Pedro Sánchez está de nuevo en China: es su cuarta visita en apenas cuatro años. Con ese acercamiento, el presidente del Gobierno de España busca hacer de puente entre el gigante asiático y la Unión Europea. Pero esa “amistad” ya no es una excepción en Europa, sino la norma. Varios países europeos mantienen desde hace décadas una estrecha sintonía con Pekín por su peso comercial y sus inversiones.
Sin embargo, ese giro hacia China se ha intensificado en los últimos meses debido a las tensiones entre Europa y Estados Unidos. Los ataques verbales de Donald Trump a sus aliados, sus aranceles y sus amenazas sobre Groenlandia y la OTAN han puesto en entredicho la relación transatlántica. Como consecuencia de ello, la UE ha diversificado sus alianzas para reducir su dependencia de Washington. Este proceso ha llevado a los países europeos a explorar una relación más pragmática y cordial con China.
Sin embargo, la decisión europea de recalibrar sus relaciones con China no está exenta de obstáculos. La dependencia comercial, las inversiones chinas en Europa y el control de Pekín sobre las cadenas de suministro alimentan el peligro de un mayor acercamiento hacia la República Popular.
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