El cine ambientado en otras épocas nunca trata de un tiempo remoto: va de nosotros, de nuestra época, con un filtro estético y ropajes diferentes. No va del pasado, sino de cómo lo vemos, también buscando explicaciones o justificaciones. Es la afirmación de que hay cosas que no cambian, de que existe un progreso imparable o de que estamos cayendo en la degradación absoluta. Según la película se ajuste a nuestros valores, a lo que queremos oír o a la estética que asociamos, nos parece mala o una genialidad.
La Odisea de Christopher Nolan no es una película histórica. Tampoco es que los poemas homéricos lo sean. Por ello no se ajustan a una realidad arqueológica ni histórica. Los lestrigones aparecen en la película con armaduras medievales, y los personajes llevan pantalones y mangas largas, lo que cualquier griego o romano de época clásica hubiera asociado a la feminidad o la alteridad étnica. Lo mismo que en los poemas se mezclan los cascos de colmillos de jabalí con elementos más cercanos a la época arcaica y todo con un lenguaje más que artificial. Incluso el rapero Travis Scott interpretó al bardo, en un guiño, dijo Nolan, a la naturaleza cantada de los poemas. El continuo viaje entre pasado y presente, la atemporalidad de la historia, es algo buscado, aunque haya intentado justificar históricamente alguna de sus elecciones.
Estética, reescritura y ‘casting’
El tráiler de la película de Nolan ya ha desatado críticas y aplausos. Los aplausos destacan una cierta “visión personal”, una idea de la estética propia y particular. En cambio, las críticas se apegan al rigor histórico. O fingen hacerlo, usándolo como excusa para criticar cualquier desviación de un imaginario épico o de una idealización conservadora del mundo antiguo. Fue algo que ya ocurrió con el documental de Netflix sobre Alejandro, en que se criticó mostrar una sexualidad alejada de la heteronormatividad.
En la Odisea, todo el concepto de rigor se reduce a colores, vestimentas y actores. Parte de las c...