A mediados del siglo XVI, la peste campaba a sus anchas, la esperanza de vida apenas rondaba los 40 años y no existía energía más allá del impulso de un caballo o un molino. Cristóbal Colón acababa de llegar a América y Nicolás Copérnico sacudía la astronomía al defender que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol. Cinco siglos después, el mundo ha cambiado radicalmente. Y, sin embargo, seguimos utilizando la misma técnica para mapearlo.
En 1569, Gerard Kremer, un cartógrafo flamenco apodado Gerardus Mercator, inventó la conocida como proyección Mercator. Su aportación revolucionó la cartografía y la navegación, pero Kremer difícilmente podía imaginar que su mapa sobreviviría a cinco siglos de historia y que sería la base de una revolucionaria aplicación, inconcebible para un hijo de un zapatero del Renacimiento, llamada Google Maps.
La proyección Mercator pretendía ayudar a los marineros a orientarse en sus travesías en plena Era de los Descubrimientos y, sin querer, acabó convirtiéndose en el mapa global de referencia, permeando en las escuelas, guías de viaje y nuestros teléfonos móviles. El problema es que por el camino ha consolidado una visión distorsionada y eurocéntrica del mundo.
Para muestra, un mapa. ¿Sabrías estimar el tamaño de África en relación a Groenlandia, la isla más grande del mundo? Comprobémoslo: ajusta en la barra de abajo el tamaño de Groenlandia hasta igualarla con el continente africano.
En efecto, la proyección de Mercator estira las zonas cercanas a los polos y sobredimensiona las regiones más alejadas del ecuador, especialmente los centros tradicionales de poder —Europa y Norteamérica—, mientras minimiza la escala de África o Sudamérica. «Esta distorsión no es solo un error cartográfico: es un fallo narrativo», sostiene en su web la campaña Correct The Map, que llama a reemplazar la proyección Mercator por otra que represente con más fidelidad el tamaño real de los países. «En un mundo donde el tamaño suele equipararse con el poder, tergiversar la verdadera escala de África refuerza ideas equivocadas y perjudiciales sobre su importancia geopolítica y económica», argumenta la iniciativa, que cuenta con el apoyo de la Unión Africana.
La distorsión de Mercator
La herejía de cartografiar el mundo
Gerard Kremer nació en 1512 en el seno de una familia humilde, pero gracias a las conexiones de su tío pudo estudiar en una prestigiosa escuela monástica de Flandes, en la actual Bélgica. Allí comenzó a transcribir escrituras sagradas hasta desarrollar una particular destreza con la cursiva y el latín. Tras estudiar matemáticas en la Universidad de Lovaina, esa habilidad le llevó a trabajar en un taller de artesanía, donde fabricaba desde globos terráqueos hasta material quirúrgico. Para entonces ya era conocido como Gerardus Mercator, la latinización de su nombre, que significaba «mercader».
Su refinado estilo caligráfico era ideal para los grabados en cobre y las referencias geográficas de los mapamundis, por lo general demasiado toscas y gruesas. En aquella época, diseñar un globo terráqueo tenía más de arte que de ciencia: el artesano debía dibujar doce triángulos sobre el papel, recortarlos con precisión quirúrgica y ensamblarlos al milímetro sobre una esfera. El más mínimo error en cualquiera de esos pasos arruinaba todo el proceso. Pronto Mercator se vio inmerso en esa meticulosa labor y empezó a cuestionar la técnica. ¿No tenía más sentido hacerlo al revés? ¿Y si, en lugar de diseñar un globo a partir de trozos de papel, creaba un mapa plano a partir del globo?
‘Las fuerzas que mueven el mundo’
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ComprarSu idea, aunque lógica, era mucho más difícil de llevar a la práctica. Se enfrentaba a dos grandes limitaciones: la falta de información precisa y las guerras de religión. Kremer había nacido apenas quince años después de que Colón llegara a América, y el flujo de actualizaciones cartográficas era incesante. El problema es que a menudo se contradecían entre sí. De ahí dedujo que los marineros no sabían orientarse en el mar.
Los primeros mapamundis tenían una forma ovalada para intentar reflejar la curvatura de la Tierra, pero su nivel de imprecisión obligaba a los capitanes al mando de las expediciones de ultramar a retorcer, girar y recalcular continuamente sus rutas. Sus reportes eran, en consecuencia, igual de caóticos.
Para mantenerse al día con los últimos descubrimientos, Gerardus Mercator intercambiaba constantemente correspondencia con colegas lejanos y viajaba con frecuencia. Hasta que sus ansias de conocimiento despertaron las sospechas de las autoridades locales. La Reforma protestante había puesto patas arriba la Iglesia católica, y cualquier actividad inusual podía ser interpretada como un acto de conspiración o herejía. Así fue como Mercator terminó encarcelado en 1544. Su estancia en prisión duraría siete meses, durante los cuales cuatro de los reos con los que compartía condena fueron ejecutados.
A su salida, lejos de perder su ambición, Mercator volvió a la carga. En 1552 se trasladó a la ciudad alemana de Duisburgo y abrió un taller de cartografía. Harto de que los marineros cometieran una y otra vez los mismos errores y trajeran de vuelta siempre información imprecisa, decidió entonces diseñar un mapa rectangular en el que los navegantes pudieran trazar sus rutas como líneas rectas. Así, en 1569, nació la proyección que pasaría a la historia con su nombre: la proyección Mercator.
Todos los mapas mienten
El mapa perfecto no existe. Es imposible trasladar un globo tridimensional como la Tierra a un papel o una pantalla en dos dimensiones sin asumir cierto grado de error. Es como pelar una naranja y tratar de recomponer su forma sobre una mesa: pronto te verás obligado a subdividir, apretar o estirar los trozos de cáscara. En cartografía, la forma en la que recomponemos el mapa recibe el nombre de proyección.
Mercator es el ejemplo más conocido, pero hay muchas más. Ninguna es, de por sí, mejor que otra: cada una cumple una función y su elección siempre dependerá del contexto y de qué queramos mapear. Algunas proyecciones respetan las formas de los continentes pero distorsionan sus tamaños, como Mercator, mientras que otras preservan las proporciones a cambio alterar distancias o direcciones. En el nuevo libro de El Orden Mundial, Las fuerzas que mueven el mundo, un ensayo visual para entender las dinámicas que dan forma a nuestro tiempo, utilizamos proyecciones diferentes para hablar por ejemplo del Ártico, el comercio marítimo o la pesca.
Pero ¿qué hace diferente a cada proyección y por qué conviene elegir una antes de ponernos a diseñar un mapa? Para comprenderlo, imaginémonos una bombilla dentro de una bola del mundo. Si enrollamos un papel alrededor del globo y encendemos la luz, los países se proyectarán sobre él y podremos dibujar el mundo en dos dimensiones. La clave —y lo que dará lugar a una proyección u otra— es cómo colocamos ese papel.
En términos generales, hay tres opciones: podemos desplegarlo completamente a lo largo de un mismo círculo, normalmente el ecuador; formar un cono con el papel y colocarlo sobre el globo, de manera que corte la esfera transversalmente; o mantener el folio plano y hacer que toque el globo en un único punto. En función de la elección, obtendremos una proyección cilíndrica, cónica o acimutal.
Proyección cilíndrica
Proyección cónica
Proyección acimutal
Esa es la teoría básica, pero una vez que tenemos el globo terráqueo proyectado en nuestro papel —o, mejor dicho, calculado el sistema de ecuaciones que nos permite hacerlo—, podemos introducir modificaciones para ajustar el mapa. El resultado es un abanico de cientos de proyecciones.
En el caso concreto de Mercator, Gerard Kremer optó por una proyección cilíndrica y partió de un mapa rectangular con los paralelos proyectados como líneas horizontales y los meridianos como líneas verticales. El punto de partida ya era raro: en el globo, los meridianos confluyen en los polos, pero en su mapa eran líneas paralelas que sobredimensionaban las distancias entre sí conforme se acercaban a los polos. Para corregir esa distorsión y preservar la forma de los continentes, Mercator alteró también la distancia entre los paralelos utilizando una fórmula todavía hoy desconocida: el cálculo requería logaritmos, derivadas e integrales que aún no habían sido inventados, lo que da buena cuenta de su privilegiada intuición matemática.
Al estirar el mapa horizontal y verticalmente, el cartógrafo flamenco se aseguró al menos de que la distorsión fuera proporcional. Es decir, que un círculo conservara su forma en cualquier punto del mapa. No sucede así con su tamaño: los círculos cercanos a los polos son mucho más grandes que aquellos más próximos al ecuador, a pesar de que su tamaño real sea el mismo. Como consecuencia, en la proyección Mercator, África y Sudamérica tienen un tamaño similar al de Groenlandia, cuando en realidad la primera es catorce veces más grande y la segunda ocho.
Mercator en comparación con la proyección equivalente Equal Earth
A pesar de ello, Mercator revolucionó la navegación marítima. Los marineros podían ahora trazar rutas de rumbo constante, es decir, seguir una dirección fija con la brújula. Eso no implica que sea el camino más corto, pero eso es otra historia. Aun así, no fue hasta el siglo XVIII, con la invención del cronómetro marino y un conocimiento más profundo del campo magnético de la Tierra, cuando los navegantes pudieron determinar con precisión su posición en el mapa y sacarle partido a la proyección Mercator.
La alternativa
El gran inconveniente de la proyección Mercator es que amplifica la visión de un norte global —Europa y Norteamérica— poderoso y un sur insignificante. El mundo real difiere mucho del reflejado por Kremer y es fácil tacharlo de eurocentrista, cuando no directamente racista. A pesar de ello, cuesta pensar que Gerardus Mercator tuviera ese objetivo en mente cuando diseñó su mapamundi. Probablemente acogió de buen grado el equilibrio geográfico resultante, pero por razones más prácticas que políticas.
En el siglo XVI, los europeos se lanzaron a conquistar el mundo y el mapamundi no dejaba de incorporar nuevos territorios. Mercator conocía mucho mejor los límites europeos, por lo que tenía sentido concederles más protagonismo y relegar a un segundo plano aquellas zonas más desconocidas o incluso cambiantes, como América o África. Al fin y al cabo, su prioridad absoluta era ayudar a los marineros a orientarse en alta mar y navegar de un punto a otro; y en esa tarea, las direcciones son mucho más importantes que el tamaño de los países.
Pero el invento sobrevivió a su creador. Editores, profesores y en última instancia el mundo entero abrazaron la conveniencia y la estética de un mapa rectangular con líneas rectas que encajaba casi a la perfección en un libro o un cuadro. Siglos después, Google Maps apuntaló su universalidad. Lanzada en 2005, la primera versión de la aplicación utilizaba una proyección que no preservaba las formas ni los ángulos, y las latitudes más altas presentaban problemas de navegación. En Estocolmo, por ejemplo, las intersecciones entre las calles no formaban ángulos rectos, lo que hacía que que las indicaciones de navegación fueran menos precisas.
Por eso, y también porque los clientes ricos del norte global constituían la base de su público objetivo, Google decidió adoptar una proyección infalible: Mercator. Así, Mercator se convirtió en el mapa del mundo y condicionó la forma en la que miramos a nuestro alrededor. Párate a pensarlo: desde la escuela hasta un viaje en avión o una caminata hasta el nuevo bar de moda, llevas toda la vida expuesto a sus distorsiones.
La campaña Correct the map propone como alternativa utilizar Equal Earth, una proyección equivalente —esto es, que conserva el tamaño relativo de las áreas— que «prioriza la equidad y la representación». A cambio, como ya sabemos, distorsiona formas y direcciones. Entre las proyecciones equivalentes y conformes —Mercator— emerge una tercera vía, a medio camino entre ambas, llamada convencional o de compromiso, que sacrifica a la vez todas o varias de las propiedades geométricas del globo para evitar distorsiones extremas en un único aspecto. Entre las más conocidas están Robinson, Winkel Tripel, Eckert IV o Mollweide.
Asimismo, en los últimos años ha cobrado fuerza en la escuela francesa —siempre a la vanguardia en cartografía— la opción de mapear el mundo utilizando varios globos, concretamente tres. La justificación de esta decisión es que la globalización es un proceso de interconexión de todos los lugares del planeta, y utilizar el globo mismo para visualizar sus consecuencias evita sesgos y distorsiones.
La proyección triglobal
Las opciones son tan diversas y su potencial tan vasto que cuesta entender por qué nos empeñamos en mirar al mundo siempre con los mismos ojos. Desde el eje norte-sur hasta el color o las propias fronteras, los mapas están llenos de convenciones. Cartografiar, por definición, significa seleccionar, y las proyecciones no son una excepción.
En El Orden Mundial lo tenemos claro: primero viene el enfoque, luego el lienzo. Ponemos la proyección al servicio del tema, no al revés. Ya sea para desentrañar la geopolítica del Ártico o calcular la exploración de los mares, cada mapa cuenta una historia, una intención, y solo tomando los mandos de esa complejidad y subjetividad podremos contar y entender mejor el mundo.


No conocía la proyección triglobal. Me parece bellísima.
Para los más frikis de las matemáticas, la imposibilidad de crear un mapa «perfecto» de la Tierra tiene que ver con el Teorema Egregio de Gauss.
Una función entre superficies que preserve distancias mantiene invariante una cantidad llamada «curvatura gaussiana». La curvatura gaussiana de una esfera es positiva, y la curvatura gaussiana de un plano es cero. Por tanto, no existe ninguna función que preserve distancias entre una esfera (la Tierra), y un plano (un mapa).
Sí que existen proyecciones que preservan ángulos (Mercator), o áreas (proyección acimutal de Lambert). Cabe preguntarse si existe alguna proyección que preserve ángulos y áreas a la vez. No es posible: preservar ángulos y áreas implica preservar distancias, lo que contradice el resultado anterior.
En efecto, Daniel. Muchas gracias por el comentario. No sé si lo conocerás, pero quizá te interese el libro ‘Mapmatics: How We Navigate the World Through Numbers’ 🙂
FYI, «Mapmatica» sale en español en enero.