Geopolítica Europa

Yihadismo, un frente común en los Balcanes

Yihadismo, un frente común en los Balcanes
Mezquita de Sarajevo (Bosnia). Fuente: Bragi Thor

La delicada situación política en la zona, los centenares de ciudadanos que han viajado a Siria o Irak para unirse al grupo terrorista Dáesh y el retorno de esos combatientes o la creciente influencia del islam ultraconservador componen un escenario preocupante en varios de los Estados balcánicos. Esta situación supone un reto, especialmente desde el punto de vista de la seguridad, en unos Estados que aún lidian con las tensiones derivadas de los conflictos de los 90.

Cuando se piensa en yihadismo, el estereotipo responde al de una persona de origen árabe o, como mucho, un joven europeo captado mediante las redes sociales. Es entonces cuando se recurre a las cifras y se revela que desde 2014 unos 800 de los 5.000 europeos que han viajado a Siria o Irak para unirse al grupo terrorista Dáesh proceden de los Balcanes. Bosnia y Kosovo —y, en menor medida, Albania y Macedonia— son especialmente vulnerables a la atracción yihadista, en parte debido a sus respectivas situaciones sociopolíticas.

La presencia del islam en los Balcanes se remonta a la conquista otomana del siglo XV, por lo que esta zona ha supuesto durante siglos el principal hogar del islam europeo. Tradicionalmente se han practicado versiones moderadas del islam suní caracterizadas por su tolerancia con otras confesiones y su compatibilidad con el estilo de vida occidental. En la actualidad, la religión musulmana supone el 95% de la población de Kosovo, más de la mitad en Albania y Bosnia, un tercio en Macedonia y menos del 10% en Bulgaria, Serbia y Croacia. ¿Cómo se ha convertido la región en uno de los focos del yihadismo? El origen se encuentra en los conflictos balcánicos de los años 90.

Para ampliar: “Desintegración y guerras de secesión en Yugoslavia”, Marcos Ferreira en El Orden Mundial, 2015

Muyahidines en Bosnia

En 1991, el último año que Bosnia vivió en paz, la sociedad estaba compuesta principalmente por los bosníacos musulmanes —44% de la población, según el censo—, que convivían con las otras dos etnias y religiones mayoritarias: serbios ortodoxos —32%— y croatas católicos —17%—. En abril de 1992 estalló la guerra en Bosnia y todo cambió. Desde el inicio del conflicto, numerosos voluntarios musulmanes provenientes de diferentes partes del mundo acudieron hasta Bosnia para defender a la comunidad musulmana y su territorio, y en 1993 el Gobierno conformó oficialmente un cuerpo de regimiento de voluntarios, el destacamento Al Mudžahid —‘combatiente por el islam’—, formado mayoritariamente por extranjeros, pero que también contaba con locales: los muyahidines bosnios.

Por aquel entonces, ya era popular el nombre por el que se conoce a los combatientes musulmanes que hacen la yihad, muyahidines, porque habían participado en la guerra de Afganistán (1978-1992) contra la URSS; ahora muchos de los veteranos de ese conflicto engrosaban las filas de los voluntarios en Bosnia. Es complicado conocer el número de integrantes de Al Mudžahid, ya que según la fuente que se consulte las cifras varían entre los 400 y los 5.000 hombres. Como detalles orientativos sobre su actuación durante la guerra, si bien este destacamento formado mayoritariamente por musulmanes extranjeros era dependiente de las órdenes del Ejército bosnio, en varias ocasiones operaron por su cuenta.

Para ampliar: “Bosnia, el alto al fuego que no significó la paz”, Esther Miranda en El Orden Mundial, 2016

Con todo, muchos de los nuevos combatientes traían consigo más que la experiencia en el campo de batalla: nuevas armas y financiación —provenientes sobre todo de Irán y Arabia Saudí— y una interpretación salafista del islam. En efecto, durante la guerra en Bosnia se crearon redes que en muchos casos, bajo el pretexto de ayuda humanitaria para los bosnios musulmanes, suministraban en realidad armamento y cumplían con una misión propagandística del islam fundamentalista. Un ejemplo de ello es Al Qaeda, que en esos años contaba con poco tiempo de vida, pero que desde su sede logística en Milán coordinó movimientos de este tipo.

El hecho de que cientos de musulmanes de diferentes países del mundo participaran en el conflicto en Bosnia puede tener dos lecturas: en primer lugar, una motivación real por prestar ayuda a la población bosniaca, con la que compartían un rasgo identitario como es la religión musulmana, y, en segundo lugar, un objetivo de expansión de ideologías de corte salafista. Estas interpretaciones echaron raíces en el país: tras la guerra, algunos muyahidines consiguieron la nacionalidad bosnia y se establecieron en comunidades que rigen sus vidas según las doctrinas más rigoristas del islam, como en las aldeas de Gornja Maoča, Ošve y Dubnica. Si bien las comunidades salafistas bosnias son pequeñas y se consideran zonas pacíficas, en la actualidad se encuentran en el punto de mira de las fuerzas de seguridad tras observarse en ellas muestras de apoyo al Dáesh.

El mosaico étnico de los Balcanes.

Las fake news serbias

Durante un conflicto armado, la propaganda es un arma más. Resulta fundamental para ganarse la confianza y conseguir apoyos en un contexto tanto nacional como internacional. La guerra de Bosnia ofrece ejemplos de cómo a través de la difusión de ciertos mensajes se construyen y deconstruyen realidades, identidades y sentimientos en un contexto de confusión y horror. Por supuesto, todos los bandos enfrentados en la guerra emitieron contenidos propagandísticos; sin embargo, Serbia merece una atención especial. De cara al exterior, Serbia se presenta como una víctima, un fiel aliado de Occidente —en lo que coincide con la propaganda de Croacia— y defensora del fundamentalismo islámico supuestamente instalado en Bosnia.

Desde Belgrado se exageró el número de extranjeros musulmanes que participaron en la guerra de Bosnia —hasta el punto de que hoy en día se desconoce la cifra exacta— y se generó un discurso del odio contra ellos para forzar la intervención internacional contra los bosniacos. La estrategia fue tan llamativa que hasta el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia lo menciona en la sentencia al expresidente serbio Milošević. La propagación de estos mensajes continuó tiempo después de la finalización del conflicto, con mensajes tan extravagantes que hasta alguna crónica de la época se mofa de ello. En cualquier caso, tras la guerra el daño ya estaba hecho. La propaganda había cumplido su papel y había promovido viejos recelos, desconfianza y miedo entre antiguos vecinos.

Las nuevas mezquitas de Albania y Kosovo

En 1967 Albania se convirtió en el primer país de la Historia en declararse oficialmente ateo y se prohibió cualquier tipo de práctica religiosa. Tras el fin del gobierno comunista en el país, ya en los años 90, la religión se permitió de nuevo y esto significó la vuelta de edificios, asociaciones y comunidades religiosas. Algunos países árabes se mostraron muy interesados en colaborar con el desarrollo del país y en pocos meses se establecieron el Banco Islámico Arabo-Albano —hoy United Bank of Albania, que cuenta con una participación importante de Arabia Saudí— y unas 20 fundaciones islámicas, que se dedicaron especialmente a la construcción de nuevas mezquitas.

Casi una década después del asentamiento de estas comunidades en Albania estalló la guerra de Kosovo (1998-1999). Cuando el conflicto llegó a su fin, también allí aparecieron organizaciones islámicas promovidas por Arabia Saudí con objetivos humanitarios y de reconstrucción del país tras el conflicto, que erigieron, financiaron y hoy en día mantienen varias decenas de escuelas, mezquitas y madrasas. Las estancias de varios de esos alumnos y la formación de clérigos en Riad por cortesía de estas fundaciones supusieron una introducción al fundamentalismo religioso wahabita, hasta el momento inexistente en Kosovo. Otros países balcánicos con mayoría de población cristiana, como Eslovenia, Serbia o Croacia, apenas experimentaron este tipo de fenómenos.

Para ampliar: “Lo que Occidente calla sobre terrorismo islámico”, Eliseo Olivares en El Orden Mundial, 2017

En el plano de las relaciones internacionales, lo ocurrido en los Balcanes y el componente religioso que impregnó gran parte del conflicto tuvo una interpretación muy ligada a la tesis de uno de los ensayos más populares del siglo XX. El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington, se publicó en 1996 y muchos apoyaron su tesis principal entendiendo el conflicto balcánico como un primer enfrentamiento entre dos grandes bloques civilizacionales: Occidente y el islam.

El factor sociopolítico

Según datos publicados en 2015 por el Centro Internacional para el Estudio del Radicalismo y la Violencia Política, unos 330 bosnios y cerca de 200 personas de etnia albanesa procedentes de Kosovo, Albania y Macedonia se habían unido hasta ese momento a organizaciones yihadistas en Siria o Irak. Con respecto a los kosovares, informaciones basadas en fuentes oficiales del país elevan el número a 300, lo que convertiría Kosovo en el país con más combatientes per cápita. Que corrientes fundamentalistas del islam estén presentes en los Balcanes desde los años 90 es solo un ingrediente del caldo de cultivo para la creación de yihadistas en estos países. Las circunstancias políticas y sociales también forman parte de ello.

Desde la proclamación de su “califato”, el grupo terrorista Dáesh tuvo muy en cuenta dentro de su campaña de propaganda el perfil de los Balcanes y, en particular, Bosnia, ya que atrajo a centenares de personas dispuestas a combatir por la defensa del islam. Para la captación de las comunidades salafistas y antiguos combatientes del destacamento Al Mudžahid que se habían instalado en el país, la explotación de la idea de un “Estado islámico” era suficiente; para las generaciones más jóvenes, la estrategia consistió en posicionarse como alternativa a la situación desesperada de muchos de ellos. Bosnia y Herzegovina es, según sus propios ciudadanos, un país corrupto; con un desempleo del 35% y un descontento general que provocó en 2014 manifestaciones en todo el país, se enfrenta además a un descenso de población y a un nuevo Gobierno, elegido en octubre de 2018, que puede disparar las tensiones interétnicas. Por otro lado, la presencia saudí ha crecido en los últimos años y se han hecho más visibles elementos como carteles escritos en árabe o el uso del nicab en algunas mujeres.

Por su parte, Kosovo, que celebró en 2018 su primera década como país independiente —reconocido solo por una parte de la comunidad internacional­­­—, también reúne condiciones políticas, sociales y de seguridad delicadas que lo hacen vulnerable a la presencia y captación yihadista: su situación geográfica, la corrupción, una situación económica difícil, fuerte presencia de redes de crimen organizado y una política exterior complicada. Su tensa relación con Serbia —agravada recientemente después de que Kosovo haya manifestado su intención de crear su propio Ejército— constituye una de las principales cuestiones que copan la política kosovar. De todas maneras, cuando se habla de radicalización yihadista en Europa u Occidente, los factores sociales son importantes, pero no determinantes; hay que recordar, por ejemplo, que muchos contaban con antecedentes penales antes de considerarse yihadistas. Este perfil, presente en un gran número de personas que se enrolan en los grupos yihadistas, también abunda en los Balcanes.

Para ampliar: “Kosovo y Serbia: enterrando los fantasmas de los Balcanes”, Pol Vila en El Orden Mundial, 2018

Lucha antiterrorista

Que existan factores de riesgo para el desarrollo de yihadismo en los Balcanes tampoco quiere decir que su expansión esté produciéndose a velocidades alarmantes ni que los espacios que funcionan como nido de yihadistas no se estén combatiendo. Desde el inicio de las sospechas en los 90 del peligro que suponía la presencia de grupos salafistas, los Gobiernos de los Balcanes han hecho esfuerzos en materia de seguridad al tiempo que mantenían el equilibrio con sus respectivas situaciones posconflicto y sus crisis económicas. Las presiones internacionales y, en especial, desde Estados Unidos —en plena paranoia antimusulmana después de los atentados del 11 de septiembre de 2001— instaron a la expulsión de los muyahidines que se habían quedado en el país tras la guerra, y se revisó la legalidad de los documentos de nacionalidad de quienes los habían obtenido. Durante esos años, y posteriormente con el auge del Dáesh y las preocupantes estadísticas, se han llevado a cabo decenas de detenciones de personas relacionadas con organizaciones yihadistas.

Por el momento, el único atentado en la región relacionado directamente con el Dáesh tuvo lugar en 2015 en la República Srpska, en Bosnia y Herzegovina, cuando un terrorista atacó una comisaría y mató a un agente. Por su parte, en 2016 las autoridades de Kosovo, Albania y Macedonia frustraron dos ataques terroristas y arrestaron a decenas de personas vinculadas a esos planes. Es cierto que desde el Gobierno kosovar también hay mucha intención de cortar de raíz las posibilidades del yihadismo, lo que se ha traducido, como en sus países vecinos, en oleadas de detenciones —incluido el imán principal de Pristina—. Pero el retorno de los numerosos combatientes en Siria e Irak oriundos de Kosovo conforma un riesgo para la seguridad de un Estado todavía frágil. Queda pendiente la gestión de este aspecto, aunque el Gobierno kosovar ya tiene previstas algunas medidas, como programas de prevención del radicalismo.

La prevención es un buen camino para evitar que el yihadismo se extienda en los Balcanes. Es evidente el avance de una facción más conservadora del islam debido a la influencia —sobre todo económica— que ejerce Arabia Saudí en países significativos, como Bosnia. El diálogo y la colaboración con esas comunidades más rigoristas podría presentarse como alternativa y refuerzo para la lucha antiyihadista. Al mismo tiempo, es necesaria una rebaja de las tensiones interétnicas que favorezca la fluidez en el trabajo cooperativo entre países en materia de seguridad. Ninguna de estas tareas puede ejecutarse con facilidad si se tiene en cuenta que la importancia geopolítica de los Balcanes los convierte en protagonistas de una pugna diplomática en la que están envueltas la Unión Europea, Rusia y Turquía y que los recursos para la lucha antiterrorista son escasos si se cuenta solo con los disponibles en cada país. Es necesario un deshielo y avance en las relaciones internacionales de los países balcánicos para poder hacer frente al que se considera uno de los desafíos más importantes: la nueva versión del yihadismo en la figura de sus combatientes retornados.

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