La imagen que acompaña a este artículo muestra una calle de la antigua Roma. A la izquierda, puestos de mercado con toldos ocres; a la derecha, una columnata corintia que se prolonga hasta un templo con frontón triangular; entre ambos, ciudadanos con togas blancas caminan sobre un pavimento inmaculado bajo una luz dorada. Todo encaja con lo que esperamos ver cuando pensamos en Roma.
Sin embargo, esa conformidad, esa sensación de que la imagen “está bien”, es el problema: la escena no procede de un archivo histórico ni de una reconstrucción arqueológica. La generó un programa de inteligencia artificial a partir de una instrucción de texto. Es el resultado de un cálculo estadístico sobre millones de pinturas, fotogramas, capturas de videojuegos e ilustraciones escolares. El algoritmo ha extraído los patrones visuales más frecuentes de todo ese material y ha producido una imagen que condensa lo que nuestra cultura visual entiende por “Roma”. No documenta una ciudad. Confirma una expectativa.
He llamado a este fenómeno pasado sintético: las representaciones del pasado generadas por IA, ya sean textos, imágenes o vídeos, que funcionan como relatos coherentes y convincentes sin estar ancladas al trabajo del historiador. El pasado sintético no aspira a documentar lo que fue; aspira a parecerse a lo que esperamos que fuera. Lo que está cambiando con esta tecnología es la relación que mantenemos con la historia: quién produce el relato del pasado, qué esfuerzo exige conocerlo y qué esperamos obtener de él. Un cambio que a su vez tiene profundas implicaciones políticas.
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