“Acho, PR es otra cosa”. Durante el segundo concierto de Bad Bunny en Barcelona el pasado 23 de mayo, antesala de las diez fechas en Madrid, el streamer Ibai Llanos apareció para introducir el leitmotiv de la gira. La frase sirve como preludio de Voy a llevarte pa’ PR, la canción donde el artista puertorriqueño resignifica su relación con Miami. Si hace años la ciudad simbolizaba la promesa aspiracional del migrante latino que soñaba con triunfar en Estados Unidos, ahora funciona como el lugar desde el que regresar a su hogar, como muestra la propia letra del tema.
Siete años antes, cuando Bad Bunny actuó por última vez en Madrid, la gran fantasía del éxito urbano era su canción Otra noche en Miami: coches de lujo, modelos y vacío emocional bajo un synth-pop heredero del imaginario de GTA Vice City. Hoy, esa composición prácticamente ha desaparecido de su repertorio. El relevo lo ocupa NuevaYol, donde los sintetizadores son sustituidos por los instrumentos orgánicos que samplean al Gran Combo de Puerto Rico. Un giro que también es narrativo: se desplaza el relato del latino millonario en Florida para rescatar la memoria de la diáspora puertorriqueña que levantó la salsa en los barrios de la Gran Manzana.
Ahí aparece la contradicción que atraviesa hoy a Bad Bunny: convertir la identidad boricua en trinchera política siendo uno de los productos más rentables de la industria cultural estadounidense. ¿Se puede desafiar el dominio del imperio siendo su producto más vendido? Pero su fenómeno se explica no a pesar de esa paradoja, sino gracias a ella. El éxito radica en habitar la línea que separa la revolución simbólica de la asimilación pop. La de quien necesita convertirse en un producto de consumo global para que su mensaje de soberanía local pueda ser escuchado.
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