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Islam y Bosnia: la formación de la identidad nacional de los bosniacos

Islam y Bosnia: la formación de la identidad nacional de los bosniacos
Mezquita en Bosnia. Fuente: Andreas Lehner (Flickr)

Los bosniacos son quizá el pueblo menos conocido del mosaico étnico de Bosnia-Herzegovina. Parte de los medios y el público aún les llama “musulmanes”. Su identidad, basada en la tradición islámica y la defensa de la autonomía de Bosnia, se ha definido a lo largo de siglos, desde la conquista de Bosnia por el Imperio otomano hasta la guerra que asoló el país en los años noventa. Ahora los bosniacos figuran entre los musulmanes más secularizados del mundo.

“Nos fuimos a dormir como Musulmanes y nos despertamos como bosniacos”, comentó un periodista sobre el Primer Congreso Bosniaco, celebrado en septiembre de 1993. Políticos, intelectuales y otros notables de la etnia que constaba en el censo como “Musulmanes” (con M mayúscula) se reunieron en el Hotel Holiday Inn de Sarajevo — que las tropas serbias cercaban desde hacía diecisiete meses en el marco de la guerra de Bosnia— y aprobaron cambiar su nombre por “bosniacos”. Justo en el momento más trágico de su historia, cuando se les asesinaba o expulsaba en masa, los musulmanes de Bosnia culminaron su proceso de construcción nacional. La identidad bosniaca, producto de una articulación tortuosa y lenta, parte de una tradición islámica particular que tiene un arraigo de siglos en Europa.

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La época otomana: de la conversión a la retirada del Imperio

El islam echó raíces en Bosnia tras su conquista por el Imperio otomano en el siglo XV. Hasta entonces, el territorio estaba regido por un sistema feudal bajo el que convivían eslavos católicos, ortodoxos y herejes. Aunque el Imperio otomano era un Estado teocrático musulmán guiado por el principio de la guerra santa contra el infiel, no obligaba a sus súbditos a adoptar el islam, salvo a los niños que se llevaba a la capital, Estambul, para formarles e integrarles en el ejército y la Administración. No obstante, convertirse a la religión oficial acarreaba ventajas, incluidas mayor facilidad de ascenso social, menos impuestos y acceso a los boyantes gremios de artesanos surgidos en ciudades como Sarajevo o Mostar. Además, los habitantes de la aislada Bosnia medieval practicaban un cristianismo popular de sustrato pagano no muy alejado del eclecticismo religioso de las hermandades sufíes, místicos musulmanes con gran influencia en el Imperio. Como consecuencia de todo ello, la población bosnia se fue islamizando.

En sus años de auge el Imperio otomano mostró una tolerancia religiosa insólita en la Europa cristiana, pero su decadencia vino plagada de rencillas que mezclaban la fe con la lucha de clases y la identidad. En un principio, toda la tierra del Imperio era propiedad del sultán, que la cedía en usufructo a caballeros feudales a cambio de su participación en las campañas bélicas. Sin embargo, la transformación del sistema agrario en el siglo XVIII engendró un nuevo estamento: terratenientes musulmanes que imponían cargas abusivas a sus siervos, normalmente católicos y ortodoxos. Durante el siglo XIX, en Bosnia, como en el resto de Europa, florecieron los nacionalismos, con la singularidad de que las identidades se basaron en la fe: los católicos se empezaron a definir como croatas y entre los ortodoxos calaba el nacionalismo serbio. Frente a las revueltas de los labriegos cristianos, la aristocracia musulmana se aferraba a sus privilegios, incluso oponiéndose a las reformas que decretaba el Estado central. 

A diferencia de serbios y croatas, a los musulmanes les fallaban los cimientos para levantar un nacionalismo decimonónico, por carecer tanto de burguesía como de intelectualidad laica. Tampoco podían basar un movimiento de liberación nacional en el islam, pues era la religión del Estado, y dado que la comunidad surgió tras la conquista otomana, no tenían gloria medieval idealizada que recuperar. Los aristócratas no comprendieron que la nobleza estaba condenada al anacronismo, y su empecinamiento en mantener el orden tradicional resultaba inútil frente al nuevo rumbo de la historia. 

Con el retroceso otomano en los Balcanes, Bosnia fue ocupada por el Imperio austrohúngaro, por lo que los musulmanes bosnios no se integraron en ningún Estado-nación eslavo. De esta forma evitaron el destino de sus correligionarios en Serbia y Montenegro, que por no querer vivir en tierra de infieles y el acoso revanchista de la población ortodoxa, se vieron condenados a emigrar. Sin embargo, despojada de la protección otomana, la comunidad musulmana bosnia inició un largo proceso de redefinición identitaria.

Casi medio siglo de indefinición nacional

Los musulmanes afrontaron su nueva situación dentro del Imperio austrohúngaro como una minoría en un Estado cristiano. Lucharon por preservar sus elementos identitarios: las instituciones religiosas —tribunales de la sharía, fundaciones pías, escuelas islámicas— y la propiedad sobre la tierra. Las autoridades se mostraron comprensivas con ambas demandas e incluso crearon una Comunidad Islámica oficial. No obstante, la indefinición de los musulmanes bosnios les convirtió en objetivo de los proyectos identitarios de serbios y croatas, que intentaban asimilarles. Para contrarrestarlo, el Imperio austrohúngaro promovió una categoría supranacional: los “bosniacos”. Durante el periodo otomano, los musulmanes y luego sectores paneslavistas habían usado ese término para autodefinirse, pero la nueva Administración pretendía que abarcase a todos los habitantes de Bosnia. Con todo, la denominación no cuajó: los nacionalismos serbio y croata ya estaban consolidados, y ni siquiera entusiasmó a la comunidad musulmana.

Con la caída del Imperio austrohúngaro tras la Primera Guerra Mundial, los musulmanes recibieron con euforia la creación del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, después rebautizado como Yugoslavia. Sin embargo, la reforma agraria dejó en la ruina a muchos terratenientes, lo cual limitó la influencia del colectivo, que, además, continuaba lastrado por la indefinición nacional. Incluso su líder en el periodo de entreguerras, Mehmed Spaho, se consideraba serbio, mientras que su hermano Fehim, que ejercía como imán, se declaraba croata. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Bosnia pasó a formar parte del Estado Independiente de Croacia, un país títere de las potencias del Eje gobernado por milicias ultranacionalistas, los ustachas. Los ustachas consideraban a los musulmanes bosnios “la flor de los croatas” —su versión más pura— y lograron cooptar a parte de las élites y del pueblo llano. La función de los musulmanes en el Gobierno croata, eso sí, apenas pasaba de decorativa.

Amin al Husayni, gran muftí de Jerusalén, pasa revista a las tropas de la División Handžar en noviembre de 1943. Fuente: Wikimedia

En el sangriento campo de batalla en el que se convirtió Bosnia durante la guerra, la indeterminación dispersó a los musulmanes por todos los bandos, a veces en configuraciones absurdas. La Legión Negra, unidad de élite ustacha, estaba compuesta sobre todo de musulmanes de Bosnia oriental, mientras que en Herzegovina se fundó una milicia musulmana en la órbita de las guerrillas serbias, los chetniks. Paradójicamente, las masacres de los chetniks en Bosnia Oriental impulsaban a los musulmanes locales a alistarse en la Legión Negra.

El colaboracionismo musulmán con la Alemania nazi alcanzó su cenit con el establecimiento de la División Handžar (‘alfanje’), un cuerpo de las SS compuesto de musulmanes bosnios cuyo uniforme incluía el fez, el tradicional sombrero otomano. Muchos otros se alistaron en milicias autónomas para defender sus pueblos, pero, a partir de 1943, la mayoría entró en la guerrilla partisana antifascista. Este ejército popular, liderado por el mariscal Tito, logró atraer a los musulmanes bosnios por su orientación plurinacional, que les garantizaba la supervivencia en una futura Yugoslavia liberada.

Los musulmanes durante el socialismo: de religión a nación

Tras la victoria partisana, Yugoslavia se convirtió en un país socialista y el islam, como el resto de credos, sufrió la persecución de las nuevas autoridades. Las instituciones religiosas, autónomas desde el Imperio austrohúngaro, fueron abolidas: el régimen suprimió los tribunales de la sharía, nacionalizó las fundaciones pías y clausuró todas las escuelas islámicas salvo la principal madrasa de Sarajevo. Además, se ilegalizaron las órdenes sufíes y se prohibió a las mujeres velarse el rostro. Los intelectuales colaboracionistas y los miembros de asociaciones religiosas fueron purgados, encarcelados o fusilados, y la Comunidad Islámica quedó bajo control del Gobierno. El régimen percibía al islam como un atraso y la asistencia a ceremonias religiosas, un obstáculo para el progreso social. La represión, sumada al florecer del consumismo y la cultura de masas en los años sesenta, llevó a que los musulmanes bosnios se secularizasen.

Pese a arrinconar su fe, Tito materializó la antigua aspiración de los musulmanes de lograr una Bosnia autónoma convirtiéndola en una de las seis repúblicas federadas de Yugoslavia. Durante la guerra, el consejo antifascista local ya había apostado por una Bosnia multiétnica: “Ni serbia, ni croata, ni musulmana, sino serbia y croata y musulmana”. Con todo, las autoridades no concedieron a los musulmanes el estatus de nación en la Bosnia federal, al contrario que a croatas y serbios.

El reconocimiento de los musulmanes de Bosnia aumentó a partir de los años sesenta, cuando Yugoslavia impulsó el Movimiento de Países No Alineados en el contexto de la Guerra Fría. Dado que el islam predominaba en buena parte de los Estados miembros de esta organización, los musulmanes bosnios se convirtieron en una herramienta diplomática de poder blando. Además, el régimen, que ahora promovía la descentralización del país, les veía como ciudadanos leales que podían servir de cortafuegos a las ambiciones de los nacionalismos serbio y croata respecto a Bosnia. Por eso fueron elevados a la categoría de nación como «Musulmanes», con M mayúscula.

Los primeros beneficiarios del nuevo estatus fueron las élites musulmanas, que, gracias a la distribución de cargos por cuotas étnicas, ganaron presencia en los círculos de poder. A través de universidades, museos y otras instituciones oficiales, se emprendió un proceso de “afirmación nacional” para recuperar y promover la tradición postergada. El régimen también premió la fidelidad de la Comunidad Islámica con mayor autonomía: se construyeron centenares de mezquitas, las escuelas formaban a clérigos y recitadores del Corán y en Sarajevo se abrió una Facultad de Teología Islámica. Su impulsor, Husein Ðozo —antiguo imán de la División Handžar rehabilitado—, propugnaba un islam moderno, racionalista y compatible con el socialismo. Ðozo se mostraba eufórico por los horizontes que abría el estatus de nación: “Por primera vez en su historia, los musulmanes están plantados con orgullo en su tierra. Al fin se han librado de las acusaciones de ser extranjeros o residuos del ocupante extranjero”. 

Islamización y consolidación nacional

Desde los años sesenta, la Comunidad Islámica albergaba una corriente panislamista liderada por Alija Izetbegović, descendiente de una familia de terratenientes otomanos y encarcelado en la represión posterior a la guerra. En un panfleto titulado Declaración islámica, Izetbegović llamaba a la “reislamización” de los musulmanes para crear “una gran federación islámica de Marruecos a Indonesia, de África tropical a Asia Central”. Para ello, los musulmanes debían tomar por la fuerza el poder en sus respectivas sociedades “cuando fuesen lo bastante fuertes moral y numéricamente”.

Izebetgović intensificó su actividad en los años ochenta, por lo que fue detenido y sentenciado a catorce años de cárcel por “actividad y propaganda hostiles”. Tras ser amnistiado en 1988, gozaba del carisma de un mártir en los círculos musulmanes y, con la llegada del pluralismo, fundó en 1990 el Partido de Acción Democrática (SDA). El SDA era una formación etnorreligiosa que contaba con el apoyo de la Comunidad Islámica, y numerosos imanes contribuyeron a apuntalar su hegemonía, sobre todo en el mundo rural.

Después de salir de la cárcel, Izetbegović se alejó del panislamismo y empezó a defender un nacionalismo religioso, similar al de los partidos croata y serbio con los que se alió para lograr la presidencia de Bosnia en 1990. En un contexto de tensión nacional creciente que acabaría por romper Yugoslavia, Izetbegović abogaba por una Bosnia soberana e indivisible formada por “tres naciones constituyentes”: musulmanes, croatas y serbios. Pero cuando las repúblicas de Eslovenia y Croacia declararon su independencia en 1991, Izetbegović se negó a permanecer en una “Yugoslavia truncada” con abrumadora mayoría serbia y puso a Bosnia en el camino hacia la secesión, que pronto desembocó en una guerra.

Los musulmanes fueron las principales víctimas del conflicto, con más del 60% de los 100.000 muertos y desaparecidos. Los crímenes que serbios y croatas perpetraron contra ellos, desde el sitio de Sarajevo hasta el genocidio de Srebrenica, reforzaron los pilares de su identidad: el islam y la defensa de Bosnia. Las dimensiones nacional, religiosa y patriótica de los musulmanes confluían en la Armija, el ejército bosnio. Sus tropas, que luchaban por preservar el país, estaban compuestas por una mayoría musulmana que desempolvó la retórica de la guerra santa: se lanzaban a la ofensiva al grito de “¡Alá es grande!” y recibían sepultura como mártires de la fe.

Desde el auge de los nacionalismos en Yugoslavia, entre los musulmanes bosnios había resurgido el debate sobre su nombre. El intelectual y político Adil Zulfikarpašić, afiliado al SDA, promovía la recuperación del término “bosniacos” para marcar la diferencia entre nación y religión. El ala conservadora del partido se oponía a ello, porque implicaba volver a secularizar a los musulmanes, y Zulfikarpašić abandonó el SDA. Sin embargo, Bosnia corría tal riesgo de desaparecer durante la guerra que el ala dura cambió de opinión y recuperó la idea de Zulfikarpašić, aunque con restricciones: en vez de abrir la puerta a que cualquier no musulmán ligado a Bosnia pudiera considerarse bosniaco, el término sería exclusivo para la población de herencia musulmana.

La adopción de “bosniacos” como denominación nacional fue acogida con euforia por muchos, entre ellos el prestigioso académico Muhamed Filipović: “Es un acto de nacimiento, un acto de salida de la indefinición, el acto de nombrar y proclamar la auténtica vida de nuestro pueblo, que ahora une su identidad nacional a la identidad de la tierra y el Estado”.

El islam, los bosniacos y Bosnia hoy

La fe se ha consolidado entre los bosniacos en la Bosnia de posguerra, al igual que entre croatas y serbios: según el único censo disponible desde la independencia, de 2013, el 50,7% de la población se declaraba musulmana. De esta comunidad de 1.800.000 personas, la mayoría profesa la variante del islam heredada del Imperio otomano: el sunismo de interpretación hanafí, la más liberal de las escuelas de pensamiento islámicas. Con todo, a veces los preceptos hanafíes quedan desplazados en favor de las costumbres y muchos bosnios viven el islam más como tradición que como religión. 

Fuera de la corriente central se encuentran las órdenes sufíes, así como unos controvertidos núcleos de extremismo salafista, importado por los muyahidines que acudieron a luchar en la guerra de los noventa y potenciado por Arabia Saudí. La Comunidad Islámica de Bosnia fundada por los austrohúngaros es hoy una organización sólida que presenta la tradición musulmana local como un fenómeno autóctono de Europa. Su máxima autoridad, el gran muftí, la considera capaz de contribuir a la “representación creíble de formas europeas del islam y el desarrollo de relaciones creíbles entre las instituciones europeas y las comunidades musulmanas”. 

El cambio de la denominación nacional ha cuajado, a la luz del censo de 2013, donde el número de autodeclarados como bosniacos era similar al de musulmanes. Como ocurre entre serbios y croatas, la religión no es solo un credo, sino también el principal aspecto de la identidad nacional, un fenómeno descrito por el sociólogo Dino Abazović como “etnización de lo sagrado y sacralización de lo étnico”. Sus raíces se encuentran en el origen confesional de los nacionalismos en Bosnia y la polarización generada por la guerra, pero se ha visto reforzado por los Acuerdos de Dayton, que pusieron fin al conflicto en 1995. Los Acuerdos establecen que bosniacos, croatas y serbios —los tres “pueblos constituyentes” de Bosnia— deben repartirse el poder, lo que incentiva a la población a asumir esas identidades. Parece haberse cumplido así el vaticinio de Alija Izetbegović después del conflicto bélico: “Una Bosnia multiétnica es posible; una Bosnia anacional ya no”.

Para los bosniacos —religiosos o laicos—, la defensa de Bosnia constituye una prioridad fundamental, porque, mientras serbios y croatas tienen a Serbia y Croacia, los bosniacos carecen de otra patria si Bosnia desaparece. La aspiración de preservar la autonomía de Bosnia, que los musulmanes locales llevan manifestando desde el periodo otomano, se consolidó como seña de identidad en la última guerra, en la que pelearon no solo para evitar el exterminio, sino también para que el país no dejase de existir.

Los bosniacos son hoy la etnia mayoritaria de Bosnia con más de un 50% del censo y su orientación probosnia es muy superior a la de serbios o croatas, poco implicados con el país. Al mismo tiempo, sin embargo, parecen ser conscientes de que Bosnia solo es viable si conserva su pluralidad: aunque el SDA todavía es el partido hegemónico entre los bosniacos, las zonas urbanas donde estos se concentran son las únicas donde tienen arraigo las formaciones multiétnicas. La endeble cohesión nacional plantea incógnitas sobre el futuro de Bosnia y extiende una sombra permanente sobre los bosniacos, sus más acérrimos defensores, porque cualquier intento de desmembrar el país volvería a poner en riesgo su supervivencia.

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