Geopolítica Europa

Rusia en los Balcanes Occidentales: un retorno previsible

Rusia en los Balcanes Occidentales: un retorno previsible
Mural en la ciudad de Mitrovica Norte, en Kosovo. El cartel reza: “Kosovo es Serbia, Rusia es Crimea”. Fuente: Bujar Terstena (RFE/RL)

Rusia está de vuelta en los Balcanes Occidentales llevando a cabo una serie de políticas que pretenden cambiar el rumbo político de la región. Su objetivo principal es fomentar la inestabilidad territorial con el fin de alejar a los países de la región de la Unión Europea y, en especial, de la Alianza Atlántica.

Con la presunta injerencia rusa en la guerra en el Donbás —iniciada en 2014— y la participación de su ejército en el conflicto sirio —activo desde 2011—, se da por sentada la vuelta de Rusia al tablero geopolítico mundial. Después del largo letargo político de finales de los 90 y principios de los 2000, Rusia ha revertido el sistema unipolar impuesto por Estados Unidos y se ha consolidado como una nueva potencia hegemónica capaz de plantar cara a actores geopolíticos como Estados Unidos y la Unión Europea (UE).

Aunque a priori Rusia juega un papel discreto en los Balcanes si la comparamos con la influencia de los otros dos actores, su implicación en la región no se debe infravalorar. Rusia ha utilizado la inestabilidad política de la región, así como sus históricas relaciones afables con la comunidad serbia, para tratar de truncar el rumbo político y militar de los países de la región respecto a la UE y la OTAN, respectivamente. El intento fallido de golpe de Estado en Montenegro en octubre de 2016 no es ni más ni menos que una de las herramientas que maneja el Kremlin para restablecer la hoja de ruta de la región.

Rusia nunca se fue

“Rusia no está de vuelta en los Balcanes, porque nunca se ha ido”. Con estas palabras calificaba Dimitar Bechev, experto regional en los Balcanes, el interés del Kremlin en la región balcánica. Aunque actualmente la UE y Estados Unidos llevan años de ventaja a Rusia en la región, si miramos hacia atrás, la situación era radicalmente opuesta.

Desde principios del siglo XVIII, el Imperio ruso mantuvo un gran interés en el desarrollo de los Balcanes al observar que era un territorio disputado por el dominio del Imperio otomano y el afán de conquista del Imperio austrohúngaro. La enemistad rusa con el Imperio otomano, acentuada en las guerras de 1768 y 1806, se tradujo en la alianza con Serbia, Montenegro, Bulgaria y Rumanía en la guerra ruso-turca de 1877, en la que Rusia libró indirectamente del dominio otomano a los pueblos de los Balcanes. Este acontecimiento engendró un sentimiento de amistad entre Rusia y los pueblos eslavos de los Balcanes —en especial Serbia— que ha llegado hasta nuestros días. Tras el asesinato del archiduque austriaco Francisco Fernando por el serbobosnio Gavrilo Princip en 1914 y la posterior declaración de guerra del Imperio austrohúngaro contra Serbia, el sentimiento de hermandad serbo-ruso terminó por consolidarse. Rusia acabaría combatiendo al lado de Serbia contra el Imperio austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial.

El cambio de régimen en Rusia, con la Revolución de Febrero en 1917 y el posterior derrocamiento de los zares, no significó un cambio en las relaciones con los vecinos eslavos del sur. De hecho, Moscú jugó un papel muy importante en los Balcanes durante la Segunda Guerra Mundial entrenando y abasteciendo militarmente a los partisanos del mariscal Tito, que acabarían consolidándose en el poder en detrimento del líder de los chetniks, Draža Mihailović. Dicha amistad se rompería con el desacuerdo entre Tito y Stalin en 1948 y el deseo del mariscal de pertenecer a los países no alineados. Durante los siguientes 40 años, las relaciones entre Rusia y Yugoslavia serían de hostilidad y solo mejorarían con la llegada de Mijaíl Gorbachov al poder en 1985.

Durante la década de los 90, Rusia se había convertido en una potencia residual frente a lo que había sido en la Guerra Fría. Ocupada en los distintos conflictos en su entorno —como la primera guerra chechena (1994-1996)—, los Balcanes quedaban ya muy lejos de su zona de influencia. En abril de 1994 y septiembre de 1995, Rusia llegó incluso a traicionar la histórica amistad con los serbios apoyando a Occidente en los bombardeos de la OTAN en Bosnia contra posiciones serbias.

Sin embargo, el punto de inflexión llegaría con el bombardeo de la OTAN en Yugoslavia, sin previa autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, durante la primavera de 1999. Estos acontecimientos mostrarían las divergencias entre Occidente y el Kremlin en los Balcanes y pondrían punto final a las relaciones estables con Occidente durante la década de los 90. En palabras del antiguo ministro de Asuntos Exteriores ruso, Ígor Ivanov, Rusia observaba cómo Estados Unidos y sus aliados obviaban el Derecho internacional para aproximar la Alianza Atlántica a la zona de influencia rusa y “establecer un mundo unipolar en pleno siglo XXI”. Yeltsin llegó incluso a aludir a una posible intervención rusa en los Balcanes en respuesta a las acciones de la OTAN. Además del desacuerdo del Kremlin con Occidente en lo que se refiere a la ofensiva militar de la OTAN en Kosovo, este hecho también representó el poder expansionista de Estados Unidos, que atesora en dicho país la base militar de Bondsteel, una de las más grandes del mundo fuera de territorio estadounidense.

A raíz de estos hechos, Rusia se ha mostrado generalmente en desacuerdo con las posiciones de Occidente en la región, en especial con el posterior reconocimiento de la declaración unilateral de independencia de Kosovo el 17 de febrero de 2008 por Estados Unidos y la mayoría de los países de la UE, con excepción de España, Chipre, Rumanía, Grecia y Eslovaquia. Este posicionamiento político no se debería explicar única y exclusivamente como consecuencia de la amistad fraternal con Serbia, sino también desde el punto de vista jurídico y el posible pavor ruso a sentar precedente para algunas repúblicas en el espacio postsoviético. De hecho, Putin llegó a calificarlo como “un terrible precedente que dinamitaría todo el sistema de relaciones internacionales desarrollado a lo largo de los siglos”.

Para ampliar: “Kosovo, la patria perdida de Milošević”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2014

Rusia ha utilizado la posición común con Serbia para extender su influencia en los Balcanes; aún hoy existe un dogma popular serbio que predica que Rusia es el protector de los derechos de los serbios en los Balcanes. Para difundir esta idea, Putin no solo se ha beneficiado de las relaciones históricas de hermandad entre los dos países, sino que también ha acudido a las raíces culturales, como la estrecha relación con la Iglesia ortodoxa y el sentimiento paneslavista, para consolidar su influencia en la región.

Los Balcanes Occidentales siguen siendo una zona asolada por las cruentas guerras que azotaron la región durante la década de los 90. 25 años más tarde, el nacionalismo de carácter étnico sigue en alza en la región, en especial en Bosnia y Kosovo, donde la inestabilidad territorial y las tensiones étnicas son frecuentes.

Balcanes Occidentales: una ventana de oportunidades al olvido de la UE

Aunque tanto la UE como Estados Unidos han desembolsado una enorme cantidad de dinero en la región, los países que conforman los Balcanes Occidentales —a excepción de Croacia y Eslovenia— siguen lejos de integrarse en la UE. Al menos hasta 2025, no se vaticina la posible entrada de Serbia y Montenegro en la UE, siempre y cuando se cerrasen todos los capítulos de adhesión a la UE y la normalización de las relaciones entre Kosovo y Serbia llegase a buen puerto. Esta dilatación del proceso de adhesión a la UE, así como el continuo estancamiento económico de la región —que se traduce en una falta de oportunidades—, ha supuesto un incremento de la desilusión de los ciudadanos de la región con la UE. Esto ha hecho que líderes políticos de países como Serbia o Bosnia hayan empezado a mirar a Rusia como importante alternativa política en la región.

Para ampliar: “La ampliación de la UE hacia el este”, Enric Rodríguez en El Orden Mundial, 2017

Aunque en ningún caso se puede afirmar que Rusia tiene un mayor poder político o económico en la región que la UE o Estados Unidos, el poder actual de Putin en los Balcanes es el más intenso desde finales de la Guerra Fría. Para establecer su influencia, Rusia ha jugado un papel secundario y aprovechado la inestabilidad político-territorial y la desilusión ciudadana con la UE —ocupada con el auge del populismo en países miembros, la crisis migratoria y el brexit— para potenciar y establecer sus redes clientelares en la región.

Si bien los Balcanes no son de suma importancia económica para Rusia —la UE le lleva años de ventaja—, desde el punto de vista estratégico-militar la región sigue siendo fundamental para el Kremlin. El objetivo principal es evitar el acceso de estos países a la UE y la OTAN. Esta práctica ha quedado escenificada en diversas ocasiones, como cuando, ante la membresía de Montenegro a la OTAN en junio 2017, el ministro de Asuntos Exteriores ruso lo calificaba de “otro golpe a la seguridad europea y a las relaciones entre Rusia y la OTAN”.

“Divide y vencerás”: la influencia rusa actual en los Balcanes

Rusia ha apoyado a líderes políticos que muestran grandes discrepancias con la OTAN y la UE —como Milorad Dodik, líder de la República Srpska (RS)— y que fomentan el odio y la división étnica en la región. El Kremlin es conocedor de que la inestabilidad territorial y las tensiones étnico-políticas perjudican a los Estados balcánicos en una futura adhesión a la UE y a la OTAN, como ha sucedido en los casos de Ucrania o Georgia.

Para ampliar: “República Srpska: Serbia dentro de Bosnia”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2017

En líneas generales, el Kremlin ha utilizado tres métodos para consolidar su peso en la región: herramientas de poder blando, entrenamiento y suministro de equipo militar y el abastecimiento o dependencia económica de ciertos países de la región. Por otro lado, hace falta recalcar que el peso e influencia de Rusia en los Balcanes no es similar en todos los países. Serbia y la RS de Bosnia son los países más expuestos a la influencia rusa debido a los lazos históricos de amistad entre la comunidad serbia y Rusia, el rechazo a la OTAN y el no reconocimiento de Kosovo, entre otros factores. En cambio, Kosovo y Albania siguen siendo bastiones contra la influencia rusa en la región y a menudo han sido acusados por Rusia de tratar de crear una “Gran Albania” en los BalcanesEn cuanto a las herramientas de poder blando, Rusia intenta entorpecer la integración de los países balcánicos en el mundo occidental a través de campañas de desinformación. Para ello, el Kremlin emite en Serbia, Montenegro, RS y el norte de Kosovo el canal Sputnik Serbia, que trata de replicar la retórica nacionalista de finales de siglo XX utilizando, por ejemplo, el bombardeo de la OTAN en Yugoslavia o las pretensiones de la Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia para culpar a Occidente de todos los males de la región. A su vez, Rusia utiliza las tensiones étnicas —como las sucedidas en Macedonia en 2016— para culpar a la UE de la inestabilidad política por tratar de crear una Gran Albania. De igual manera, Aleksandr Dugin, filósofo y asesor de Putin, ha visitado en diversas ocasiones la capital de Macedonia para, según la inteligencia macedonia, “truncar la hoja de ruta de Macedonia hacia la UE y la OTAN”.

Para ampliar: “Medios de comunicación alternativos: armas de desinformación masiva”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, 2018

En la vecina Serbia y en la RS, Rusia también se ha beneficiado del discurso bélico de la comunidad serbia vetando en julio de 2015 el reconocimiento de lo sucedido en Srebrenica como un genocidio en el Consejo de Seguridad de la ONU. Putin se ha reunido con Dodik en al menos ocho ocasiones, lo que demuestra cierto interés ruso en fomentar la desestabilización en la región; además, Rusia estableció en 2012 en la ciudad serbia de Nis el Centro Humanitario Serbo-Ruso, acusado por algunos Gobiernos de ser una fachada para llevar a cabo entrenamientos a paramilitares serbios y servicios de espionaje. A pesar de que Rusia ha insistido en que solo sirve para fines humanitarios, el ministro de Seguridad bosnio puso de manifiesto que un grupo de paramilitares serbios conocido como Honor Serbio —Srbska čast— había recibido entrenamiento militar en él —según el medio de comunicación bosnio Žurnal, para hacer frente a los oponentes de Dodik—. Las mismas sospechas levantó en octubre de 2014 el envío de 123 ciudadanos rusos a la ciudad bosnia de Banja Luka, presentados por el Gobierno de la RS como un grupo cosaco de folclore.

Miembros del grupo paramilitar Honor Serbio con Milorad Dodik, presidente de la RS. Fuente: RTVBN

La presencia de grupos paramilitares serbios —de facto criminales— afines al Kremlin no es inusual. Grupos como Honor Serbio o la rama serbia de los Lobos Nocturnos siguen muy presentes en la región promoviendo eslóganes contra Occidente y la OTAN. Los líderes de ambos grupos han participado como insurgentes en el Donbás y las redes sociales del primero están llenas de alabanzas hacia Putin, con frases como “Por un presidente así merece la pena morir”. A la actividad paramilitar hay que sumarle la continua adquisición de equipamiento militar ruso por parte de la RS. Ya en 2015 el Gobierno de la RS reconoció que cooperaba con los servicios de seguridad rusos para proporcionar entrenamiento a su policía.

En lo que respecta a las herramientas económicas que utiliza el Kremlin en la región para acercar a los países balcánicos a su zona de influencia, cabe destacar la industria del petróleo y el gas. El Kremlin sigue teniendo —como en la mayoría de Europa del Este y central— un gran monopolio energético. Tanto en Bosnia como en Serbia, controla casi al completo el mercado de petróleo. En el primero, Rusia es el único suministrador de gas natural y controla a través de empresas estatales rusas las refinerías de petróleo del país; en Serbia, domina el mercado del petróleo desde la adquisición en 2008 del 56% de la empresa estatal NIS. Aunque Rusia no posee los medios suficientes para hacer frente a la influencia económica europea —los países de los Balcanes importan 12 veces más bienes de la UE que de Rusia y exportan 20 veces más—, podría jugar su baza con el gas si estos países se acercasen a la UE o a la OTAN, algo que aún parece lejano.

Para ampliar: “Petróleo y gas al servicio del zar”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2015

Injerencia rusa en los Balcanes Occidentales. Fuente: ECFR

Hacia una mayor integración europea

Cuando la influencia rusa consolidada en un país no se traduce en políticas afines al Kremlin, Rusia puede llegar a emplear acciones violentas para obstaculizar el camino político de dicho país, como sucedió en Ucrania. Los Balcanes Occidentales tampoco son ajenos a este tipo de acciones, cada vez más recurrentes.

El 16 de octubre de 2016, día en el que se celebraban elecciones parlamentarias en Montenegro, la policía arrestó a 20 ciudadanos serbios acusados de preparar un golpe de Estado e intento de asesinato contra el presidente montenegrino, Milo Đukanović. Aunque el Kremlin negó cualquier tipo de participación en estos hechos, entre los acusados se encontraban miembros de los Lobos Nocturnos —como Aleksandr Sindjelic— que habían combatido previamente en la guerra en el Donbás. Según apuntan distintos medios de la región y el propio Sindjelic en el juicio, Rusia había orquestado y financiado el fallido golpe de Estado con la participación de dos agentes del Departamento Central de Inteligencia ruso, fotografiados en Belgrado junto con Sindjelic días antes del complot y juzgados in absentia en la capital de Montenegro, Podgorica.

Todo parece indicar que este intento fallido de golpe de Estado responde a la intención del presidente de Montenegro de ratificar el protocolo de adhesión a la OTAN y acrecentar las negociaciones con la UE. El portavoz del Kremlin ya había anunciado que esta expansión de la OTAN hacia el este traería consecuencias por parte de Rusia; al menos esta vez Rusia había mostrado sus cartas con anterioridad. Las acciones que llevó a cabo el Kremlin en Montenegro en octubre de 2016 no son inesperadas tras los sucesos similares en Ucrania en 2014. Lo novedoso de estas operaciones es la zona geográfica donde ocurrieron, un espacio a priori distante de la zona de influencia rusa. Rusia está dispuesta a poner todos los mecanismos de su parte para entorpecer la entrada de los países balcánicos a la UE y, en especial, a la OTAN.

El último capítulo de esta historia tuvo lugar en julio de 2018, cuando la Administración helena ordenó expulsar a cuatro agentes diplomáticos rusos que habían intentado influir en el acuerdo histórico entre Macedonia y Grecia por el nombre de la primera. Sus acciones seguían el mismo modelo que en Montenegro, si tenemos en cuenta que el acuerdo entre estos dos países supondría probablemente el fin del bloqueo a Macedonia para alcanzar la membresía a la Alianza Atlántica. Aunque no existe una fórmula mágica para soslayar la influencia rusa en la región, la UE debe fortalecer su presencia en ella, no solo acelerando el proceso de integración, sino siendo clara y transparente con los países candidatos a la hora de comunicar la eventual entrada en el club europeo.

Para ampliar: “La OTAN ante los desafíos de la pos Guerra Fría”, Queren Bernabeu en El Orden Mundial, 2015

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