El ser humano conoce mejor Marte que sus océanos: mientras que ya ha mapeado en alta resolución casi el 90% del planeta rojo, apenas ha explorado en detalle el 25% del fondo marino de la Tierra. Más allá de la curiosidad, conocer con exactitud el lecho de nuestros mares es crucial para identificar peligros submarinos, desplegar infraestructura, proteger la fauna y flora marina o luchar contra el cambio climático.
En 2005, por ejemplo, el USS San Francisco, un submarino nuclear de la Armada estadounidense, chocó contra un monte desconocido a 160 metros de profundidad al sur de Guam. El accidente hirió a dos tercios de los 137 miembros de la tripulación y uno de ellos acabó muriendo más tarde a causa de las lesiones.
Las rutas de navegación son lógicamente los tramos del lecho marino más explorados, pero a medida que el mar se aleja de los centros urbanos aumenta la probabilidad de que se desconozca su fondo. Eso no quiere decir, sin embargo, que no se intuya su relieve: la mayor parte de la batimetría del océano ha sido trazada a partir de datos de gravedad recopilados por satélites.
Sin embargo, esa aproximación constituye tan solo un punto de partida, ya que la resolución espacial resultante es de apenas cinco kilómetros cuadrados. En comparación, los mapas topográficos de Marte o Venus tienen una resolución hasta cincuenta veces más detallada.
Mapear los fondos marinos al completo ―su punto más profundo se sitúa en la fosa de las Marianas a casi once kilómetros por debajo del nivel del mar, dos más que la altura del Everest― permitiría desplegar con más seguridad cables y tuberías para el transporte de combustibles y facilitaría la identificación y protección de la biodiversidad marina ―los montes submarinos suelen ser especialmente ricos en este sentido―. Asimismo, el fondo de los océanos influye en las corrientes y por tanto en los patrones del clima y el calentamiento global, de la misma forma que estudiarlo en profundidad puede ayudar a predecir la evolución de tsunamis futuros.

Con ese objetivo, la Fundación Nippon de Tokio y la Carta Batimétrica General de los Océanos, dos organizaciones internacionales sin fines de lucro que operan bajo el auspicio de la UNESCO, lanzaron en 2017 el proyecto Seabed 2030, fecha en la que pretenden haber mapeado al completo el suelo marino. Desde su lanzamiento, han obtenidos nuevos datos de un total de noventa millones de kilómetros cuadrados y han elevado el porcentaje de superficie conocida al 24,9% ―en 2017 era del 6%―.
Minería en el fondo marino
Hasta ahora, los países tenían pocos incentivos para estudiar el fondo oceánico más allá de la navegación y el conocimiento de sus aguas territoriales, pero la creciente dificultad para extraer en tierra firme recursos clave como el zinc, el cobalto o el cobre presentes en grandes cantidades en el mar está despertando el interés de muchas capitales en conocerlo.
Japón, de hecho, el país que más ha explorado su zona económica exclusiva ―conoce el 97,7%― fue el primero que consiguió minar su lecho marino en un ejercicio experimental en 2017. En aguas internacionales, los proyectos deben contar con la aprobación de la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, un organismo independiente establecido bajo la autoridad de las Naciones Unidas, que ya ha concedido 31 licencias de exploración a un total de catorce naciones.
La más prometedora de ellas permite a The Metals Company, una empresa canadiense, investigar en colaboración con Nauru, Tonga y Kiribati una región del océano Pacífico conocida como la zona Clarion-Clipperton. A pesar del potencial comercial y del impulso que daría esta nueva forma de minería a la transición verde, otros catorce países ―entre ellos Francia, Alemania o Nueva Zelanda― han pedido la suspensión de dichas actividades para proteger los ecosistemas submarinos.
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Metodología
La proyección usada para el mapa recibe el nombre de Spilhaus, en honor al oceanógrafo y geofísico sudafricano-estadounidense Athelstan Frederick Spilhaus, que la acuñó en 1942 para representar los mares y océanos de forma continua.
