Es 5 de marzo de 2026. Lionel Messi, junto con el resto del plantel del Inter de Miami, acude a la Casa Blanca donde es recibido por Donald Trump. A priori, el hecho no parece tan excepcional: desde 1865 existe una tradición en la que los presidentes estadounidenses agasajan a equipos campeones de diferentes deportes. Sin embargo, en Argentina, país de origen de Messi, y en otras partes del mundo, muchos vieron en esa acción un giro “hacia la derecha” y una subordinación al poder “hegemónico” o al “imperio”. A estas críticas se sumaba la contraposición con otra estrella del futbol: Diego Armando Maradona.
El sobrio y prudente Messi nunca se expresó acerca de un hecho político de su tiempo. Sin embargo, en tiempos de polarización, eso lo asocia con cierta funcionalidad al poder. Maradona, en cambio, era una figura excesiva, polémica y temperamental. Despertaba amores y odios. No es casual: el prime maradoniano a mediados de los años ochenta coincidió con un orden internacional fuertemente bipolar. Pero en general, ninguna figura histórica elige convertirse en icono, sino que es el peso de la historia sumado a un gesto o una foto los que los dejan unidos a una idea, un concepto o al espíritu de una época.
Maradona y el mundo bipolar
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