El cine ambientado en otras épocas nunca trata de un tiempo remoto: va de nosotros, de nuestra época, con un filtro estético y ropajes diferentes. No va del pasado, sino de cómo lo vemos, también buscando explicaciones o justificaciones. Es la afirmación de que hay cosas que no cambian, de que existe un progreso imparable o de que estamos cayendo en la degradación absoluta. Según la película se ajuste a nuestros valores, a lo que queremos oír o a la estética que asociamos, nos parece mala o una genialidad.
La Odisea de Christopher Nolan no es una película histórica. Tampoco es que los poemas homéricos lo sean. Por ello no se ajustan a una realidad arqueológica ni histórica. Los lestrigones aparecen en la película con armaduras medievales, y los personajes llevan pantalones y mangas largas, lo que cualquier griego o romano de época clásica hubiera asociado a la feminidad o la alteridad étnica. Lo mismo que en los poemas se mezclan los cascos de colmillos de jabalí con elementos más cercanos a la época arcaica y todo con un lenguaje más que artificial. Incluso el rapero Travis Scott interpretó al bardo, en un guiño, dijo Nolan, a la naturaleza cantada de los poemas. El continuo viaje entre pasado y presente, la atemporalidad de la historia, es algo buscado, aunque haya intentado justificar históricamente alguna de sus elecciones.
Estética, reescritura y ‘casting’
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