Se ha convocado a la prensa para mostrar un proyecto arquitectónico largamente anunciado. En las imágenes se ve un arco blanco y reluciente. Sus dimensiones desafían el tamaño de los edificios simbólicos de la capital, cuyo perfil cambiará por el deseo de posteridad de un presidente. Era la presentación del Gran Arco de la Défense, que hoy se eleva en París, promovida por Françoise Mitterrand en los años ochenta.
Donald Trump ha sido menos ceremonioso al enseñar sus proyectos de transformación para Washington. El presidente estadounidense ha mostrado las imágenes del salón de baile de la Casa Blanca y del Arco del Triunfo en paneles de cartón pluma en cada ocasión que ha tenido: en el Despacho Oval, delante de la cortinilla que separa la zona presidencial de la prensa en el Air Force One... Tanto Mitterrand como Trump muestran el interés del poder en trascender a través de la arquitectura, pero responden a dos situaciones políticas opuestas, con concepciones enfrentadas de la democracia y su relación con el espacio público.
Cuando Estados Unidos cumple 250 años de su independencia, Trump usa la arquitectura tradicional para simbolizar su capacidad de cambiar el país, imponiendo su deseo de trascendencia sobre los consensos estéticos e históricos. Para ello el Gobierno ha invertido mil millones de dólares, según ha revelado el Financial Times. El actual presidente se ha atribuido el poder para cambiar espacios construidos desde el respeto a la historia estadounidense y a las sensibilidades surgidas de los conflictos del siglo XX. Ahora, si consigue construir el Arco, su visión dominará el paisaje de la capital del país más poderoso del mundo.
Cuanto más recargado, mejor
La segunda presidencia de Donald Trump está dominada por la imagen. En pleno auge de la inteligencia artificial generativa, muestra un mundo idealizado, heredero de los decorados brillantes de la época dorada de Hollywood y las superproducciones bíblicas. En abril, el secretario de Guerra, Pete Hegset...
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