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El mapa de la ‘Odisea’: la cartografía detrás del mito

Llevamos siglos tratando de reconstruir la ruta de Ulises por un Mediterráneo donde la fantasía se funde con la realidad

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En la isla de Gozo, en Malta, una cueva se asoma sobre la bahía de Ramla. Cada año, miles de visitantes acuden hasta ella convencidos de que se trata de Ogigia, el “ombligo del mar” donde la ninfa Calipso retuvo durante siete años a Ulises, el héroe de la Odisea.

Pese a ello, no hay mención alguna a Gozo o Malta en la obra de Homero, cuya propia existencia aún se debate. En lugar de ceñirse a los mapas del momento, en torno al siglo VIII a. C., la Odisea lleva de viaje a su protagonista por los confines difusos de un Mediterráneo inexplorado, donde las experiencias de los navegantes se mezclan con la fantasía.

Rocas de silueta extraña, islotes imponentes y acantilados inaccesibles, como el volcán Estrómboli en Sicilia, el islote Perejil en el estrecho de Gibraltar o la propia isla de Gozo, han terminado formando parte de la geografía del mito, que acaba de llegar a la gran pantalla de la mano del director Christopher Nolan.

Durante siglos, la reconstrucción de la Odisea ha mantenido ocupados a cartógrafos, arqueólogos e historiadores empeñados en apropiarse del mito y volcar los versos de Homero en un mapa. De esta forma, Ogigia está a la vez en Malta, Grecia, Croacia, Italia, el islote de Perejil o incluso las Azores.

Hay incluso quien navegó el Mediterráneo con la Odisea en mano en busca de evidencias. Es el caso del helenista y diplomático francés Victor Bérard, que se embarcó en varias expediciones entre 1901 y 1912 para desmontar la creencia predominante de que la geografía de la Odisea era pura fantasía.

LA RECONSTRUCCIÓN DE BÉRARD
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La reconstrucción de Bérard
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Traductor de la Odisea, Bérard era un hombre de su tiempo. El auge del trabajo de campo, la fotografía documental y una creciente confianza en los métodos empíricos impulsaron una nueva forma de estudiar el pasado: no bastaba con leer los libros desde el escritorio; había que recorrer los paisajes que estos describían.

A bordo de su yate, Bérard examinó la topografía de las costas, los vientos, las corrientes marinas y las distancias de navegación para demostrar de forma empírica que las descripciones homéricas coincidían con la geografía del Mediterráneo. Así fue como llegó a la conclusión de que los mitos de Homero estaban basados en las rutas comerciales de los marineros fenicios, los verdaderos dueños del Mediterráneo en la Antigüedad, y de que Ogigia se ubicaba en realidad en el islote de Perejil.

El mapa de la Odisea de Victor Bérard
El mapa original de Victor Bérard publicado en 1933.

Para Bérard, este enclave a la sombra de las míticas Columnas de Hércules cuadraba con el rumbo detallado en el poema: para regresar a Ítaca, Ulises navega hacia el este manteniendo siempre la Osa Mayor a su izquierda, lo que sitúa su punto de partida en el extremo occidental del mapa. El “ombligo del mar” debía ser, por tanto, el punto de unión entre el Mediterráneo y el océano Atlántico, donde además el microclima de Perejil permitía el crecimiento de los árboles que Homero ubicó en la isla de Calipso (alisos, álamos y cipreses).

El resultado de sus expediciones fue un tratado de cuatro volúmenes, titulado Las navegaciones de Ulises (1927-1929), y un libro póstumo de fotografía documental, Tras la estela de Ulises. En este último, publicado en 1933, las imágenes del fotógrafo suizo Fred Boissonnas, acompañante de Bérard, trazan un paralelismo directo entre el paisaje mediterráneo del siglo XX y los versos del poema.

Durante décadas, el mapa de la Odisea fue el mapa de Bérard.

LA BITÁCORA FOTOGRÁFICA DEL VIAJE

La bitácora fotográfica del viaje

El archipiélago de las sirenas: Li Galli
“El archipiélago de las sirenas: Li Galli”
Perejil: la isla del escondite
“Perejil: la isla del escondite”
Las furias de Eolo
“Las furias de Eolo”
El país del cíclope: Posílipo
“El país del cíclope: el Posílipo”

La colonización del mito

Para los griegos del siglo VIII a. C., el mundo conocido era muy pequeño, reducido prácticamente al mar Egeo, las costas de la actual Turquía y el norte de Egipto. Todo lo que quedaba mar adentro hacia el oeste constituía una frontera inexplorada y misteriosa.

Homero tomó las experiencias de los navegantes y las mezcló con la mitología, dando lugar a una geografía mítica donde el mundo real que Grecia empezaba a descubrir se difuminaba con el reino de los dioses. A lo largo de sus diez años de travesía de vuelta a Ítaca, Ulises recorre en consecuencia lugares reconocibles, como el cabo Malea y la isla Citera, al sur de la península del Peloponeso, Troya o Tracia, y al mismo tiempo escenarios fantásticos, como las islas de los lotófagos o los cíclopes.

Aun así, los antiguos griegos creían firmemente que la Odisea había tenido lugar y que los dioses intercedían en los asuntos humanos. Los monstruos, las sirenas o las ninfas se escondían al otro lado de esa frontera desconocida.

Con el paso de los siglos, a medida que la geografía y la cartografía se desarrollaron como ciencias, estalló el debate entre los eruditos griegos acerca de la traducción física del mundo dibujado por Homero. ¿Tenía sentido intentar mapear una epopeya mística? Para Eratóstenes, el primero en medir la circunferencia de la Tierra allá por el siglo III a. C., era una pérdida de tiempo: “Encontraréis el escenario de las andanzas de Ulises cuando encontréis al zapatero que cosió la bolsa de los vientos”.  

La obsesión por darle un anclaje físico a la epopeya de Homero cristalizó en el Renacimiento gracias al cartógrafo flamenco Abraham Ortelius, que mapeó por primera vez el viaje completo de Ulises en su Theatrum Orbis Terrarum, el también primer atlas moderno de la historia. Para sostener su intento de darle un matiz científico al recorrido de la Odisea, Ortelius se inventó incluso una isla al oeste de Corfú, donde debía situarse Ogigia. Esa isla imaginaria siguió apareciendo en los mapas de los siglos XIX y XX, hasta que Victor Bérard la empujó hasta el estrecho de Gibraltar.

El mapa de Abraham Ortelius (1597).

Hoy la mayoría de los estudiosos considera desfasados los mapas de Ortelius y Bérard por estar lejos de ser una reconstrucción histórica demostrable y dotar de excesiva credibilidad a los versos homéricos. Sin embargo, aunque inexacto, el mapa de Bérard renovó el estudio geográfico de la Odisea: reconstruir el recorrido de Ulises se convirtió a partir de entonces en una forma de estudiar cómo concebían los antiguos griegos el mar y los límites del mundo conocido.

El mapa dejó de ser una herramienta para verificar el mito y pasó a convertirse en una herramienta para interpretarlo. Los mitos, por fantásticos que sean, también reflejan cómo las sociedades interpretan el mundo y transmiten esa cultura de generación en generación.

En esta corriente se inserta el trabajo de Peter T. Struck, profesor de Estudios Clásicos en la Universidad de Pennsylvania, que en el año 2000 desarrolló un mapa alternativo de la Odisea. Su particularidad es que deja a un lado los criterios náuticos o topográficos para centrarse en el significado cultural que esos lugares tenían para un griego de la época arcaica.

El país de los lotófagos, la isla de Circe, el reino de los muertos, las sirenas o el hogar de Calipso representan entonces distintos grados de alejamiento respecto al mundo civilizado. El viaje de Ulises no es únicamente un desplazamiento físico, es también un recorrido por los límites del orden griego, donde cada episodio enfrenta al héroe con aquello que amenaza la identidad de la polis: el olvido, la pérdida de la razón, la barbarie, la desmesura o la muerte.

LA RECONSTRUCCIÓN DE STRUCK
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La reconstrucción de Struck
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Desde esta visión, por ejemplo, la ubicación del infierno cambia en el mapa. Si la reconstrucción de Bérard lo ubica en el sur de Italia, en las inmediaciones del lago del Averno, Struck argumenta que está mucho más alejado, quizás en la península ibérica. No porque crea que el hades esté realmente allí, sino porque el extremo occidental del Mediterráneo representaba para los griegos el límite del oikoumene, el mundo habitado, mientras que la península itálica no era un lugar tan desconocido para ellos. 

Una lógica similar explica la nueva ubicación de los lestrigones. Frente a la tradición que los situaba en Cerdeña, Struck los aleja hasta el norte de África. Se trata de gigantes antropófagos violentos, por lo que su hogar tiene que ubicarse necesariamente fuera del Mediterráneo familiar para los griegos.

Distinto es el caso de los espacios gobernados por la magia o los dioses, como las islas de Eolo, Calipso o Helios. Para Struck, estos lugares pueden situarse en cualquier parte del mapa: poco importa su ubicación exacta mientras esta simbolice el extremo de la ruta, en el caso de Calipso, o su lejanía con respecto a tierra firme, en el caso de las islas de Eolo y Helios.

Los mapas de lo invisible

Los mapas de Bérard y Struck muestran que no existe una única forma de cartografiar un mito. Bérard cartografía el Mediterráneo para explicar la Odisea, mientras que Struck cartografía la Odisea para explicar el Mediterráneo de los griegos.

La evolución de la representación del mundo de Ulises también refleja cómo ha cambiado nuestra forma de interpretar los mapas. En la Antigüedad, estos se leían hacia adentro: lo importante era lo que sucedía en el interior del reino, polis o región en cuestión, mientras que la representación del exterior, el mundo desconocido y hostil, era más simple y subjetiva.

En la época de Ortelius, por ejemplo, el mapa todavía era un territorio abierto donde la historia y la fantasía podían convivir, donde un mapa de la Odisea cabía en un atlas geográfico. Pero llegando al siglo XIX, esa frontera entre imaginación y ciencia se comenzó a ensanchar. Las grandes expediciones habían completado buena parte del planeta, y cada vez quedaban menos espacios en blanco. Lo importante pasó entonces a ser lo que sucedía al otro lado de las fronteras, en ese mapamundi que ahora era global.

La exploración de lo desconocido empezó a dirigirse hacia las últimas fronteras físicas de la época, como los polos o el nacimiento de los grandes ríos africanos. Pero como ese mundo era finito, la cartografía se internó en los escenarios que imaginaba la naciente ciencia ficción y viajó a tiempos remotos. Si ya no quedaban nuevos continentes por conquistar, todavía quedaban mundos antiguos por interpretar, relatos por revisitar y civilizaciones por redescubrir.

Quizá por eso seguimos regresando a los mapas de Ulises. No porque esperemos encontrar la isla de los cíclopes o reconstruir la ruta exacta que siguió el héroe, sino porque esos lugares imaginarios siguen planteando preguntas sobre nuestros propios límites.

Cada época dibuja sus fronteras de lo desconocido: para los antiguos podían ser los confines del Mediterráneo; para los exploradores modernos, las regiones polares; para el mundo actual, el espacio exterior o la profundidad de los océanos. Cuando ya no quedan tierras por descubrir, seguimos creando territorios que mapear.

Los mapas de la Odisea recuerdan que la cartografía no nace únicamente de la necesidad de saber dónde estamos, sino también del deseo de imaginar dónde podríamos estar. Porque antes de que un lugar exista físicamente, a menudo toma forma primero en nuestra mente, en nuestros relatos y en nuestros mapas.

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