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No se puede ser del Barcelona y del Real Madrid al mismo tiempo, o estar en misa y repicando, como dice el dicho. También ocurre en geopolítica: en un mundo multipolar es difícil que los países no elijan bando. La pandemia y sobre todo la invasión rusa de Ucrania han confrontado modelos de actuación y de toma de decisiones. Pero entre Occidente, Rusia y China, en Europa hay un país que no ha querido mojarse del todo: Serbia.
Aunque recientemente ha marcado distancias con Rusia, Serbia camina sobre un equilibrismo complejo. Para empezar, su dependencia del gas ruso hace de su posición sobre la guerra en Ucrania una excepción en los Balcanes: no ha sancionado a Moscú pese a no apoyar la invasión, el Gobierno de Aleksandar Vučić se excusa en la percepción ciudadana. Según una encuesta, el 95% de los serbios considera a Rusia un aliado verdadero y el 82% no apoya imponer sanciones. Y mientras Macedonia del Norte, Albania, Bosnia, Moldavia o Georgia buscan el abrazo de la Unión Europea, Serbia mira con un ojo a Bruselas por interés político y con el otro a China por el económico.
Bienvenido, Mister Putin
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