El mar Mediterráneo es uno de los puntos de mayor valor geoestratégico del mundo. Los romanos construyeron su imperio a través del control de las rutas marítimas de este mar que separa el sur de Europa, el norte de África y el extremo occidental de Asia, y desde entonces su importancia en el tablero de la geopolítica internacional ha sido incuestionable. Al interés por el control del flujo de mercancías ―decenas de millones de contenedores cruzan el Mediterráneo cada año― se suma en la actualidad la pugna por la explotación de las reservas de gas natural, lo que está provocando fuertes choques en la región, especialmente en el Mediterráneo oriental.
Las rutas marítimas han sido utilizadas durante siglos para el intercambio de bienes y productos entre los países ribereños —la dieta mediterránea es fruto de estos históricos lazos comerciales—, pero lo cierto es que las facilidades que ofrece el Mediterráneo no han sido aprovechadas para crear sinergias económicas en la región. Las barreras aduaneras, las alianzas políticas unilaterales y la inestabilidad que atraviesan algunos países dificultan una hipotética unión mediterránea. De hecho, los puertos mediterráneos como los de El Pireo, el más importante de la región, Algeciras o Tánger Med no pueden competir con el volumen comercial de los del norte de Europa, con Róterdam y Amberes a la cabeza.
Por esta razón los puertos mediterráneos están apostando por la tecnología y por la reconversión en puntos de apoyo para otras rutas de largo recorrido. La mayoría de estos puertos modernizados se sitúan en los múltiples estrechos que cercan el Mediterráneo: Gibraltar, Bósforo, Dardanelos y Suez son las únicas conexiones con otros mares, y las islas de Malta, Sicilia y Cerdeña lo parten en dos. Esto da lugar a cuellos de botellas o choke points que limitan la navegación marítima y crean codiciados puntos estratégicos por los que han peleado las potencias mediterráneas, como el caso de Malta, que ha sido invadida en varias ocasiones.
Por último, los recursos naturales son otro de los principales motivos por los que el Mediterráneo despierta tanto interés. Más allá de la pesca, que también ha creado históricamente tensiones entre los veintidós países mediterráneos, son los hidrocarburos y más concretamente el gas natural el recurso que mayor atención ha acaparado en los últimos años. El Mediterráneo occidental se abastece de las reservas de Argelia, pero en el Mediterráneo oriental la lucha por el control de las extracciones y la construcción de gasoductos está en su punto álgido. Se han descubierto importantes yacimientos en las costas israelíes, libanesas, palestinas, chipriotas y egipcias, y el proyecto de construcción del gasoducto EastMed ha dejado fuera del acuerdo para su comercialización a Turquía, una de las potencias más activas y con más intereses en la zona. Pero Ankara no ha dicho aún su última palabra y amenaza con extender los límites de sus fronteras marítimas de forma unilateral e, incluso, con adentrarse sin permiso en aguas pertenecientes a otras naciones para llevar a cabo sus propias exploraciones.
El gas natural abre una lucha geopolítica en el Mediterráneo oriental
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