“No soy un santo, soy un hombre corriente”, declaró el general Ratko Mladić ante el órgano del Tribunal Penal Internacional que le juzga en La Haya por los crímenes más atroces de las guerras de los Balcanes. Terminado el proceso de apelación, el próximo 8 de junio el tribunal emitirá una sentencia en firme sobre su responsabilidad en los conflictos de Croacia y Bosnia-Herzegovina. En primera instancia, Mladić fue condenado a cadena perpetua por una lista de cargos abrumadora: genocidio, persecución, exterminio, asesinato, deportación, traslado forzoso, terror, ataques ilícitos a civiles y toma de rehenes.
Con la disolución de Yugoslavia, Mladić pasó de comunista ferviente a caudillo serbio y organizó atrocidades a la vista del mundo, como el sitio de Sarajevo o el genocidio de Srebrenica. Tras dieciséis años fugado, no ha mostrado ningún arrepentimiento durante su juicio en La Haya. Y sea cual sea el veredicto, no cambiará la percepción de Mladić que tienen muchos serbios, en particular los de Bosnia: pasando por alto sus crímenes —o, en algunos sectores, precisamente por ellos— le consideran un héroe nacional.
De huérfano de guerra al general del sitio de Sarajevo
Mladić nació en 1943 en Božanovići, una aldea remota de Bosnia oriental, y a los dos años quedó huérfano de padre. En la Segunda Guerra Mundial, Neđo Mladić se había alistado en la guerrilla partisana que, comandada por Tito, luchaba para liberar Yugoslavia de las potencias del Eje y sus colaboracionistas. Murió en combate y, como ocurrió con tantos otros caídos en la guerra, sus restos jamás fueron encontrados. La desaparición de Neđo marcó la infancia de Mladić, que luego siempre insistiría en la mortandad que habían causado entre los serbios los cuatro conflictos en los que tomaron parte en la primera mitad del siglo XX, es decir, las dos guerras Balcánicas y las dos guerras mundiales: “Tantos serbios han muerto que los hijos ni siquiera se acuerdan de sus padres”.
Cartel en ap...