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El pasado mes de julio el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, se pronunciaba en plena cumbre anual de los socios a favor de la adhesión de Ucrania y Georgia a la organización. En el caso georgiano, daba por hecho que antes o después los miembros de la Alianza Atlántica aceptarían su integración. Apenas faltaba un mes para que se cumpliese una década de la guerra en Osetia del Sur entre Georgia y Rusia. Desde entonces se han sucedido las promesas de la OTAN de integrar al país y para Georgia el ingreso se ha convertido en una prioridad. No es para menos: en Tiflis Rusia es percibida como una amenaza de primer nivel, y la disuasión de este gigante pasa irremediablemente por el ingreso en la organización. De la misma manera, para la Alianza Atlántica Georgia ha cumplido buena parte de los requisitos económicos, políticos y militares exigibles para su entrada y está bastante integrada en la OTAN. Por ello, por parte de la organización no hay demasiadas pegas en su incorporación, aunque, considerando la actual situación geoestratégica europea y los intereses propios de Georgia, quizá debería haberlas.
En primer lugar, supondría otro desencuentro más con Rusia. No es que esto sea una novedad, pero en este caso sería de primer nivel, ya que Moscú considera el Cáucaso sur su área de influencia, un colchón entre Rusia y un miembro de la OTAN como Turquía. Con la salvedad de las repúblicas bálticas y, mínimamente, Noruega, no hay ningún otro país de la OTAN que sea colindante con Rusia: Suecia y Finlandia actúan de colchón en el Báltico; Bielorrusia, Ucrania y Moldavia, en la parte central de Europa, y el Cáucaso, por el flanco sur. Cualquier ruptura de ese equilibrio estratégico de facto supondría una preocupación importante para Moscú, una alteración ante la que probablemente no dudaría en intervenir de forma más o menos directa.
La situación geoestratégica de la OTAN en Europa se ha caracterizado por la ampliación hacia el este una vez terminó la Guerra Fría. ...
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