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El Telegramgate, el segundo huracán que sacudió Puerto Rico

El Telegramgate, el segundo huracán que sacudió Puerto Rico
Bandera de Puerto Rico. Fuente: Ricardo Dominguez

El pasado 9 de Julio un nuevo huracán arrasó con la isla de Puerto Rico, pero, a diferencia del que tuvo lugar hace dos años, éste se trataba de una crisis política y no de un desastre natural. Y es que en tiempos de Twitter, 900 páginas de mensajes ofensivos pueden sacar a más gente a la calle que cuatro años de corrupción.

Ricardo Antonio Rosselló Nevares, hijo del también exgobernador de Puerto Rico Pedro Roselló, abandonó el pasado 2 de agosto su puesto al frente de la isla. ¿El detonante? Dos semanas de incesantes protestas y un paro generalizado de boricuas que prometían no dejar las calles hasta que Rosselló abandonara el poder. 

El escándalo comenzaba con el que ya se ha bautizado como Telegramgate —en referencia al mundialmente conocido caso Watergate, que sacó al presidente Nixon de la Casa Blanca—. Fue el Centro de Periodismo Investigativo de Puerto Rico (CPI) el que hizo públicas las conversaciones del grupo de Telegram en el que Roselló y otras personalidades del panorama político puertorriqueño intercambiaban bromas sexistas y homófobas, así como despectivas referencias a instituciones de la isla o a las víctimas del huracán María, que asoló la isla hace ahora dos años. Tras destaparse el escándalo, los cargos implicados fueron dimitiendo progresivamente, excepto el gobernador, reacio a abandonar la sede del Ejecutivo de la isla, el Palacio de Santa Catalina, aunque quizás en este caso sea más apropiado que nunca llamarle “La Fortaleza”, como la conocen los puertorriqueños. 

La revuelta ha sido sin duda digna de nuestro tiempo: funcionarios públicos que utilizan una aplicación móvil para compartir bromas y secretos administrativos, activistas feministas y LGTBI que convocan manifestaciones masivas a través de las redes sociales y una canción de trap para pedir la dimisión del gobernador. Sin embargo, las causas y el devenir de este incendio político no distan tanto de otras luchas semejantes alrededor del globo, ya que las acusaciones por corrupción y mala gestión hacia el gabinete de Rosselló no eran nuevas. 

Apenas unos meses después de su llegada a la gobernación en mayo de 2017, el Estado Libre Asociado de Puerto Rico se declaraba en quiebra y daba comienzo un duro proceso de reestructuración de deuda que apretó aún más la economía de los puertorriqueños, ya sumida en la recesión desde el año 2006.. En septiembre de ese mismo año llega el huracán María, un ciclón tropical devastador que arrasó con el noroeste del Caribe y cuyo rastro dejó en Puerto Rico un panorama desolador.

Para ampliar: “Situación actual de Puerto Rico”, José Nadal Power en El Orden Mundial, 2016 

Con las arcas públicas vacías y las calles devastadas, a la isla le iba a costar reponerse. La ola migratoria que comenzó en 2006 siguió engordando las listas de puertorriqueños residentes en EE. UU., que ya duplicaban a los que se quedaban. Pero lo más escandaloso del huracán vino después: fondos que no llegaban, servicios médicos paralizados, víctimas que no se contaban o faltas de suministro que se extendieron hasta más de un año después del paso del huracán. 

En 2018, la revista The New England Journal of Medicine publicaba un artículo que ponía el número de víctimas mortales del huracán en 4.600, una cifra que si bien se reduciría levemente en estudios posteriores no dejaba de contrastar con los 64 que aseguraba el Gobierno de Rosselló, que había dejado de registrar las muertes por el huracán en diciembre de 2017. 

Quizás la cobertura mediática de esta noticia no fue comparable al boom del Telegramgate, quizás el Gobierno de Rosselló jugó bien sus cartas al pedir perdón y encargar una nueva investigación o quizás, simplemente, la población puertorriqueña estaba demasiado ocupada en superar las consecuencias del huracán como para iniciar una revuelta como la actual. No es fácil saber si lo que espoleó la protesta fueron los mensajes de total insensibilidad con los problemas de la isla o las detenciones por corrupción que los precedieron, pero lo que sí está claro es que el hartazgo manifestado en el pasado mes de julio está teniendo consecuencias mucho mayores que la salida del gobernador. 

Los retos de una isla que se tambalea

Cuando Rosselló anunció su dimisión el 24 de julio, el objetivo de las protestas parecía haberse cumplido y en las calles se celebraba el acontecimiento al grito de “Ricky, te botamos”. Pero cuando un dirigente se va tiene que venir otro y la incertidumbre de no saber quién ocuparía La Fortaleza desembocó en una réplica de ese primer temblor que había tenido lugar 12 días antes. 

Wanda Vázquez, secretaria de Justicia,  era la encargada de sustituir a Roselló al mando de la isla, puesto al que el secretario de Estado y siguiente en la línea de sucesión, Luis G. River Marín, también había renunciado por su implicación en el Telegramgate. Vázquez, salpicada también por posibles casos de corrupción,  no es precisamente el paradigma de la transparencia política. Las pancartas y lemas de los protestantes dejaron claro que no sería bien recibida y ella misma declaró no tener intención de convertirse en gobernadora. Así fue como justo antes de abandonar el cargo, Rosselló nombró secretario de Estado a Pedro Pierluisi —quien había ocupado antes el puesto de comisionado residente de Puerto Rico en el Congreso estadounidense—, con la intención de que lo sucediera como gobernador. 

Cuando el caos parecía estar llegando a su fin, la desestabilidad atacaba de nuevo al Ejecutivo de Puerto Rico y el Tribunal Supremo dictaba, apenas cinco días después de que Pierluisi asumiera el cargo, que su nombramiento había sido inconstitucional, puesto que no había sido respaldado por el Senado. Wanda Vázquez, sin quererlo ni ella ni los manifestantes, se convirtió entonces en gobernadora. Si algo parece seguro es que el nombramiento de Vázquez dista mucho de ser una solución para Puerto Rico. La isla no cuenta con un mecanismo constitucional para convocar elecciones anticipadas, por lo que el único remedio parece ser aguantar así hasta noviembre de 2020. Sin embargo, en el clima de inestabilidad y crispación social en el que se encuentran ahora las calles de San Juan, hay pocas esperanzas puestas en Vázquez y se maneja la hipótesis de que su mandato se reduzca a nombrar a un nuevo secretario de Estado que la suceda al frente de la isla hasta las siguientes elecciones. 

Lo que al principio parecía una simple manifestación de descontento social ha provocado que Puerto Rico llegue a tener tres gobernadores en tan solo cinco días y quizás alguno más en lo que queda de legislatura. La isla ha pasado de ser ese trozo de tierra cuyo estatus político nadie entiende a conquistar las portadas de la prensa internacional.

Puerto Rico lleva a sus espaldas una larga lucha para dejar de ser vista a los ojos de Washington como un territorio de segunda. De la Ley Foraker de 1900, que convertía a Puerto Rico en una colonia estadounidense, los boricuas fueron conquistando la consecución de cámaras legislativas, de sufragio universal y, finalmente, de una Constitución propia. Esa Constitución hace de Puerto Rico un Estado Libre Asociado. Es decir, un estado sin los derechos de cualquier otro estado estadounidense. EE. UU aún tutela la isla pero los puertorriqueños no pueden elegir quién ocupa la Casa Blanca ni tienen voto en el Congreso estadounidense. 

En un primer momento, las voces se alzaban en contra de Rosselló y su gabinete, pero a medida que la crisis ha ido avanzando los manifestantes han dejando claro que no se trata de una simple crítica a un chat de Telegram, sino a un sistema político y económico que no funciona incluso mucho antes de declararse en quiebra y de que un huracán devastara lo poco que quedaba.  Lo que ahora hay que preguntarse es si el movimiento social surgido de este escándalo mediático no es más que un seísmo puntual o si realmente va camino de cuestionar los cimientos del sistema político puertorriqueño, al que sin duda le quedan muchos huecos que tapar. 

Para ampliar: “Puerto Rico, la vida en una jaula de oro”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2016