Unidos todavía tiene la capacidad de transformar el mundo. Algo que ni China ni Rusia consiguen, pero de lo que ya están recogiendo los frutos.
Estados Unidos: la autodestrucción de un hegemón
Cuando se analiza el fin de un orden internacional, se tiende a pensar que llega con la victoria de una potencia sobre otra. A la decadencia de imperios como el chino, el español o el británico, o de grandes potencias como la Unión Soviética, siempre les suceden otros Estados poderosos que ocupan el espacio y transforman el orden a su medida. El actual ciclo histórico se explica más por la decadencia interna de esos mismos actores que por una derrota clara contra sus adversarios. En muchas ocasiones, estas potencias ni siquiera desaparecen, sino que se transforman en nuevo actor: más débil, tal vez con otra denominación y menor alcance internacional, pero todavía capaz de influir en el rumbo de la historia. En los cambios de orden, los perdedores tienen tanto o más que decir como los v...