Donald Trump ha afirmado que está considerando “seriamente” sacar a Estados Unidos de la OTAN. No es la primera amenaza que lanza el presidente estadounidense en este sentido. Ya en 2024, aseguró que si regresaba a la Casa Blanca, animaría a Rusia a atacar a los miembros de la OTAN que no invirtieran lo suficiente en defensa. Y este año, meses después de pedir a sus aliados que elevaran el gasto en defensa hasta el 5% del PIB anual, puso en jaque a la organización con sus amenazas sobre Groenlandia.
Con todo, no está claro que Trump pueda sacar a Estados Unidos de la OTAN. Pero el mandatario republicano tiene mecanismos de sobra para sabotearla desde dentro. Incluso podría forzar su colapso interno, ya sea ignorando su compromiso con la defensa colectiva de la Alianza o invadiendo el territorio de uno de sus miembros.
Salir de la OTAN: un camino de incógnitas
La posibilidad de salir de la OTAN se regula en el artículo 13 del Tratado del Atlántico Norte. Este acuerdo establece que cualquier parte podrá retirarse de la organización pasados veinte años desde su entrada en vigor ―es decir, desde 1969― notificándolo un año antes. Sin embargo, existen dudas sobre si Trump podría sacar a Estados Unidos unilateralmente. La Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2024 incluía una disposición, impulsada por el entonces senador y actual secretario de Estado Marco Rubio, que impediría a Trump abandonar la OTAN sin una ley en el Congreso o el apoyo de dos tercios del Senado. Pese a ello, no está claro que esta norma cumpla con la Constitución. El texto constitucional señala que el Senado debe dar su consentimiento para celebrar un tratado, pero no dice nada sobre retirarse de ellos.
Desde el siglo XX, la costumbre es que el presidente concluya los tratados sin la oposición del legislativo. Trump adoptó esta conducta en 2019 al retirar a Estados Unidos del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio con Rusia. La primera vez que el Congreso cuestionó la autoridad del poder ejecutivo para rescindir esos acuerdos fue en 1978, cuando el senador republicano Barry Goldwater presentó una demanda contra Jimmy Carter por romper el Tratado de Defensa Mutua con Taiwán. El Tribunal Supremo la desestimó, pero abrió el debate sobre la constitucionalidad de las acciones del presidente.
La Corte se pronunció de forma similar en 2002, cuando varios miembros del Congreso demandaron al presidente George W. Bush por retirarse del Tratado sobre Misiles Antibalísticos con Rusia. Si Trump decidiera abandonar la OTAN, desataría un conflicto aún mayor. La última palabra la tendría de nuevo el Tribunal Supremo, donde hoy hay seis jueces conservadores de nueve. Trump nombró a tres de ellos.
Otra opción es que Trump apele al incumplimiento del aumento del gasto en defensa por parte de sus aliados para justificar su retirada de la OTAN. El derecho internacional sostiene que una parte puede abandonar un tratado si otra ha cometido una violación grave. En el mismo sentido, el Supremo estadounidense emitió en 2013 una sentencia sobre el caso Charlton contra Kelly, en la que defendía que el presidente podía invalidar un pacto si se producía un incumplimiento sustancial de su contenido. Sin embargo, los recientes compromisos sobre el gasto en defensa no los recoge el Tratado del Atlántico Norte, sino que son acuerdos políticos establecidos en las cumbres anuales de la OTAN.
Trump no necesita salir de la OTAN para destruirla
No obstante, Trump tiene instrumentos para acabar con la OTAN. Uno es ignorar el compromiso de defensa mutua recogido en el artículo 5 del Tratado. Esta disposición establece que, si un país de la OTAN sufre un ataque armado, el resto de miembros deben brindarle asistencia. Sin embargo, también afirma que cada parte puede adoptar las medidas que considere necesarias. En Estados Unidos, el presidente es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Por tanto, Trump podría no ayudar a sus aliados europeos con tropas en caso de agresión. De igual forma, podría retirar a su embajador ante la OTAN, impedir que sus diplomáticos asistan a las reuniones o reducir significativamente sus contribuciones a la organización.
Pese a no incumplir el artículo 5, Trump podría romper la confianza de sus socios y el principio de seguridad colectiva, que han sido la base de la seguridad europea desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Hasta ahora, el temor a una respuesta militar directa de Estados Unidos había disuadido a otros países de atacar el territorio de la OTAN. Sin la protección de Washington garantizada, Europa quedaría expuesta a un ataque externo. Incluso aunque violara el tratado, este tampoco contempla sanciones. Asimismo, Estados Unidos es la potencia hegemónica de la Alianza, por lo que su participación es indispensable para el funcionamiento de la organización.
Sin embargo, el escenario más extremo sería que Estados Unidos decidiera invadir Groenlandia. La isla ártica es un territorio autónomo del Reino de Dinamarca, que a su vez forma parte de la OTAN. Por tanto, cualquier ataque estadounidense contra uno de sus aliados provocaría el colapso interno de la alianza militar occidental. Washington ya no sería el protector de la seguridad europea, sino su agresor. En ese escenario, la anexión estadounidense de Groenlandia rompería la relación transatlántica y la OTAN perdería su razón de ser.