Bad Bunny, o cómo desafiar al imperio gringo siendo su producto más vendido

Benito Antonio Martínez Ocasio regresa a España ya no como estrella urbana, sino como embajador cultural de Puerto Rico. Pero en ese tránsito surge la contradicción: asaltar el centro de la industria jugando bajo sus reglas. La identidad se convierte en consumo, la resistencia en tendencia y el discurso en contenido
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Bad Bunny, o cómo desafiar al imperio gringo siendo su producto más vendido
Bad Bunny durante su presentación en la Super Bowl el pasado 8 de febrero de 2026. | PATRICK T. FALLON - AFP

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“Acho, PR es otra cosa”. Durante el segundo concierto de Bad Bunny en Barcelona el pasado 23 de mayo, antesala de las diez fechas en Madrid, el streamer Ibai Llanos apareció para introducir el leitmotiv de la gira. La frase sirve como preludio de Voy a llevarte pa’ PR, la canción donde el artista puertorriqueño resignifica su relación con Miami. Si hace años la ciudad simbolizaba la promesa aspiracional del migrante latino que soñaba con triunfar en Estados Unidos, ahora funciona como el lugar desde el que regresar a su hogar, como muestra la propia letra del tema.

Siete años antes, cuando Bad Bunny actuó por última vez en Madrid, la gran fantasía del éxito urbano era su canción Otra noche en Miami: coches de lujo, modelos y vacío emocional bajo un synth-pop heredero del imaginario de GTA Vice City. Hoy, esa composición prácticamente ha desaparecido de su repertorio. El relevo lo ocupa NuevaYol, donde los sintetizadores son sustituidos por los instrumentos orgánicos que samplean al Gran Combo de Puerto Rico. Un giro que también es narrativo: se desplaza el relato del latino millonario en Florida para rescatar la memoria de la diáspora puertorriqueña que levantó la salsa en los barrios de la Gran Manzana.

Ahí aparece la contradicción que atraviesa hoy a Bad Bunny: convertir la identidad boricua en trinchera política siendo uno de los productos más rentables de la industria cultural estadounidense. ¿Se puede desafiar el dominio del imperio siendo su producto más vendido? Pero su fenómeno se explica no a pesar de esa paradoja, sino gracias a ella. El éxito radica en habitar la línea que separa la revolución simbólica de la asimilación pop. La de quien necesita convertirse en un producto de consumo global para que su mensaje de soberanía local pueda ser escuchado.

El despertar político de Bad Bunny

El primer gran punto de inflexión político de Bad Bunny lo marcó la canción Afilando cuchillos. Era verano de 2019 y Puerto Rico atravesaba la mayor crisis institucional de su historia reciente. El tema, junto a Residente e iLe, criticaba la corrupción política y la gestión del gobernador Ricardo Rosselló tras el huracán María. También dejó una frase que acabaría bautizando a los miles de jóvenes que tomaron las calles de la isla: la generación del “yo no me dejo”.

Puerto Rico llevaba años acumulando rabia. La austeridad, la deuda, los apagones y la negligencia institucional habían dejado una sensación de abandono. La filtración del chat de Telegram del Gobierno, con mensajes sexistas, homófobos y burlas hacia las víctimas del huracán, terminó de incendiar la isla. Pero la implicación de Bad Bunny no quedó reducida a la música. Igual que Ricky Martin o Residente, el artista participó en las protestas. La imagen de Benito ondeando una bandera puertorriqueña azul celeste se convirtió en uno símbolo de aquellas manifestaciones. No era un detalle menor. La bandera oficial, instaurada en 1952 con el estatus de “Estado Libre Asociado”, mantiene un azul más oscuro. En cambio, la otra versión del estandarte está vinculada al independentismo boricua y al distanciamiento cultural frente a Estados Unidos, la misma que el artista usaría en la Super Bowl de este 2026.

Dos semanas de protestas masivas y un paro general lograron algo inédito: forzar la dimisión de Ricardo Rosselló. Para Bad Bunny, aquello también supuso una transformación artística. Comprendió que su impacto iba mucho más allá del entretenimiento. Desde entonces, llegaron otras canciones sociales como la feminista Yo perreo sola, la denuncia contra la privatización energética en El apagón, con su respectivo documental, la realidad material en Maldita pobreza o sus gestos en espacios como The Tonight Show de Jimmy Fallon, donde criticaba el asesinato tránsfobo de Alexa Negrón. Todos estos elementos forman parte de una misma mutación discursiva: la del artista que convierte el perreo en vehículo político sin abandonar el lenguaje del pop global.

Lo latino en la industria cultural estadounidense

En los últimos años, Bad Bunny se ha convertido en el artista más escuchado de plataformas como Spotify. Un dominio que se explica, sobre todo, por el consumo masivo de los países hispanohablantes. Pero lo más significativo aparece al mirar Estados Unidos: en 2025 fue el quinto artista más escuchado del país, y Debí tirar más fotos uno de los discos más reproducidos. 

La diferencia histórica es que el éxito de Bad Bunny no depende de traducirse al inglés ni de adaptarse al mercado anglosajón. Durante décadas, la música latina se integró en Estados Unidos bajo la exotización tropical o el blanqueamiento cultural. Ocurrió con el mambo y el chachachá cubano en los años cincuenta, convertidos en bandas sonoras para hoteles, películas y clubes de jazz. Incluso el jazz afrocubano terminó absorbido en la tradición estadounidense. 

Tras el triunfo de la Revolución cubana en 1959, aquella relación cambió por completo. La “nueva trova” no tenía espacio en la lógica cultural de la Guerra Fría, mientras que figuras como Gloria Estefan o Celia Cruz sí encontraron acomodo desde el exilio anticastrista décadas después. El vacío que dejó Cuba abrió la puerta a Brasil y a la explosión de la bossa nova. Estados Unidos impulsó la expansión cultural de este género: el mítico concierto del Carnegie Hall en 1962 ayudó a consolidar un sonido brasileño estilizado para el consumo anglosajón.

En paralelo, desde barrios neoyorquinos como el Bronx o Spanish Harlem apareció otra respuesta. En los años setenta, jóvenes puertorriqueños y caribeños inspirados por el movimiento Black Power empezaron a mezclar estilos y ritmos tradicionales de Cuba, Puerto Rico y República Dominicana para dar lugar a la salsa. Un género urbano, identitario y profundamente latino, articulado alrededor de sellos propios como Fania Records y fenómenos como Fania All-Stars, que logró entre otras proezas juntar a más de 40.000 asistentes en el Yankee Stadium en 1973

La diferencia con estilos actuales como el reggaetón es que este último no necesita ser asimilado para triunfar, ni tampoco ser creado para un público migrante. Tiene mercado propio en Estados Unidos. En 1970 la población latina en Estados Unidos rondaba los diez millones; hoy está cerca de los setenta. Uno de cada cinco habitantes del país es latino. Por tanto, Bad Bunny no representa una excepción en la industria estadounidense, como lo podía ser el cantante Hector Lavoe. Representa el momento en el que esa periferia cultural ha dejado de comportarse como tal. De todos los países no hispanohablantes, Estados Unidos es donde más se escucha a Bad Bunny.

Cuando la crítica se vuelve consumo

El álbum Debí tirar más fotos culmina esta transformación cultural. Benito Antonio Martínez Ocasio abandona en él su alias comercial para abrazar la salsa, la plena y códigos boricuas indisociables de su experiencia: desde cortometrajes para presentar el álbum y los problemas de la isla hasta el sapo concho como figura de la gira, un animal endémico y en peligro de extinción, pasando por denuncias contra la gentrificación y la expulsión de comunidades locales. Canta Lo que le paso a Hawaii desde una isla que siente que desaparece, un eco que resuena en manifestaciones sociales en otras geografías heridas por el turismo de masas, como las islas Canarias.

Y eso es lo más llamativo. Debido a su posición internacional, ese relato no se queda en Puerto Rico, sino que circula por otras latitudes sin necesidad de traducción cultural. Ahí reside buena parte de la anomalía de Bad Bunny: convertir elementos locales en fenómenos globales sin pasar completamente por el filtro anglosajón. Su discográfica es el sello independiente puertoriqueño Rimas Entertainment, si bien tiene vinculación con Sony Music.

Sin embargo, asaltar el centro de la industria implica jugar bajo sus reglas: convertir la identidad en producto, la resistencia en tendencia y el discurso en contenido. La aparición de Bad Bunny en la Super Bowl es el ejemplo perfecto de esta dicotomía. El escenario más capitalista del planeta aceptando la simbología boricua porque la crítica latina también genera negocio. La contradicción es la misma: la resistencia cultural sólo alcanza escala global cuando también puede transformarse en producto.

Pero es inútil analizarlo desde las lentes políticas del siglo XX. Benito no es Silvio Rodríguez cantando desde la trinchera. Es un multimillonario que ocupa el centro mismo de la industria cultural. Su discurso político no desaparece por ello, pero sí cambia de naturaleza. Ya no opera desde la marginalidad, sino desde dentro de la maquinaria. El ejemplo más reciente apareció con “la casita” de sus conciertos: un espacio presentado como celebración de comunidad y orgullo boricua que termina siendo un área vip para artistas, deportistas e influencers.

Ahí se resume el gran dilema que atraviesa a Bad Bunny: si esta reivindicación logrará traducirse en una conciencia política duradera o si el mercado acabará domesticando la rabia de Puerto Rico hasta convertirla en el próximo conjunto veraniego de las tiendas de Zara. Lo único incontestable es que, si hace unos años le preguntabas a cualquier joven con un mapa dónde estaba esa pequeña isla del Caribe, probablemente no supiera ubicarla. Hoy, en cambio, hay más de 500.000 personas sólo en Madrid con una entrada para celebrar la identidad puertorriqueña.

Víctor Terrazas

Madrid, 1995. Doctorando en Ciencias Políticas y de la Administración y RRII en la UCM. Graduado en Ciencias Políticas y especializado en Marketing y Consultoría. Mis investigaciones se centran en la relación en todos los países y latitudes entre dos elementos universales: la música y la política.