Descontada la pataleta de Elon Musk, la señal de alarma de una división en el movimiento MAGA (Make America Great Again) la dio Tucker Carlson desde su canal de YouTube el pasado octubre. El influyente comentarista conservador entrevistó a Nick Fuentes, líder neonazi del movimiento groyper y uno de los capitanes del movimiento America First, que busca un país blanco y cristiano. Acogiéndolo en su programa, Carlson normalizaba a un Fuentes surgido en los márgenes de la ultraderecha estadounidense.
Ante los millones de seguidores del canal, Fuentes acusó al presidente Donald Trump de abandonar a Estados Unidos y los estadounidenses, y de plegarse a los intereses de terceros, esto es, Israel. Fue demasiado. Muchas voces conservadoras tacharon a Carlson de antisemita, pidiendo incluso su “cancelación”. Maestro del doble lenguaje y la exención de cualquier responsabilidad, el comentarista aseguró que, aunque no estaba de acuerdo con algunas cosas dichas por Fuentes, su conversación era el ejercicio de libertad de expresión consagrada en la Primera Enmienda de la Constitución.
En cinco claves:
- El movimiento MAGA (Make America Great Again) en Estados Unidos está dividido entre conservadores clásicos y radicales
- Los primeros están encabezados por el secretario de Estado, Marco Rubio, y los segundos por el vicepresidente J. D. Vance y el asesor de Seguridad Nacional, Stephen Miller
- Además, hay cada vez más figuras mediáticas que se posicionan e influyen desde sus redes sociales
- Los roces vienen desde el caso Epstein, y se han visto con el apoyo a Israel o la alianza de la Administración con las grandes plataformas tecnológicas
- La unidad se mantendrá al menos hasta las midterms de noviembre de este año, pero se romperá de cara a la sucesión presidencial en 2028
En cualquier caso, el conflicto sacó a la luz el creciente escepticismo hacia Israel y la comunidad judía en algunos sectores de la ultraderecha estadounidense. El verano pasado, el apoyo a la campaña de bombardeos de Israel contra instalaciones nucleares iraníes había provocado críticas de figuras del movimiento como el propio Carlson, el antiguo asesor de Trump, Steve Bannon, o el después asesinado Charlie Kirk. Más recientemente, el comentarista y otras figuras conservadoras han rechazado la guerra en Irán, con la que Trump ha incumplido su promesa de no arrastrar a Estados Unidos a nuevos conflictos. Al mismo tiempo, arrecian las críticas a la relación de la Administración y el Gobierno israelí, hasta el punto de sugerir que Tel Aviv está usando al ejército estadounidense para conducir su guerra privada.
A los reproches al intervencionismo en Venezuela, Groenlandia o Irán se suman la economía y la disputa identitaria como grandes temas que dividen a la base del trumpismo. Sin embargo, el movimiento MAGA sigue mostrándose como un bloque inquebrantable. Acoge a todo el espectro ultra estadounidense y es ante todo ultranacionalista. Todo se limita casi siempre a una cosa: qué América, a costa de qué y de quién. Esa unidad se mantendrá al menos hasta las elecciones de medio mandato en noviembre, y las fricciones seguro saldrán a la luz cuando se abra la carrera para suceder a Trump como candidato presidencial en 2028.
Marco Rubio y los conservadores clásicos
Los roces dentro del movimiento MAGA ya habían comenzado en torno al caso Epstein. La publicación de correos que vinculaban a Trump con el magnate financiero y pederasta y la negativa a desclasificar todos los archivos desataron acusaciones de encubrimiento y una rebelión interna que se cobró su primera víctima: la ya excongresista republicana Marjory Taylor Greene dimitió en noviembre llegando a acusar a Trump de “no hacer nada por las víctimas” y, por tanto, de “haber perdido la conexión con los estadounidenses que lo llevaron al poder”. Pero las acusaciones de Taylor Greene y del congresista Thomas Massie, quienes más ruido han hecho desde el Partido Republicano, han sido apenas rasguños.
En el movimiento MAGA hay dos frentes que por ahora siguen pivotando en torno a Trump. Por un lado, los conservadores clásicos, más distanciados de las formas del presidente pero no tanto del fondo, y con la vista puesta en el futuro del Partido Repúblicano. Frente a ellos, los MAGA de línea dura no necesariamente concernidos por los restos del partido. En torno a ambas familias hay figuras mediáticas, desde los extremistas Nick Fuentes, Laura Loomer y Steve Bannon, hasta conservadores más tradicionales como Ben Shapiro.
A la cabeza de los conservadores clásicos está Marco Rubio, secretario de Estado, y cara de la política exterior estadounidense al menos en América Latina. Little Marco, como Trump lo apodó en su día de manera despectiva, ha colmado buena parte de sus aspiraciones con el descabezamiento del chavismo en Venezuela. Es de facto el hombre fuerte del país caribeño, convertido en una suerte de colonia estadounidense encabezada por la que fuera segunda de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez. Con Venezuela bajo control, Rubio tiene puesta la mirada sobre la Cuba castrista. Hijo de exiliados cubanos (de la dictadura de Batista, no por la Revolución del 59), vería colmadas las aspiraciones de varias generaciones de cubanoamericanos de ser capaz de derrocar un régimen cubano en estado de desesperación constante.
Aunque un halcón en política exterior, Rubio pasa por ser una cierta voz razonable en una Administración Trump 2.0 plagada de extremistas. La prueba es que frente al vicepresidente J. D. Vance y el propio Trump trata de contemporizar e incluso descartar cualquier acción militar como previo paso a una hipotética anexión de Groenlandia. Rubio, quien ya intentó ser candidato presidencial en 2015 (las primarias que ganó Trump), no esconde sus aspiraciones. Sin embargo, tanto por su origen hispano como por ser un republicano clásico, levanta los recelos entre las facciones más extremistas del movimiento MAGA.
En la órbita de Rubio, pero en distintos lugares, hay otros conservadores clásicos en el Partido Repúblicano. Hablamos del senador texano Ted Cruz, el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, el gobernador de Florida, Ron DeSantis, o Kevin Roberts, director del think tank Heritage Foundation que está detrás del Proyecto 2025, un plan de gobierno de derecha radical alineado con el regreso de Trump al poder. También están figuras más populistas como el senador Josh Hawley o derechistas como el senador Tom Cotton. En este extremo más tradicionalista del movimiento MAGA estarían también figuras mediáticas como Ben Shapiro y, según el día, el propio Tucker Carlson.
Vance, Miller y los MAGA más radicales
Frente a todos ellos está la disrupción puramente trumpista. Bajo el presidente y esperando recoger su testigo, se encuentra en primer lugar el vicepresidente J. D Vance. Es quien más agresivo se ha mostrado con Groenlandia y la Unión Europea. Reconvertido en un verdadero MAGA, es la cara institucional de la rama más dura de un movimiento ultranacionalista y cada vez más supremacista de puertas adentro, como prueba su agresiva política migratoria y su ataque contra ciudades y estados demócratas. Aunque ha perdido protagonismo con las intervenciones en Venezuela y, especialmente, Irán, una guerra que ya afecta a la economía estadounidense y mundial, ha cosechado los primeros apoyos de cara a una sucesión.
Vance no parece tener una atribución concreta, no parece estar al frente de ninguna acción política, económica o militar. Sin embargo, su figura es cada vez más grande entre la base del movimiento MAGA. Participa en los cónclaves, trata de apaciguar las discrepancias internas y coloca desde su cargo institucional la narrativa más dura y entendible por los adalides del America First. Y es la cara presentable del verdadero hombre fuerte de esta facción: Stephen Miller, asesor de Seguridad Nacional de Trump.
Si el primer año de la vuelta de Trump estuvo determinado por una limpieza del Gobierno federal llevada a cabo por el director de la Oficina Presupuestaria de la Casa Blanca, Russell Vougth, uno de los autores principales del Proyecto 2025, ahora es el momento de Miller. El hombre que repite que “Estados Unidos sólo para los estadounidenses” (léase blancos y cristianos) y cuya misión confesa es “salvar a Occidente” es el principal impulsor de las políticas más extremas de la Administración Trump. Según un reciente perfil publicado por Bloomberg, otros asesores de Trump lo han bautizado como “primer ministro”.
La influencia de Miller se extiende a la política exterior, pero brilla en la nacional. Él, junto a la ya ex secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, han convertido al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en una policía política que campa a sus anchas por las ciudades estadounidenses. Con el rostro cubierto y armados hasta los dientes, aterrorizan a toda persona con apariencia de no ser ciudadana estadounidense, léase blanca. Desde el año pasado han asesinado a tres personas en enfrentamientos directos, y hasta 32 han muerto bajo su custodia en circunstancias sin aclarar.
La agresividad de los agentes del ICE, unos 22.000 en total, 12.000 contratados el pasado año, responde a la rapidez con la que Miller quiere cumplir una de las principales promesas de campaña: deportar a doce millones de indocumentados. Eso se ha traducido en exigirles que aumenten las detenciones a 3.000 diarias. Miller es también la cabeza detrás del proyecto para terminar con la ciudadanía por derecho de nacimiento, recogido en la Decimocuarta Enmienda de la Constitución. Esta es una vieja aspiración de la ultraderecha estadounidense y cuya decisión recaerá en una Corte Suprema de mayoría conservadora.
Es la economía
En último término, la división del movimiento MAGA es entre dos modelos económicos que dividen a la derecha. Amortizado el libre comercio clásico con los aranceles de Trump, el movimiento MAGA se divide entre el nacionalismo proteccionista de Steve Bannon y el anarcoliberarismo tecnocrático de Elon Musk, Peter Thiel y demás señores de las plataformas tecnológicas y la inteligencia artificial. Si bien Bannon sigue gozando de su público, los dueños de las tecnológicas están ganando la partida al haber financiado la vuelta de Trump a la Casa Blanca, abriéndole oportunidades de negocio a su propio entorno familiar.
Los hijos y el yerno de Trump, Jared Kushner, que actúa como embajador plenipotenciario pese a no tener cargo, se han visto asociados o han respaldado el lanzamiento de productos financieros vinculados al ecosistema mediático del presidente. Esos conflictos de interés han enlodado aún más el debate regulatorio sobre las criptomonedas y la banca clásica. A ello se suman los negocios inmobiliarios en Arabia Saudí, Catar y Emiratos Árabes Unidos mientras el Gobierno fortalece las relaciones con esos países.
El caso más obsceno es la subasta pública de la Franja de Gaza que Kushner realizó en enero en el Foro de Davos: un supuesto proyecto de “reconstrucción” que busca inversores para construir hasta 180 rascacielos, pero nada dice de los gazatíes que sobreviven a diario a un genocidio inacabado. En cualquier caso, estos casos son la punta del iceberg: según Bloomberg, la familia Trump tenía una fortuna de 6.800 millones de dólares a principios de 2026, 1.400 millones de ellos atribuibles a activos digitales en el último año.
Por otro lado, están los debates sobre la regulación de la IA. Vance y varios funcionarios afines a Trump argumentan que Estados Unidos debe fortalecer su liderazgo tecnológico y simplificar la supervisión federal para competir a nivel global. El propio Vance, quien trabajó en Silicon Valley y cuenta con el apoyo financiero de Peter Thiel, también ha sido el más agresivo hacia estas legislaciones de la Unión Europea. Por su parte, figuras como DeSantis o Bannon sostienen que impulsar la inversión en IA conlleva el riesgo de empoderar aún más a las empresas tecnológicas y debilitar la autonomía de los estados. Y así, seguir enriqueciendo a una élite cada vez más aislada y omnipotente a costa del estadounidense promedio.
Por el momento, la Administración Trump apuesta por el control de la IA estrechando sus vínculos con Palantir, de Peter Thiel, y OpenAI, en detrimento de otras compañías como Anthropic. El fundador y CEO de esta última, Dario Amodei, se ha enfrentado al Departamento de Defensa al exigir que su herramienta de IA no se utilice para la vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses y en armas autónomas. El Pentágono había advertido a Anthropic que la usaría para “todos los fines legales”, argumentando que una empresa privada no puede dictar cómo pueden usar sus herramientas en una emergencia de seguridad nacional. El enfrentamiento ha supuesto la ruptura de todos los contratos entre la Administración Trump y la compañía, que ha sido etiquetada como un “riesgo para la cadena de suministro”. Esa designación se hace generalmente a empresas asociadas con adversarios extranjeros e impide a Anthropic hacer negocios con empresas que trabajan con el Departamento de Defensa estadounidense.
Estas disputas reflejan la creciente división en un movimiento que un día presumió de dar respuesta a las aspiraciones de la clase trabajadora víctima del gran capital. La derecha sopesa la innovación frente a las preocupaciones sobre la automatización, la disrupción del mercado laboral y la regulación centralizada. De momento, los demócratas siguen colocando el poco debate en la economía real y en la palabra que el nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ha puesto de moda: la asequibilidad y la carestía de la vida.
Hacia las ‘midterms’, con la mirada en la sucesión
Sea cual sea el futuro del movimiento MAGA, todas las miradas están en las elecciones de medio mandato. Si los comicios del pasado noviembre arrojaron un primer aviso al Partido Republicano con derrotas en Virginia, Nueva Jersey y la irrupción de Mamdani en Nueva York, las midterms determinarán la fuerza del movimiento. Trump y los suyos han gobernado sin el Congreso pese a tener mayoría tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes. Perder alguna de estas mayorías podría dejar al país en un lugar nunca antes visto: una crisis constitucional con una Casa Blanca enfrentada al Congreso.
De ahí las prisas, la agresividad en las calles y tras los micrófonos y las amenazas con invocar una Ley de Insurrección. Cuanto más se acerquen los comicios, estas amenazas aumentarán la tensión en las calles de las ciudades más díscolas, como Mineápolis, Nueva York, Chicago o Los Ángeles. De ahí también las bromas. En una entrevista con Reuters, el propio Trump dijo que su Gobierno había conseguido tantas cosas que igual “no debería haber elecciones [en noviembre]”. Una supuesta broma lo es cada vez menos.
En un intento de espolear a los suyos y apaciguar cualquier división, Trump ha advertido de que si los republicanos pierden las midterms, los demócratas tratarán de abrirle un nuevo impeachment. Las encuestas han comenzado a mostrar que la mayoría de los votantes cree que el país va por mal camino, y el apoyo al presidente ha caído entre quienes se identifican como republicanos y con MAGA. Incluso menos republicanos se identifican con el movimiento respecto al año pasado.
En noviembre, todos los miembros de la Cámara de Representantes y un tercio de los senadores se presentan a la reelección. Y una pérdida de la mayoría en la Cámara complicaría a un Gobierno estadounidense que es más MAGA que republicano. Mientras las cartas se despejan, tanto Elon Musk como Tucker Carlson, nombres que han capitalizado algunas disensiones en el movimiento, han vuelto al círculo de confianza del trumpismo, y la pelota se desplaza hacia el tejado de lo que queda del viejo Partido Republicano. Son ellos, los congresistas y senadores ahora inoperantes, los que se juegan no sólo su maltrecho prestigio, sino su puesto. Y con ello el futuro del movimiento MAGA y el de Estados Unidos.



