La IA en bolsa: del humo de Musk al pelotazo para un puñado de empresas

El debut bursátil de SpaceX, OpenAI y Anthropic pondrá a prueba el entusiasmo por la inteligencia artificial. La primera pretende llevar centros de datos al espacio; las otras dos buscan ser rentables. Un fracaso cuestionaría el auge de esta tecnología, y un éxito facilitaría una revolución tecnológica concentrada en estas compañías
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La IA en bolsa: del humo de Musk al pelotazo para un puñado de empresas
Logo de OpenAI, empresa desarrolladora de ChatGPT. | Samuel Boivin/NurPhoto - AFP

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Una oficina en San Francisco en 2016 reunía a los principales directivos de las empresas de inteligencia artificial. Sam Altman, Dario Amodei y Elon Musk se agruparon en OpenAI para plantar cara a DeepMind, una firma fundada en 2010 y adquirida por Google en 2014. Pero la alianza duró poco, y la rivalidad derivó en una carrera entre OpenAI (Altman), Anthropic (Amodei) y SpaceX/xAI (Musk) por salir a bolsa en plena fiebre por la IA. Sus salidas harán de 2026 el año más importante de la historia para estas operaciones. Se prevé que las tres alcancen valoraciones récord superiores al billón de dólares, colocándose entre las empresas más valiosas del mundo pese a no haber tenido beneficios el último año. 

Desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022, el entusiasmo en bolsa por la IA se ha concentrado en las empresas que suministran la infraestructura de los centros de datos donde se entrenan los modelos de IA: fabricantes de chips, constructores y proveedores energéticos. La salida a bolsa de SpaceX este 12 de junio y de OpenAI y Anthropic en otoño pondrán a prueba si ese entusiasmo se extiende a las empresas que aspiran a capturar el valor generado por los modelos de IA. 

SpaceX maduró durante dos décadas hasta convertirse en la empresa espacial más avanzada del mundo, acompañada por la ambición de Musk de colonizar Marte. Ahora, para seducir a los inversores, el magnate ha desplazado esa ambición hacia el despliegue de centros de datos en el espacio. OpenAI y Anthropic son responsables de los modelos de IA más avanzados, pero la capacidad para hacer rentable su crecimiento sigue siendo incierta. Un mal debut de las tres compañías pondría en cuestión la burbuja de la IA, sobre la que ha descansado buena parte del impulso de la economía estadounidense en los últimos años.

Del éxito aeroespacial al cuento de centros de datos orbitales

SpaceX es la joya aeroespacial estadounidense. Tiene una integración vertical comparable a la de gigantes chinos como BYD o Huawei, realiza la mayoría de su manufactura en California y Texas y está a la vanguardia de la tecnología aeroespacial. La propulsión reutilizable de sus cohetes ha abaratado y acelerado el acceso al espacio. Sólo dos docenas de propulsores le permitieron efectuar 165 de los 325 lanzamientos orbitales realizados en el mundo en 2025. La mayoría de estos lanzamientos ponen en órbita sus sistemas Starlink, una red de satélites que proporcionan acceso a internet y que representan cerca del 70% de los satélites activos alrededor de la Tierra. Starlink es el verdadero negocio de la compañía.

Sin embargo, antes de lanzar SpaceX a bolsa, Musk usó la compañía para absorber xAI, su problemática empresa de IA fundada en 2023. Los modelos de xAI han fracasado: la adopción empresarial es nula, los once investigadores cofundadores han dimitido o han sido despedidos, y la empresa reportó pérdidas de 6.000 millones de dólares en 2025. No obstante, xAI ha levantado dos de los mayores centros de datos del mundo en tiempo récord y está levantando un tercero. Los tres están localizados en Memphis, una ciudad que colinda con tres fronteras estatales (Tennessee, Arkansas y Misisipi) que le permiten esquivar normativas locales moviéndose unos kilómetros. Para rentabilizar estos centros, xAI se los alquilará a Anthropic y Google. También se espera que SpaceX adquiera Cursor, una exitosa plataforma de IA que mejoraría el producto de xAI, pero ni de lejos la acercaría a los modelos de Anthropic y OpenAI.

Estas cifras no deberían anticipar una valoración bursátil de casi dos billones de dólares: SpaceX se convertirá en la séptima empresa más valiosa de Estados Unidos, mientras que sus beneficios la colocan en el puesto doscientos. Pero ninguna empresa de Musk se valora por sus negocios presentes ni anticipables. Musk es un experto vendiendo mitos a los inversores, y en el lanzamiento a bolsa de SpaceX los negocios que están muy lejos de existir son los más importantes: los documentos de la oferta pública especulan con que su potencial mercado de IA vale veintiséis billones de dólares, frente a los dos billones de Starlink.

Musk ha estado vendiendo que el futuro de SpaceX pasa por lanzar los centros de datos para IA al espacio, argumentando que allí existe energía solar abundante con la que superar el cuello de botella de suministro eléctrico que hay en Estados Unidos. Esto es parcialmente cierto —las órbitas bajas reciben luz durante la mitad del día, y las altas están muy reguladas—, pero buena parte del problema energético estadounidense podría solventarse desplegando paneles solares y baterías, una solución que Trump está frenando. Además, llevar la computación al espacio no resolvería la escasez de chips y otros componentes, sino que podría agravarla al requerir equipos especializados, redundantes y protegidos frente a la radiación. 

A ello se suman enormes desafíos técnicos como la disipación de calor en el espacio, los sistemas automatizados de mantenimiento o las costosas redes de comunicación. También agravaría los problemas políticos, como la subida de precios de la electrónica por la escasez de chips o la concentración de poder en la única empresa capaz de desplegarlos. Existirán microcentros de datos en sistemas espaciales capaces de procesar la información generada por satélites sin necesidad de transmitirla constantemente a la Tierra, y serán un lucrativo negocio para SpaceX, pero jamás sustituirán a los grandes centros de datos para IA.

Anthropic y OpenAI: la carrera por una IA rentable

Anthropic y OpenAI saldrán a la bolsa en otoño, y Anthropic ha tomado la delantera con el éxito de sus agentes de IA. Desde el lanzamiento de ChatGPT y la integración del Modo IA en Google, nos hemos familiarizado con los chatbots. Los agentes de IA, que se lanzaron a principios de año con Claude Code de Anthropic y Codex de OpenAI, son más complejos: pueden ejecutar secuencias largas de acciones, usar herramientas y revisar resultados para desarrollar tareas complejas. El despliegue de estos agentes ha disparado el uso empresarial de la IA, especialmente en tareas de programación con los modelos Claude de Anthropic. Para prueba, sus ingresos anualizados se están duplicando cada trimestre y ya alcanzan los 44.000 millones de dólares: ninguna empresa había crecido tanto en tan poco tiempo.

OpenAI se ha quedado algo atrás en rentabilizar sus modelos, ya que la adopción empresarial no ha sido tan grande y no ha sido capaz de monetizar la enorme cantidad de usuarios gratuitos que usan ChatGPT. Como al ser empresas privadas tienen menos obligaciones de transparencia, todavía es una incógnita si este crecimiento es rentable, o si los costes de entrenar y ejecutar sus modelos se comen los ingresos. Cuando estas empresas salgan a bolsa, estará más claro quién se quedará con los beneficios de la industria de la IA generativa: si los clientes que pagan por usar estos modelos, o los proveedores que los entrenan y ejecutan.

En cuanto a los proveedores, no está claro que los márgenes de beneficio de entrenar y operar los modelos puedan sostener las tremendas valoraciones de Anthropic y OpenAI. El debate se divide entre quienes consideran que la IA se comportará como una mercancía digital comoditizada, tan fácil de intercambiar entre productos para un cliente como la gasolina o el azúcar; y quienes consideran que las empresas con los mejores modelos podrán fijar precios. La comoditización en parte viene incentivada por que hay varias empresas compitiendo por sacar los mejores modelos. Además, hay una presión constante por parte de los modelos abiertos, que proporcionan alternativas más baratas con un rendimiento similar, y por parte de las empresas de hardware e infraestructura, que tienen posiciones monopolísticas en la cadena de suministro. 

Sin embargo, en los últimos meses el debate se estaría decantando en favor de Anthropic y OpenAI. El portal especializado SemiAnalysis valora que el auge de los modelos agentes ha elevado mucho el valor producido por los mejores modelos, mientras que los costes han bajado drásticamente gracias a varias mejoras en hardware y software. Se estima que Anthropic mantiene un margen de beneficio bruto del 70%, pero esta cifra sólo incluye los gastos por ejecutar el modelo y no los enormes costes de haberlos entrenado. El lanzamiento a bolsa de estas empresas resolverá muchas de estas dudas.

Respecto a los clientes, numerosas empresas están experimentando con IA para decidir cuánto gastar, dónde aplicarla y cómo medir su rendimiento. La inteligencia automatizada se convertirá en un nuevo coste de producción, como los costes laborales, de energía o de infraestructura digital, y está por ver cuál será la proporción que maximiza la productividad en las empresas. Investigadores del MIT monitorizaron la adopción de la IA en Microsoft, Accenture y una empresa anónima del Fortune-100, y encontraron un aumento del 300% en los archivos producidos por programadores asistidos por IA. En cambio, esa producción sólo se tradujo en un 30% más de lanzamientos de software finales. El estudio constata al menos dos direcciones: que la producción de software se está comoditizando y que la adopción de la IA dependerá de la capacidad para transformar su uso en valor económico real.

¿Un nuevo orden tecnológico?

Estas tres salidas a bolsa reflejan una transformación del mercado bursátil estadounidense. Hace unas décadas, las empresas acudían pronto a la bolsa para financiar su crecimiento. Pero desde la crisis de 2008, algunas empresas han alcanzado escala global y valoraciones gigantescas antes de abrirse al público mediante rondas de financiación impulsadas por fondos soberanos, grandes gestoras e inversores institucionales: es el caso de Facebook, Uber o Palantir. Ahora SpaceX, OpenAI y Anthropic llevan esta tendencia al extremo, ya que los inversores públicos van a entrar cuando las compañías ya valen cerca o por encima del billón de dólares, pero todavía no han demostrado una rentabilidad sostenible. Además, no son negocios maduros que puedan crecer sin apenas capital, como ha sido el caso de las tecnológicas estadounidenses de la última década. Los cohetes reutilizables, las constelaciones de satélites, los centros de datos, la escasez de chips y la crisis energética seguirán exigiendo inversiones enormes durante años. 

El fenómeno tampoco se limita a estas tres empresas. Todas las grandes tecnológicas excepto Apple siguen recurriendo a emisiones de deuda y ampliaciones de capital para financiar sus desarrollos de la IA. El sistema está absorbiendo una cantidad extraordinaria de nuevas acciones y obligaciones financieras cuyos rendimientos todavía no están demostrados, haciendo que el mercado de capitales estadounidense dependa de un reducido grupo de compañías haciendo la misma apuesta tecnológica.

Hay dos formas de interpretar esta apuesta. La primera es la más familiar: que estemos ante otra burbuja del capitalismo financiero, alimentada por el exceso de liquidez, el miedo a quedarse fuera y unas expectativas de crecimiento imposibles de cumplir. En ese caso, las empresas tecnológicas absorberán durante años enormes cantidades de capital hasta que los ingresos y beneficios no alcancen las previsiones incorporadas en sus valoraciones. Las caídas en bolsa no se repartirán de forma simétrica: los grandes inversores de capital privado y los directivos habrán ganado mucho dinero, mientras que las pérdidas se socializarán mediante la intervención del Estado, arrastrando a la economía estadounidense e internacional.

La segunda opción es que la apuesta del mercado sea correcta y que este grupo de empresas estadounidenses esté impulsando una revolución tecnológica capaz de justificar una valoración agregada cercana a los treinta billones de dólares. Sin embargo, ese éxito exigiría una transformación extraordinaria de la economía mundial: sus ingresos conjuntos tendrían que pasar de unos dos billones de dólares anuales a mínimo cerca de cinco billones, una expansión que no puede proceder sólo del mercado estadounidense. 

El resto del mundo tendría que transferir cada año rentas adicionales billonarias para acceder a los servicios e infraestructuras de IA controladas por Estados Unidos. Eso requeriría mercados internacionales abiertos, países dispuestos a confiar en proveedores estadounidenses y una reversión del proteccionismo promovido tanto por la Administración Biden como por Donald Trump. Además, esta nueva hegemonía apenas generaría empleo directo en Estados Unidos, puesto que estas empresas reúnen a menos de un millón de trabajadores. Si el mercado está anticipando correctamente el futuro valor de las tecnológicas estadounidenses, presenciaremos una nueva fase de la globalización: más digital, pero también más concentrada y organizada alrededor del pago recurrente de rentas a un pequeño núcleo de corporaciones.

Sergio Palomeque

Badajoz, 1997. Lo bueno y lo malo de la tecnología. Investigador en el Instituto de Microelectrónica de Sevilla (IMSE-CSIC), doctorando por la US. Trabajo en el diseño de circuitos integrados para sensores de imagen. Interesado en ciencia, política industrial y en el impacto global de las nuevas tecnologías.