Si estás pudiendo leer estas líneas ahora mismo es, con toda probabilidad, gracias a un cable submarino. Esta página web está alojada en un servidor de Estados Unidos, así que, a no ser que nos leas desde allí, tu proveedor de internet está haciendo uso de alguna de estas redes para hacerte llegar el contenido a tu móvil, ordenador o tableta.
Los usuarios de estas conexiones son diversos, desde empresas de telecomunicaciones y operadores móviles hasta Gobiernos e instituciones académicas. En última instancia, cualquier persona que acceda a internet, independientemente del dispositivo que utilice, depende de los cables submarinos.
Aunque el número total de conexiones varía constantemente —se introducen nuevos cables y los más antiguos se van retirando—, a principios de 2021 había 426 cables en servicio en todo el mundo, el equivalente a 1,3 millones de kilómetros. Algunos cables, como el CeltixConnect que une Irlanda y Reino Unido, son muy cortos, pero otros pueden alcanzar decenas de miles de kilómetros de longitud. Es el caso, por ejemplo, del South-East Asia – Middle East – Western Europe 3 (SeaMeWe-3), el más largo del mundo con 39.000 km.
Terminado a finales del año 2000, el SeaMeWe-3 cuenta con 39 puntos de aterrizaje, el primero en la ciudad alemana de Norden y el último en la japonesa de Okinawa. En cuanto a su gestión, es dirigido por France Telecom y China Telecom y administrado Singtel, un operador de telecomunicaciones propiedad del Gobierno de Singapur. El consorcio al que pertenece está formado por otros 92 inversores de la industria de las telecomunicaciones.
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En lo que respecta a su composición, los cables submarinos actuales utilizan fibra óptica. Los láseres en un extremo disparan delgadas fibras de vidrio hasta los receptores del otro extremo del cable a una velocidad vertiginosa, alcanzando hasta los 160 terabytes por segundo en el caso del MAREA, el cable construido en 2017 por Facebook, Microsoft y Telefónica que une Estados Unidos y España. Para su protección, la fibra óptica se envuelve en varias capas de plástico o alambre de acero, y en las zonas más cercanas a la costa se entierran bajo el lecho marino.
La red de cables submarinos también muestra el grado de conectividad que existe entre las distintas regiones del mundo. Europa, Asia y América Latina, por ejemplo, tienen grandes cantidades de datos para enviar y recibir desde América del Norte, incluyendo los operadores de la red de internet que deben garantizar el flujo de correos electrónicos y llamadas telefónicas y los proveedores de contenido que necesitan vincular sus centros de datos y servidores entre sí. Esa dependencia explica el elevado número de cables que existe entre dichas rutas.
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Tradicionalmente, los cables eran propiedad de operadores de telecomunicaciones que formaban un consorcio con todas las partes interesadas en su uso. A fines de la década de 1990, de hecho, una confluencia de empresas construyó multitud de cables para luego venderlos a los operadores que los necesitaban.
Pero en la actualidad el modelo es distinto. Aunque los consorcios y la iniciativa privada siguen dominando el sistema, el tipo de compañías involucradas ha cambiado. Ahora, las grandes tecnológicas (Google, Facebook, Microsoft y Amazon) son importantes inversores en nuevos cables, confiadas en que la llegada de internet a los rincones menos conectados y empobrecidos aumentará en los próximos años y su infraestructura se revalorizará. Además, de esta manera también pueden mejorar la conectividad entre sus sedes.
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